Los acontecimientos del mediodía del lunes pasado me hicieron retirar el artículo escrito y realizar este "de apuro". Es que el anuncio del proyecto de ley y la intervención de Repsol mediante un decreto de "necesidad y urgencia", por parte de las autoridades argentinas ameritan que todos nosotros calibremos correctamente la situación en que, lamentablemente, se encuentra este país y actuemos en consecuencia.
El 21 de febrero en la columna titulada "Argentina no va, no puede, cambiar", analicé el porqué solo debíamos esperar una profundización de las medidas proteccionistas y los controles de capitales en aquel país. Una parte de la explicación era que se precisaban no menos de US$ 10.000 millones para importar gas y derivados del petróleo, en un país que debía ser superavitario con creces. También expresaba que la reaparición del tema de Las Malvinas en el escenario político daba la pauta de lo grave de la situación. El final era conocido, no así su momento. Lo cierto es que imaginé muchas cosas pero no esperaba una medida de este estilo, una confiscación lisa y llana, comparable a un default en pequeña escala, que no solo le hará daño a Argentina sino que, al menos por sus consecuencias en dicho país, nos afectará a nosotros. Es cierto que todo el collar de desacertadas decisiones también nos brinda una nueva oportunidad, es más, si hacemos las cosas adecuadamente deberíamos no solamente captar inversores sino familias argentinas que se muden para aquí. Es un proceso que lleva tiempo, pero estamos cerca y es posible. O sea, el efecto al principio será adverso, pero como en el judo, lo podemos transformar a nuestro favor. Tal como lo expresó el presidente Batlle, los Kirchner han sido los mejores presidentes para Uruguay.
Hace ya once años, mientras leía las medidas que adoptaba el ministro argentino Cavallo y, conjuntamente con otros, pensaba que todo era una locura que conducía al desastre, muchos aquí, hoy en connotadas posiciones de gobierno aplaudían las mismas, decían "ahora Cavallo aplica el programa del FA", "Uruguay debe hacer lo mismo", etc. Luego asistimos al desenlace de los sucesos. Uruguay hizo todo lo contrario y explícitamente así lo difundió. En pocos años no solo crecimos sino que nos consolidamos como país serio, mantuvimos siempre el acceso a los mercados mundiales de crédito voluntario y recibimos inversiones que, en proporción a nuestro tamaño, son relevantes. Nuestra dicha es que las mismas personas que dijeron una cosa en materia de política económica, en este aspecto, aplicaron la contraria, o sea siguieron con la herencia recibida, y hasta por esa continuidad el país recuperó el grado inversor en su calificación de deuda, ¿o lo hubiera hecho si seguía en default como Argentina? Hoy, una vez más, estamos ante una situación que nuestras autoridades debieran aprovechar, mostrando sin ambages las diferencias de manera explícita; es una nueva oportunidad de mejorar a largo plazo.
OTRA VEZ LA PATOTA. Para quienes vivimos con intensidad aquellos acontecimientos lo visto hoy constituye un déjavu. De la misma manera que en aquel momento se manejó irresponsablemente la declaración de cesación de pagos, en medio de manifestaciones de algarabía, con el propio Presidente haciéndolo en persona y toda una claque aplaudiendo a rabiar, basados en pueriles argumentos de soberanía y toda la sarta de disparates demagógicos que podamos imaginar, hoy se repite la historia. Es claro que en Argentina el gobierno maneja los fondos con la discrecionalidad propia de una dictadura o un reino y no de una República. Por ende, las organizaciones pagas, las empapeladas de muros y otras acciones de apoyo, son financiadas y dirigidas desde el propio gobierno. Ciertamente da pena ver como en primera fila los ministros y la presidente del Banco Central se alinean para apoyar lo indefendible. No es que Argentina no pueda recomprar la empresa y pasarla al ámbito público, lo puede hacer, será un acierto o un error, el punto es la forma. En este caso no hubo proceso de venta, ni pago de justa contraprestación, sino confiscación y eso tiene consecuencias que afectan toda la economía, mucho más allá de la acción, la empresa o el sector involucrado.
PROBLEMA DE FONDO. El tema de base es la errada política energética aplicada. En Argentina, desde hace unos 10 años las tarifas de los servicios públicos son "regaladas", en parte cubiertas por subsidios estatales y en parte porque a las empresas proveedoras se les paga un precio muy por debajo del de mercado. A vía de ejemplo, el gas que se importa cuesta unas 6 veces el precio que se le abona al productor local. A su vez, como el precio es bajo, el consumo se expande por encima de la lógica.
Tengamos presente cómo funcionan este tipo de inversiones. La prospección, exploración y perforación, constituyen el centro de los gastos (inversiones), hay que hacer estudios de suelo, "pinchar" muchas veces y gastar mucho dinero para encontrar los yacimientos rentables, una vez que aparecen, el costo de extracción y operación es irrisorio frente a los ingresos. O sea, una vez en funcionamiento los pozos son como una caja recaudadora pero, para que ella funcione, antes hay que poner muchos miles de millones de dólares. La regulación puede fomentar o desalentar la aparición de nuevas fuentes y por ende la provisión segura a largo plazo del suministro. Es claro que las condiciones estuvieron dadas durante buena parte de los noventa y desaparecieron a comienzos de los 2000. Bajo este esquema es claro que nadie invierte. Un inversor comprende la lógica de una medida extrema en determinado momento, siempre y cuando la misma cese cuando se restablecen condiciones normales. Es decir, un inversor puede comprender el congelamiento de precios y otras medidas extraordinarias a fines de 2001 y 2002, pero no que las mismas sigan vigentes 10 años después, cuando la economía creció 70%.
¿Y LA CAJA? Dadas las características del negocio y la forma en que se hizo, seguramente por un tiempo la empresa siga generando caja, lo que no equivale a utilidades por cierto. Si todo ese dinero se usa para pagar el gasto corriente cubriendo el agujero existente, la situación en ese mercado será la misma que antes, es decir, no habrá aumento de la producción a mediano plazo y, como la misma viene en franca caída, solo se extenderá el tiempo de la agonía. Es éste el escenario más probable, al menos en cuanto a lo relevante; lógicamente el gobierno mostrará que alguna prospección e inversión está haciendo, pero seguramente sean más acciones de marketing que reales. Entonces, se "encontró" otra caja para seguir financiando el desastre, a un costo inimaginable.
JUICIO. Ahora Argentina enfrentará juicios internacionales que probablemente le serán adversos, pero ellos de por sí insumirán un largo período de tiempo. Luego buscará no pagar, como no ha pagado sus deudas ni al Club de París. Es parte de la estratagema. Por su parte, seguramente los pocos créditos internaciones que aún recibe desde el Banco Mundial y el BID ya no los reciba. La apuesta entonces es a tomar el dinero hoy y dejar pasar el tiempo. Es obvio que así nadie progresa, menos aún los países.
LARGO PLAZO. Primero fue el default, la pesificación asimétrica, las detracciones a la exportación, luego el default implícito de los bonos atados al IPC al toquetear el índice más la confiscación de los fondos ahorrados por los trabajadores, después los crecientes controles de divisas y capitales y la regulación del comercio exterior, ahora el Banco Central que podrá emitir sin límite y el dinero de corto plazo que puede otorgar este negocio. Se están quedando sin balas, el dinero de la gente en los bancos, las pocas reservas internacionales remanentes y alguna empresa superavitaria por ahí.
Todos los recursos se han gastado en una gran fiesta de transferencias, compra de votos y consumo, nada va a quedar a futuro. Peor aún, el tiempo necesario para que las inversiones de porte, las que precisan años de maduración, las más necesarias que son la base del desarrollo del país, vuelvan a confiar será muy largo. El daño a la economía real de una medida como esta es tremendo y difícil de medir, porque básicamente está en la pérdida de potencial de crecimiento; por ejemplo si el mismo cae 1%, estamos hablando de US$ 5.000 millones al año. Mucho me temo que la cifra sea superior y estemos al comienzo de un período, seguramente más de una década, de frustración y postración. ¡Qué triste destino!