CARLOS STENERI
El resultado de las elecciones en Francia y Grecia de la semana pasada muestra para realidades diferentes a un electorado que repudia los programas de ajuste como eje central de la salida de la crisis europea. A este nuevo plano de la realidad del viejo continente, se le unen en silencio cómplice los acontecimientos recientes de España. Su gobierno de derecha ya ha renunciado a sus promesas iniciales de ajuste severo, moderando sus objetivos bajo la norma de su inviabilidad política. Se une a ese cambio de trayectoria, otro viraje en la política de no usar más fondos públicos para rescatar bancos privados. La necesidad obligó a recapitalizar Bankia, tercer banco español en tamaño de acuerdo a su tenencia de activos, por un monto de 6.000 millones de euros.
Italia no logra desperezarse de su aletargamiento, lo cual induce a que gane cuerpo el hastío hacia el ajuste que no logra los resultados esperados.
Esta realidad va arrinconando lentamente a Alemania, que ha logrado prosperar al mismo tiempo que ejecuta y pregona una política de consolidación fiscal estricta.
Esta nueva realidad con seguridad tendrá consecuencias internas dentro del espacio europeo, y continuará irradiando incertidumbre hacia el resto del mundo. También enseñanzas, pues pocas veces en un espacio de tiempo tan breve se han podido observar tantas trayectorias divergentes, en un espacio económico que hace apenas un lustro era considerado un bloque monolítico ejemplar en sus objetivos y resultados.
LA NUEVA DISYUNTIVA. El nuevo presidente de Francia tendrá que dirimir una alternativa complicada: mantener las promesas pre electorales dirigidas a denunciar el pacto fiscal propuesto por Alemania en aras de políticas de menos austeridad privilegiando el crecimiento. O por el contrario, privilegiar la vigencia de la relación franco alemana, buscando alternativas de política cuyos enunciados luzcan iguales a las promesas, pero que en realidad son distintas.
Lo que está en juego es la propia viabilidad de su proyecto de unidad europea, y con ello su primera víctima será el euro. No hay futuro para ese proyecto sin un mínimo de coordinación fiscal. Los desvíos del pasado trajeron en parte los problemas actuales. La historia muestra que quienes fueron displicentes en materia fiscal entraron en problemas. Los austeros, encabezados por Alemania y seguida por su periferia nórdica muestran resultados de empleo y crecimiento más que satisfactorios.
Francia tiene un gasto público que supera la mitad de su producto bruto (56%), una estructura económica híper regulada y, lo más importante, una trayectoria fiscal que prácticamente violó siempre el límite del 3% respecto al producto bruto. Por tanto, la austeridad nunca fue un atributo de su política, y menos de los resultados actuales. Bajo esas coordenadas, también por regulación, hay una subutilización de su capital físico y humano debido al acortamiento de jornadas laborales, posibilidad de retiro a edades bajas, y licencias prolongadas. En definitiva, su tasa de crecimiento anémica obedece más a la falta de productividad de sus recursos que al resultado de condiciones fiscales severas.
Esta realidad es el denominador común de la mayoría de los países que hoy enfrentan dificultades. La debilidad de sus fuentes de crecimiento, el uso ineficiente o por debajo de su potencial de los recursos disponibles, se fue disimulando con gasto público financiado con endeudamiento.
La crisis financiera no hizo más que desnudar una realidad que estaba llamada a descubrirse ante el atisbo de un episodio que tensionara con vigor el funcionamiento de la estructura económica europea. Bajo las mismas reglas operativas, hoy afloran países con realidades muy diferentes. Y es ahí, donde los políticos tienen la responsabilidad del diagnóstico sincero para actuar en consecuencia.
Oponer la consolidación fiscal a la falta de crecimiento es un atajo recurrente de la mala política, en particular aquella que se dice abrazar los postulados del socialismo sin definir los términos de lo que se trata.
En realidad, las diferencias en los resultados dependen de algo que parece simple en su superficie pero es muy profundo en su implicancia: el desempeño de la economía depende de la forma como el sistema económico utiliza los recursos disponibles, en particular el capital físico y el trabajo bajo todas sus formas. En ello van mancomunados temas de orden físico y material, así como "intangibles" como la educación y la institucionalidad que se expresa en todas las regulaciones, la transparencia de los mercados y el imperio de la ley para dirimir las relaciones y las querellas entre todos los agentes. En pocas palabras, es una manera descarnada de ver cómo se genera el fenómeno de la productividad.
De aplicar ese concepto básico, cada nación sacará resultados que hacen a su bienestar de acuerdo a su dotación de recursos físicos y humanos, y a la institucionalidad que se ha otorgado.
Es operando sobre esos andariveles que la resolución de la crisis europea y la viabilidad del proyecto europeo llegarán a buen puerto de manera definitiva. De lo contrario, continuarán reptando en crisis a medio resolver, en episodios de secesión de algunas naciones de la propia Unión Europea, y en crisis políticas que van derribando gobiernos.
Con lo que se ha visto hasta ahora, y por lo que aparentemente se viene, se puede decir sin ambages que en materia de la resolución de la crisis no ha habido avances, por no pecar de pesimistas y decir que sí ha habido retrocesos.
¿cómo NOS AFECTA? La permanencia de nubarrones sobre el cuarto del producto bruto mundial no es halagüeña. Sigue abriendo compases de cautela, pues aún no está claro si ya se está cerca de tocar fondo, condición necesaria para el rebote sostenible. Todo hace presagiar que aún falta tiempo, máxime dados los resultados electorales recientes que proyectan un cambio en el rumbo actual de la salida de la crisis.
El efecto mayor es la incertidumbre, la cual empercude la bonanza que aún continuamos recibiendo y venimos aprovechando.
A su vez, el retroceso de las economías europeas es parte de la explicación del fenómeno de la apreciación cambiaria, más allá de nuestras virtudes para atraer inversión directa extranjera. La falta de oportunidades en el sector corporativo, el alto riesgo de la deuda soberana de algunos países, y la enorme expansión monetaria para intentar revertir su crisis hace que Europa sea una exportadora neta de capitales.
Pero quizás el aspecto más notable, a manera de una enseñanza, es ver desde lejos lo que se debe y lo que no se debe hacer. Pocas veces en nuestra historia se ha tenido esa posibilidad.
Un repaso sucinto de algunas lecciones muestra primero que el contagio regional es una categoría que siempre está latente y una vez que aflora se esparce con vigor, generalmente a través de los sistemas financieros.
Por su parte, las crisis financieras son la contracara de las crisis de endeudamiento. Es decir que, en la mayoría de los casos una acompaña a la otra, lo cual obliga a resolver simultáneamente dos problemas sumamente complejos y onerosos en costos sociales y financieros.
El dilema entre el grado de ajuste necesario y las condiciones para facilitar el crecimiento siempre está presente. La dificultad mayor es calibrarlo, algo sujeto siempre a discusión pero que al final del día termina con lograr la sostenibilidad macroeconómica en el largo plazo. Y en ese tránsito entra el arte sutil y necesario de la política, lo cual a su vez le abre la puerta a las tentaciones de encontrar atajos inconducentes, de los cuales hoy la realidad europea nos presenta un amplio muestrario.