Inflexibilidad salarial: la otra regla

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JAVIER DE HAEDO

Mucho se habló, en oportunidad de enfrentar crisis en nuestro país, de la rigidez de la regla cambiaria vigente en esos momentos. Las dos últimas grandes crisis que padecimos, en 1982 y 2002, nos encontraron con reglas cambiarias, es decir con políticas cambiarias activas y políticas monetarias pasivas. La primera, con la tablita, o sistema de paridades deslizantes, que se quebró a finales de noviembre de 1982, y la segunda, con la banda de flotación, que se hundió en junio de 2002. Otro ejemplo de ese tipo de regla, aún más extremista, es el uno a uno de la convertibilidad argentina de los noventa.

Ciertamente, ante una crisis, es preferible contar con la más amplia libertad para poder incidir en todos los parámetros, es decir contar con flexibilidad para poder adecuarse a la nueva realidad con el menor trauma posible. En ese sentido, contar con instrumentos que tengan intrínseca la flexibilidad es preferible a disponer de instrumentos con diversos grados de rigidez. Esto es indiscutible.

Pero como he referido aquí en más de una oportunidad, no sólo se trata del instrumento sino también del instrumentista. Brasil llegó a las vísperas de la crisis que vivimos en el Plata, en enero de 1999, con un régimen de la familia del tipo de cambio fijo. Sin embargo, inteligentemente, allí lo modificaron en tiempo y en forma, a diferencia de lo que se hizo entonces en Argentina y Uruguay.

Es decir que aún concediendo que hay instrumentos más adecuados que otros para los tiempos de crisis, también hay que aceptar que es clave el desempeño de quienes manejan esos instrumentos. En Brasil la vieron venir, actuaron a tiempo y evitaron la crisis que nosotros y los argentinos nos comimos por patear la pelota para adelante. Hay ahí un buen ejemplo de un instrumento "rígido" que no fue óbice para ser modificado sin mayor dificultad, gracias a instrumentistas avezados.

Estas reflexiones vienen al caso porque en algún momento, que cada vez veo más cercano, vamos a enfrentar una nueva crisis, como las anteriores, de origen externo, ya mundial, ya regional. En ese contexto, es relevante preguntarnos cómo estamos parados con los actuales instrumentos (e instrumentistas) para enfrentar esa eventualidad.

Y en el caso particular de la política monetaria-cambiaria, a diferencia de lo sucedido en los casos referidos, existe suficiente flexibilidad, que no es otra cosa que la contrapartida de la no existencia de una regla o un compromiso. Hubo hace pocos meses un atisbo de comprometer un rango para el tipo de cambio, pero desde entonces el mundo fue claramente hacia un mayor debilitamiento del dólar del cual resultó difícil abstraerse en el plano local. Dicho sea de paso, aquél rango con eje en $ 21,50 está hoy, en términos relativos o equivalente, en el eje de los $ 20.

Por otra parte, hace dos años y en momentos de enfrentar las consecuencias de la crisis de las economías avanzadas originada a mediados de 2007, se pudo comprobar la flexibilidad cambiaria y monetaria con que contamos hoy, a diferencia de otrora: entre el 14 de agosto y el 5 de diciembre de 2008 el precio del dólar subió aquí un 28,55% en el marco de un paréntesis a la política monetaria activa vigente desde 2003. Y no se cayó ninguna estantería.

Es decir, entonces, que en materia cambiaria da para estar tranquilos en cuanto a que ante cambios en el panorama externo se habrá de reaccionar con suficiente rapidez en el plano local. Pero con esto no alcanza, ya que hay hoy vigente otra regla que introduce rigidez ante el manejo de situaciones críticas, la regla salarial.

A diferencia de las dos crisis antes referidas, en las que había regla cambiaria y no había regla salarial, ahora se han invertido los papeles y existe flexibilidad cambiaria y rigidez salarial.

Hay quienes confunden correlación con causalidad y atribuyen a los Consejos de Salarios la propiedad de poder determinar los salarios reales. La evidencia de los últimos diez años parece fortalecer esa idea, ya que hay correlación entre el período sin Consejos y la baja del salario real (Gobierno Batlle) y el período con Consejos y su aumento (Gobierno Vázquez). Pero en realidad, la correlación y la causalidad relevantes se dan entre crisis y caída salarial y auge y aumento salarial.

En alguna oportunidad vimos aquí que existe una altísima coincidencia entre los años de crecimiento económico y de crecimiento de la "masa salarial" privada (salario por empleo). De los últimos 25 años, hay 21 en los que coinciden los signos de ambas variaciones (16 veces positivos y cinco negativos) y sólo cuatro oportunidades en las que los signos de ambas variaciones difieren. Al mismo tiempo, hay 19 de esos 25 casos en los que también coinciden los signos de las variaciones del precio y de la cantidad del trabajo, es decir salario real y empleo respectivamente.

¿Qué hubiera pasado en 1999-2002 con Consejos de Salarios y acuerdos del tipo de los vigentes desde 2005? Sin Consejos, sabemos que el salario se desplomó y que el empleo también. O sea que si con salarios flexibles el empleo de pulverizó, mucho peor hubiera sido con rigideces en el precio del factor trabajo.

Todo hace prever que a la próxima crisis llegaremos con flexibilidad cambiaria y rigidez salarial. Las crisis se corresponden, por lo general y salvo que nos hagamos un gran gol en contra, con lo que llamamos "shocks externos negativos" y esto no implica otra cosa que una pérdida de ingreso para la economía, de la que ningún sector logra escapar. En particular, en esas circunstancias los salarios reales tienden a caer, no por ideología, oportunismo o conspiración, sino simplemente por economía. Así funcionan las cosas guste o no, y si no miremos la Europa de hoy. Como dijo un día, en campaña electoral, Bill Clinton, "It ´s the economy, stupid!".

Cuando llegue ese momento, hay dos posibilidades que pueden ser determinantes de cómo se den las cosas. Una, que los acuerdos salariales vigentes incluyan cláusulas de salida ante situaciones eventuales o contingentes del tipo de las referidas. Otra, que quienes estén al frente de las negociaciones tengan la suficiente cintura como para actuar en forma oportuna y eficaz de modo de minimizar el daño. Una, que el instrumento tenga al menos un mínimo de flexibilidad. Otra, que los instrumentistas actúen con suficiente capacidad de adaptación ante el cambio de escenario.

Por lo que se ha visto, el panorama luce complicado. Aquel tipo de cláusula no ha sido destacada nunca en los últimos años y, más allá de algún caso aislado en el cual se puedan haber presentado problemas, el viento de cola coadyuvó a que no hubiera dificultades con los aumentos salariales previstos. Estamos cebados, y eso no es bueno. Y en el caso de los instrumentistas, tampoco da para ser muy optimistas, dado que, a estar por los voceros más audibles, pesa mucho más la ideología, el voluntarismo y una concepción clasista, que la conciencia sobre el funcionamiento de las reglas del mercado.

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