ISAAC ALFIE
El PIB de este año se acercará mucho, medido en dólares, al máximo anterior, de 1998, en vísperas del inicio del período de recesión y crisis que se iniciara al año siguiente. El consumo del sector privado, en términos reales, fue en 2006 similar al de dicho año récord. Desde setiembre de 2002 para acá, el IPC ha subido algo más de 70% en dólares y la economía se encuentra casi tan cara en dólares como en mayo de 2001, el mes antes de que se tocara por primera vez hacia arriba la banda de flotación que nos rigió desde inicios de los noventa. Los salarios privados, mientras tanto, ya han acumulado un aumento de 78% en dólares desde el mismo mes de setiembre de 2002. Y como si todo esto fuera poco, la cuenta corriente de la balanza de pagos mostró el año pasado un déficit similar al de 1998, comparando valores, y aún peor si esos valores se expresan en proporción del producto de cada año.
Quien lea el párrafo anterior y más nada, seguramente se asustará y empezará a calcular cuánto falta para la próxima crisis. Sin embargo, le pido al lector que no deje la lectura en este punto y me acompañe hasta el final, porque la realidad es muy diferente. ¿Es que los números que incluí en ese párrafo están mal calculados? ¿Es que me ha dado por jugar con el lector? No, en absoluto, los números son correctos y para nada pretendo incursionar en juegos y engaños. Lo que quiero mostrarle es que para sacar conclusiones correctas, hay que ver toda la película y no sólo una sinopsis con escenas seleccionadas, con un propósito marketinero, como ocurre en el cine, o con otros propósitos, como a veces sucede en la economía y la política.
Todo lo referido al comienzo de esta columna es tal cual, pero es apenas una parte de la realidad, que resume un conjunto de indicadores que sesgan el análisis en la medida en que se omiten otros que cuentan una historia más precisa, más completa. Y que, paradójicamente, permiten extraer la conclusión opuesta: la coyuntura actual nada tiene en común con las vísperas del tobogán en el que entramos en 1999.
El PIB en dólares de este año se acercará mucho a los 22,4 billones de 1998, pero habrá de estar 13% por encima del de entonces, en volumen físico. Esto significa que los precios implícitos en el producto, medidos en dólares, estarán un 14% por debajo de los de 1998. Entre los dos años que comparo, el PIB habrá subido al 1,3% anual, que es menos de la mitad de la tasa de crecimiento a largo plazo, por lo que, si en 1998 estábamos bastante por encima de la tendencia a largo plazo, en 2007 estaremos bastante menos por encima de ella que entonces.
Vimos que la economía está un 14% más barata en dólares que en 1998, a estar por los precios implícitos en el producto, lo que es parecido al resultado de considerar el IPC en dólares, ya que en abril se estuvo 11% más barato que en el promedio de 1998. Pero para evaluar la competitividad no basta con ver precios domésticos y el valor del dólar acá. Hay que ver qué sucede en el resto del mundo relevante para nosotros, y es precisamente en esta área donde se da la gran diferencia con relación a 1998. Los precios en dólares en la extra región están hoy casi 35% por encima de 1998. A diferencia de los noventa, cuando casi no hubo inflación internacional, hoy estamos enfrentando un mundo crecientemente caro en dólares.
Ese comportamiento del resto del mundo nos genera márgenes y vuelve imposible la mera comparación intertemporal de precios y salarios en dólares en el mercado interno. No es casual que los indicadores de tipo de cambio real efectivo con fuera de la región estén hoy 47% por encima del nivel medio de 1998. Incluso estamos 11% mejor que entonces con respecto a Brasil y sólo estamos desalineados con Argentina, precisamente porque Argentina está más desalineada que nadie en la región (y, si se ajusta el indicador de tipo de cambio real efectivo bilateral por la inflación verdadera y el efecto de las detracciones, la brecha cambia sustancialmente).
Dicho lo anterior, se vuelve muy relativo el indicador de salarios expresado en el párrafo inicial. En parte, porque deliberadamente tomé el mes de mayor tipo de cambio, septiembre de 2002, y en parte, porque desde entonces el mundo se encareció extraordinariamente en términos de dólares. Si se compara, una vez más, con 1998, los salarios privados están hoy un 25% por debajo medidos en dólares. Y, como vimos, en un mundo mucho más caro, por lo que ajustando por este factor la situación es aún más holgada.
Pero no nos quedemos con los indicadores referidos al principio y veamos toda la película. Veamos el sector fiscal, donde también se podría decir que existen números parecidos en 1998 y 2006. De hecho, en 1998 hubo un déficit de 0,8% del PIB y en 2006 uno de 0,6%. Pero en aquel momento el gasto primario del sector público no financiero estaba en el orden de 29% del producto y el año pasado estuvo en 25%. Hoy los intereses son más del doble de los de entonces, pero el superávit primario es más de tres veces el de 1998. Y a pesar de los mayores pagos de intereses, el gasto total estuvo el año pasado un punto y medio por debajo del de 1998.
También hay notorias diferencias en el sector externo. Es diferente la estructura de las exportaciones y su destino geográfico, como es diferente la estructura del propio PIB, tras el sacudón de precios relativos que implica toda devaluación, con los consiguientes ganadores y perdedores. Hoy la suma del agro y la industria representa el 32% del producto, bastante por encima del 25% que representaban en la cresta de la ola del 98. El volumen físico de las exportaciones de bienes y servicios supera al de entonces en 37%, mientras que las importaciones subieron 8% en volumen físico, menos que el PIB. En particular las de bienes de consumo están hoy 16% por debajo de entonces, en valores corrientes. Claro, resulta que la balanza comercial es muy deficitaria, y el año pasado se acercó al déficit de 1998, del orden de mil millones. Pero las importaciones CIF de petróleo y derivados fueron el año pasado 5,4 veces las de 1998. La balanza comercial (exportaciones FOB menos importaciones CIF) excluyendo petróleo y derivados, pasó de un déficit de 835 millones en 1998 a un superávit de 285 millones en 2006. De este modo, se relativiza considerablemente la similitud de saldos de cuenta corriente en los dos años cotejados, referida al inicio de esta columna. Y también contribuye a relativizarla la extraordinaria inversión extranjera directa (IED), que en parte se trata de importaciones de maquinaria y equipos. Dicho sea de paso, la IED fue el año pasado de 1.377 millones, frente a 248 en 1988.
Es sabido que el referido comportamiento de las importaciones de petróleo y derivados, se debe a la trayectoria que ha registrado el precio internacional del crudo. Pero también han subido los precios de las materias primas que producimos y exportamos, hacia niveles inusuales.
Ciertamente, no todo es hoy mejor que en 1998. Los dos capítulos más serios en materia de vulnerabilidades, las financieras y las sociales, muestran todavía las secuelas de la crisis. La deuda pública está bastante por encima del nivel de 1998, y también lo está la pobreza, mientras que la indigencia ya aterrizó en el nivel de entonces. Los salarios reales en el sector privado están aún 15% por debajo de los de 1998, mientras que los públicos están mucho más cerca de recuperar la pérdida generada durante la crisis. Y el desempleo, si bien ha caído, aún está por encima del de 1998.
Por último, los resultados en materia de inversión son contradictorios. Por un lado ya vimos que la IED ha subido considerablemente, y esto incluye el caso de Botnia y también la fuerte inversión en el sector agropecuario en los últimos años. Sin embargo, la inversión bruta interna, tanto total como la fija, está todavía por debajo de los niveles de 1998. Lo mismo ocurre con la inversión privada, aunque en maquinaria y equipos fue en 2006 casi igual a la de 1998. Este comportamiento de la inversión, sumado a que el desempleo parece acercarse al nivel estructural, deja dudas sobre el mantenimiento de buenas tasas de crecimiento económico en el futuro cercano.
En definitiva, hay capítulos en los que estamos hoy mejor que en 1998 y otros en los que estamos peor, pero lo que no se puede afirmar es que estemos, como entonces, en vísperas de lo que después vino. Sólo a partir de una visión parcial y sesgada se puede afirmar tal cosa. La gran diferencia está dada por lo que ocurrió y ocurre en el resto del mundo, que nos favorece significativamente. No es seguro, obviamente, que este panorama se mantenga en forma indefinida, pero da la impresión de que muchas de las cosas buenas que nos da hoy el resto del mundo llegaron para quedarse. Y esto da márgenes que antes no teníamos y que hay que saber administrar, usándolos en su justa medida y preservándolos también en su justa medida.