“Definitivamente volvieron los ’90, solo faltan los Pet Shop Boys” escribió en noviembre de 2022 el economista Gabriel Oddone, en su rol, en aquel momento de socio de CPA y asesor de empresas. El comentario en la red X aludía aparentemente al mal desempeño de la selección uruguaya de fútbol en el Mundial de Qatar, pero también podía interpretarse —con picardía económica y política— como una referencia a la fuerte caída real del dólar en medio del país gobernado nuevamente por “un Lacalle”.
Han pasado tres años de aquel post, Oddone es ministro de Economía y ya no gobierna “un Lacalle”. Sin embargo, alguien podría seguir encontrando paralelismos con parte de los ’90, y no solo por la prolongación de los problemas en la selección uruguaya o la llegada este verano de los Pet Shop Boys al Cono Sur sudamericano.
En lo económico, está el contexto del plan de estabilización de Argentina, la caída global del dólar, el fortalecimiento del real brasileño y los problemas de competitividad de Uruguay. ¿Estamos en un escenario económico “noventero”?
La respuesta general es categóricamente “no”, por ciertas transformaciones y fortalezas que la economía uruguaya ha desarrollado durante casi cuarto siglo. No era “un escenario noventero” en 2022, ni lo es ahora. Sin embargo, hay algunos aspectos específicos que son similares y merecen atención, sobre todo para calibrar las perspectivas económicas de corto y mediano plazo de Uruguay.
La economía uruguaya suele simplificarse en una productora de tres tipos de bienes y servicios: aquellos que tienen como destino los países vecinos (regionales), los que se comercializan hacia el resto del mundo (extrarregionales) y los mayoritariamente locales (no transables).
En la realidad actual, al igual que en los ’90, Argentina desarrolla un plan de estabilización con cierto rebote de la actividad y significativo encarecimiento en dólares. Si bien Brasil no está en un escenario económico como el “Plan Real”, su moneda se ha estado apreciando, lo cual —combinado con cierto dinamismo de la actividad— trae algo de impulso para Uruguay. Así, la región, sobre todo desde Argentina, tiende a encarecer bienes y servicios que la economía uruguaya concentra en ella, lo que a su vez presiona al alza los salarios de los trabajadores detrás de su producción.
Eso mismo impulsa los costos laborales de los no transables, al tratarse de un mercado de trabajo relativamente integrado, con predisposición de los trabajadores a moverse entre sectores, junto con las negociaciones colectivas que tienden a homogeneizar aumentos de remuneraciones, independientes de la evolución de su productividad y otras consideraciones. A su vez, en los no transables hay también alta incidencia de sindicatos que reivindican mayores reajustes salariales invocando demandas que supuestamente fueron postergadas durante los últimos años.
Por todo eso, los sectores orientados predominantemente a exportar y competir fuera de la región enfrentan, como en los ’90, aumentos sustantivos de costos que deben compensar con incrementos de productividad, en un contexto de precios internacionales no muy favorables, salvo en vacunos y ovinos. Efectivamente, en contraste con la carne, las cotizaciones en rubros globales como la soja, la celulosa, los lácteos, el arroz, otros bienes y hasta servicios tecnológicos se han mantenido relativamente estables en términos nominales o incluso han experimentado bajas. Esto implica menores márgenes de rentabilidad y pérdida de dinamismo extrarregional.
Si bien habría una “brisa a favor” para la economía uruguaya desde Argentina y el encarecimiento en dólares de Brasil, el resto del mundo más que la neutralizaría.
Con todo, pese a esos paralelismos noventeros, las condiciones de Uruguay y sus consecuencias finales parecen muy diferentes. Varias vulnerabilidades que agravaron los problemas en aquella época y amplificaron la crisis de 2002 están hoy sensiblemente atenuadas.
Primero, si bien la incidencia de Argentina sigue siendo relevante, es mucho menor que hace 30 años.
Segundo, en los aspectos financieros-bancarios, también cayó la exposición a la región, en medio de mejores políticas de regulación y más normas prudenciales.
Tercero, Uruguay tiene hoy un sistema de gran flexibilidad cambiaria, en contraste con la rigidez del sistema de bandas de la época.
Cuarto, la flexibilidad cambiaria puede desplegarse más plenamente gracias a la convergencia de la inflación a la meta de 4,5%, cierta desindexación salarial y la desdolarización de la deuda pública y algunos préstamos bancarios. La política monetaria tiene ahora algo de más potencia.
Por último, si bien subsisten debilidades fiscales, hoy Uruguay las enfrenta con mejor calificación crediticia y menor spread soberano (“riesgo país”).
En fin, para concluir, Uruguay ha corregido aquellas debilidades estructurales, lo cual lo deja estructuralmente mejor preparado ante giros hacia eventos críticos, pero eso no elimina ciertos problemas cíclicos asociados a la mezcla de dificultades extrarregionales en medio de presiones de costos (estilo noventeras) desde la región. Por eso, las perspectivas de crecimiento económico siguen siendo modestas. Cambiaría el mix, pero no el resultado.