CARLOS STENERI
En los días pasados, las jerarquías máximas de la República reafirmaron en diferentes ámbitos la importancia de las políticas económicas de largo plazo. Uno de los mensajes fue que las reglas no se cambian en el medio del camino, y que el dínamo del sistema capitalista es el lucro bien habido. Palabra más, palabra menos también se dijo que esa es la fuente básica que asegura su reproducción ampliada: en otras palabras, a través de la reinversión se genera más riqueza.
Siempre es oportuno escuchar esos mensajes y, más de quién viene, que recuerdan que esa es la manera intrínseca de funcionamiento de un sistema que la humanidad se dio a lo largo de centurias para aumentar la riqueza disponible. En otras palabras, es la mejor forma que el hombre encontró para coordinar espontáneamente a millones de seres buscando ese objetivo común. Cuando se reflexiona un momento sobre ese aspecto, no hay más que quedarse anonadado. Las puntas del mundo se conectan entre sí por una cadena de transacciones donde cada agente actúa en la búsqueda de un beneficio propio, sea como productor, intermediario o consumidor. El hilo conductor de ese proceso es un sistema de precios espontáneo que lanza las señales que autorregulan las decisiones de los agentes en cuanto a expandir o contraer actividades y, por ende, las decisiones de inversión respectivas. Lo que en los albores de la peripecia humana fue el trueque básico, personal y sin imposiciones, hoy transformado en transacciones sofisticadas y lejanas, es una constante que con variaciones explica la mayor parte del avance de la humanidad.
El hombre, fiel a su carácter de innovador, un día quiso modificar esas reglas. Para ello pensó que fijando metas cuantitativas de producción en vez de utilizar los precios determinados libremente, iba a evitar la escasez y mejorar las condiciones de vida. Uno de los grandes experimentos de la humanidad operando bajo esas reglas, la URSS, fracasó estrepitosamente por demérito propio, cayéndose sola.
Por ello, las menciones recientes del presidente Mujica, reafirmando que el sistema capitalista opera bajo el incentivo del lucro, y reconociendo simultáneamente que la filantropía no está entre sus cometidos, deben ser bienvenidas. Eso confirma, una vez más, una de las piedras fundamentales del funcionamiento de nuestra sociedad desde que somos nación, por todo lo que implica: el sector privado es el generador de riqueza y al Estado encapsularlo en lo que realmente le corresponde. Entre ello, instrumentar las reglas para facilitar la operativa del sistema, la implementación de políticas para asegurar igualdad de oportunidades para todos en la búsqueda de prosperidad y mitigar las imperfecciones sociales remanentes por causas diversas. En definitiva, reafirmar que se opera bajo esas condiciones es una manera de nutrir el concepto absoluto de la libertad individual. Además, asegura que el sistema pueda auto perpetuarse generando más riqueza, llevando a niveles crecientes de bienestar social.
ERRORES DEL PASADO. Uno de los ejemplos ilustrativos más notables de violación de esos principios básicos, y de sus consecuencias nefastas, fue la política agropecuaria instrumentada décadas atrás. Fue un episodio donde el Estado se metió a ser un actor con un rol equivocado, y así nos fue. Y hoy cabría preguntarse si su desempeño fenomenal actual impulsado por precios excepcionales, hubiera sido posible bajo el imperio de aquellas reglas que dejaban de lado el lucro individual, privilegiaban una suerte de seguridad alimentaria y de paso pretendían apoyar industrias de viabilidad endeble una vez expuestas a los rigores del mercado.
Un listado rápido de algunos de sus hitos relevantes es ilustrativo.
Hasta mediados de los setenta, la industria cárnica y la faena en particular estaban segmentadas en cuotas según su destino fuera el consumo interno y la exportación. A su vez, el abasto de Montevideo estaba monopolizado por un ente testigo, el Frigorífico Nacional, cuyo objetivo era asegurar el consumo y que el productor recibiera un precio justo por su hacienda. No fue ni una cosa ni la otra, salvo enormes pérdidas, desabastecimiento y el risible episodio del contrabando interno de carne proveniente de los departamentos limítrofes.
Con la agricultura tampoco iba mejor. Hasta esa misma época, casi todos los rubros agrícolas estaban protegidos con aranceles altos, donde al mismo tiempo su exportación estaba prohibida salvo excepciones por temor al desabastecimiento. A su vez, el crédito agrícola -subsidiado- tenía reglas particulares según el rubro, tamaño y aptitud agrícola de la tierra. El resultado final fue que el autoabastecimiento en ciertas zafras se hizo problemático, lo cual recuerda que tuvimos el privilegio de comer pan con harinas de trigo y de sorgo mezcladas.
Y al mismo tiempo que eso ocurría, el sector arrocero operando con reglas amigables, con libertad irrestricta de exportación, que le permitían usufructuar al empresario que arriesgaba captar el lucro resultante, fue creciendo sin desmayos hasta convertirse en uno de los puntales agrícolas de exportación. Más aún, su despertar inicial fue en áreas de poco provecho para otras actividades por ser esteros o inundables. Las condiciones sociales y de pobreza eran extremas. Pocas décadas después es posible constatar cambios que demuestran que la generación de riqueza esparce bienestar por una diversidad de caminos. En definitiva, todos a su manera y dentro de sus posibilidades son agentes que tratan de maximizar las oportunidades.
Esa historia se repite con la forestación, la lechería, la citricultura y más recientemente con el boom agrícola que convirtió al país en agroexportador relevante.
ESTABILIDAD DE REGLAS. La historia reciente muestra que un sector tradicionalmente denostado en nuestra cultura ciudadana por su falta de dinamismo, su indiferencia -aparente- al estímulo de los precios, y su incapacidad de dinamizar una mejoría sustancial en las condiciones de vida de la sociedad rural, ha demostrado lo contrario. Con reglas adecuadas y permanentes que respetan las leyes del mercado, fue capaz de irse transformando en un lapso relativamente breve y con ello capturar los vientos favorables de la bonanza internacional. Sin duda, que también capturó recientemente un cambio tecnológico proveniente de Argentina en algunos de sus rubros que lo ayudó en su desempeño. Pero fue justamente por la permanencia de reglas adecuadas más favorables que las de su entorno local, que todo un sector empresarial sofisticado decidió traspasar fronteras y colonizar áreas nuevas de nuestra campaña.
En otra escala y ritmo, el cultivo de arroz y la citricultura, desde hace algunas décadas vinieron gestando también una modernización exitosa arrastrada por los avatares de los mercados externos, no siempre favorables.
La expansión sin pausas de la agropecuaria dentro de un marco de reglas amigables que se fue perfeccionando a lo largo del tiempo, es uno de los ejemplos más contundentes para ilustrar el mensaje del presidente Mujica: la actividad económica sea cual sea necesita de la ganancia para expandirse, y sobre el respeto de esa dinámica para no aniquilarla, el Estado detrae recursos para instrumentar las políticas que le son afines a sus cometidos básicos, como la educación, la salud y las destinadas a resolver los problemas de penuria social extremos.
Todo lo que trascienda ese marco es un exceso cuyo costo es menos crecimiento, y por ende menor capacidad para generar bienestar social.