Adictos al dólar

GERARDO LICANDRO (*)

En los últimos tiempos se han demostrado los efectos perjudiciales de nuestra preferencia por mantener nuestros portafolios en dólares.

Nacida de la experiencia de nuestros padres de una economía inflacionaria con tasas de interés en pesos topeadas que erosionaban el poder adquisitivo del salario, en la que ellos, faltos de alternativas, buscaron refugio en la única alternativa disponible.

Hoy los tiempos han cambiado, los topes a las tasas de interés hace tiempo que desaparecieron, la inflación ha dejado de ser el fenómeno que una vez fue, pero el dólar se ha quedado entre nosotros. Con él un sistema de crédito que nos condena a la quiebra sistémica cada vez que hay un problema que amerite un cambio sustancial en el valor real del dólar.

Las crisis de 1982 y de 2002 son sólo los primeros dos ejemplos de este problema, que ha de repetirse a menos que tengamos el coraje para cambiarlo en forma sustancial. Afortunadamente, como un reflejo de lo que está pasando en toda América Latina, hemos reconocido que la dolarización, como nos gusta llamar al problema en forma corriente (aún cuando no enteramente exacta), es un problema. Y como en todo tratamiento de una adicción, el reconocimiento es la primera etapa para la solución del problema.

Sin embargo, es claro que hay una resistencia clara al cambio. Por todos lados surgen voces escépticas que declaran la futilidad de los esfuerzos para corregir la fragilidad financiera derivada de la dolarización. Frases como "la gente eligió el dólar", "la gente no quiere el peso" unidas al reconocimiento de las potenciales bondades de reconstruir los mercados en pesos a través de la Unidad Indexada (UI), son una especie de lapidación a los intentos de cambio. Como drogadictos que aconsejan a un amigo que intenta seguir un camino de desintoxicación, caemos en el pesimismo de pensar imposible aquello que es solamente difícil. Ante estas actitudes, que tienen un origen cultural, es necesario enfrentar un liderazgo decidido, que desarrolle la estrategia de "desdolarización".

En estas páginas hemos hablado de esa estrategia reiteradamente, por lo que el lector recordará que, en nuestra opinión, esta pasa por el reconocimiento regulatorio de riesgos no asumidos anteriormente, como el riesgo de descalce de monedas en los préstamos a agentes con ingresos en pesos, y la reconstrucción de los mercados en pesos como forma de construir un sistema de crédito alternativo al existente en dólares.

Afortunadamente, la experiencia internacional comienza a acumularse en cuanto al resultado de estas estrategias y puede constituir un elemento fresco en la discusión de nuestros propios esfuerzos, Es por eso que invito al lector a estudiar el caso de Perú.

PERÚ Y NOSOTROS. Perú, al igual que Uruguay, es una economía con libre movilidad de capitales y un elevado nivel de dolarización. En la actualidad, Perú sigue sólo a Bolivia y Uruguay en América Latina (y eso es decir prácticamente el mundo) en su nivel de dolarización.

Como Uruguay, también enfrentó una fuerte reversión en los flujos de capitales, en su caso a fines de los noventa.

A diferencia de Uruguay, Perú no colapsó. A partir de 1999, Perú atravesó un período de recesión, con fuerte ajuste del valor real del dólar, pero ni tuvo una corrida contra la deuda pública ni tuvo un pánico bancario. Cabe preguntarse entonces qué elementos de la experiencia peruana pueden explicar un desempeño tan diferente en una situación tan similar. En ese sentido, quiero señalar la fortaleza de la red de seguridad del sistema financiero, la baja exposición al riesgo cambiario de los estados contables de los bancos privados como resultado de la regulación y supervisión del sistema financiero, y la institucionalidad de la política monetaria.

Dentro de la red de seguridad, el seguro de depósitos a la vez transmitió confianza en el sistema financiero por el respaldo a los ahorros de los depositantes y desalentó los descalces de moneda con primas ajustadas por riesgo que contemplaban el riesgo de descalce.

Por otro lado, una superintendencia de bancos independiente del poder político y con fuerte capacidad técnica, permitió a Perú tener consideraciones regulatorias explícitas para el riesgo de moneda implícito en los préstamos de los bancos y una conducta supervisora no menos estricta al momento de estudiar la forma práctica en que los bancos evaluaban ese riesgo.

Finalmente, un banco central independiente se constituyó en la base de una nueva política monetaria que redujo fuertemente la volatilidad de las tasas reales de interés en pesos, favoreciendo la inversión en moneda doméstica.

Recientemente, la experiencia uruguaya y argentina han mostrado a Perú la necesidad de profundizar el proceso de reducción de la fragilidad financiera, siguiendo un camino muy similar al sugerido en estas páginas en artículos anteriores. Lo que se vuelve novedoso de la experiencia peruana reciente es su énfasis en los aspectos culturales.

CULTURA Y DÓLAR. En economía, los argumentos culturales pueden identificarse como un problema de costos de transacción. Cuando un individuo apela a la tradición, o a una especie de pereza al cambio, el economista tiende a interpretar que para cambiar es necesario aprender las ventajas de la nueva alternativa, lo que implica un costo de aprendizaje, o costo de transacción. Cuanto más elevado es el costo de transacción, menor la posibilidad de cambio de estrategia por parte de los agentes privados. ¿Cómo se aplica este razonamiento al problema de la dolarización? Simple: generaciones de uruguayos (o peruanos) han aprendido que el dólar es la moneda segura, de refugio. El proceso de dolarización no fue repentino, sino que llevó cerca de treinta años alcanzar los niveles de dolarización que tenemos en el presente, lo que demuestra que cambiarse de moneda no es una decisión fácil, sino que apareja un costo de cambio. Ahora que la "cabeza" de los agentes domésticos está hecha al dólar, pasarse a otra moneda implica volver a pagar el costo de transacción: es necesario aprender las ventajas de la nueva unidad de cuenta, en nuestro caso la Unidad Indexada, en el del Perú el nuevo sol.

El primer elemento cultural en la estrategia peruana parte de una flotación controlada de tipo de cambio. La flotación genera volatilidad de tipo de cambio, lo que genera la percepción del riesgo cambiario. Que el proceso sea controlado implica que se permite la volatilidad de largo plazo pero se suaviza la de corto. Si miráramos la gráfica del tipo de cambio del nuevo sol, veríamos un recorrido muy similar al que ha experimentado el peso uruguayo, el real brasileño, el peso chileno y tantas otras monedas latinoamericanas en el corto plazo, pero con una volatilidad menor. En la estrategia peruana, baja volatilidad de corto plazo reduce el costo de pasarse al nuevo sol.

El segundo elemento es la política de comunicación de temas monetarios. Se abandona la histórica política de comunicar cifras en dólares, y se pasa a publicar los datos monetarios en soles. Así, el analista es expuesto a la moneda nacional, la que se le hace menos extraña.

Un tercer elemento es una actitud no igualitaria hacia la moneda extranjera. Años de dolarización llevaron, como en nuestro caso, a que la moneda extranjera fuera considerada en pie de igualdad con la moneda doméstica. Ese tratamiento igualitario es prácticamente impensable en economías no dolarizadas. Perú ha cambiado su orientación, en este sentido, siendo ahora su filosofía la de poner la moneda doméstica en primer lugar. Así, recientemente se ha aprobado una ley que obliga a los comerciantes a informar sus precios en nuevos soles, con al menos la misma relevancia que los publican en dólares. Esta medida afectó principalmente a los bienes durables, como los electrodomésticos. El resultado de este cambio de política es un mayor uso a nivel comercial de la moneda doméstica, lo que ha repercutido en el ahorro de los agentes. Antes ahorraban en dólares para comprar un bien durable cuyo precio se daba en dólares, ahora ahorran en pesos porque el precio está expresado en pesos.

Aparentemente estas medidas habrían tenido un impacto en el grado de dolarización, el que ha caído sistemáticamente desde mediados del año 1999.

Mas allá de las medidas explícitas, la experiencia peruana apunta a que una estrategia de reducción de la fragilidad financiera tiene que apuntar a los aspectos culturales. Eso puede reflejarse en medidas como las descritas en el caso peruano, pero también tiene que ver con un cambio del gobierno hacia una decisiva adopción de la moneda elegida para sustituir al dólar.

Cuando nos proponemos abandonar una adicción, sea a la droga, al azúcar, la sal o los dólares, es necesario un cambio firme. No se puede "dejar a medias", ya que la tentación a abandonar el tratamiento sería demasiado fuerte. La experiencia internacional nos está mostrando caminos posibles para reforzar nuestra estrategia, en nosotros está el seguirlos.

(*) Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan las de las instituciones para las que trabaja.

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