A más educación, ¿más democracia?

| La gente más educada se interesa en mejorar sus propias vidas, pero puede no ver a la democracia como la mejor forma de lograrlo

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El 20 de junio, Zine-el-Abedine Ben-Ai, ex gobernante de Túnez, fue sentenciado in absentia a 35 años de prisión. Muchos señalan a la frustración por el tratamiento dado por la policía a un hombre joven con pocas perspectivas laborales como el origen de la rebelión popular que lo obligó a dejar su cargo. Esa mezcla explosiva de autoritarismo, desempleo y juventud ha tenido un rol muy grande en el inicio de muchas de las revueltas populares de Medio Oriente y África del Norte que siguieron a la de Túnez. Pero algunos sostienen que una educación mayor también debería tomarse en cuenta como causante de los levantamientos árabes.

Muchos de los países donde el descontento con un gobernante fuerte se ha convertido en revueltas han tenido aumentos considerables en sus niveles de educación en décadas recientes. Los jóvenes en estos países son mucho más educados que sus padres. En 1990 el egipcio promedio tenía 4,4 años de escolaridad; en 2010 la cifra había aumentado a 7,1 años. ¿Podrá ser que la educación, al hacer que la gente tenga menos ganas de conformarse con restricciones a la libertad y esté más dispuesta a cuestionar a la autoridad, promueva la democratización?

Las ideas sobre los vínculos entre educación, ingreso y democracia están en el corazón de lo que los cientistas sociales a mediados del siglo pasado llamaron la "hipótesis modernizadora". Uno de sus más famosos partidarios, Seymour Lipset, escribió en 1959 que "la educación presumiblemente amplía las miras de los hombres, les permite entender la necesidad de las normas de tolerancia, los frena de adherir a doctrinas extremistas y monistas y aumenta su capacidad de tomar decisiones electorales racionales".

Desde entonces muchos economistas y cientistas políticos han buscado evidencia estadística de un vínculo causal entre educación y democratización. Muchos han señalado la fuerte correlación que existe entre los niveles de educación y medidas como el pluralismo de partidos políticos y la existencia de libertades civiles (ver gráfico adjunto). Los patrones son similares cuando se observa el ingreso y la democracia. Hay excepciones, por supuesto. Hasta hace poco, muchos países árabes lograban combinar riqueza originada en energía y educación decente con sistemas políticos no democráticos. Pero algunos deducen del panorama general que a medida que China y otros estados autoritarios se vuelven más educados y más ricos, su población va a reclamar una mayor libertad política, terminando en un cambio hacia una forma de gobierno más democrática.

Esta intuición aparentemente razonable es menos sólida de lo que parece. Los críticos de esta hipótesis señalan que correlación difícilmente es causalidad. La tendencia general en la última mitad de siglo puede haber sido hacia estándares de vida más altos, una propagación mayor de educación básica y más democracia, pero es absolutamente posible que esto sea provocado por otra variable. Incluso si la correlación no fuera espúrea, sería difícil saber en qué sentido se da la causalidad. ¿Mayor educación genera más democracia? ¿O los países más democráticos son mejores educando a sus ciudadanos?

La hipótesis modernizadora sugiere una dirección particular del cambio: más educación e ingreso debería generar una mayor democracia. Pero como muestra el gráfico de la derecha, no hay virtualmente ninguna asociación estadística entre los cambios en el nivel de educación de un país y su medida de democracia. Si esto es cierto, no hay ninguna razón particular para esperar que más educación genere un mundo más democrático.

Un trabajo reciente del NBER (*) arroja luz sobre las razones por la que esto sería así. Aquellos que postulan que más escolaridad genera más democracia generalmente tienen ideas específicas sobre cómo las actitudes de las personas cambian como resultado de una mayor educación, sosteniendo que crean seres más deseosos de desafiar a la autoridad. Es posible, sin embargo, que la educación refuerce la autoridad y el poder de las elites dominantes; de hecho, muchas veces puede ser diseñada para hacer precisamente esto. El estudio intentó encontrar cuál de estas ideas que compiten para explicar los efectos de la educación es más acertada.

Los autores compararon un grupo de niñas keniatas en 69 escuelas primarias en las que sus estudiantes son seleccionados aleatoriamente para recibir becas, con estudiantes similares en escuelas que no reciben esa ayuda financiera. Estudios previos habían mostrado que el programa de becas llevó a resultados más altos en las pruebas y aumentó la probabilidad de que las chicas se inscribieran en secundaria. En total, incrementó significativamente la cantidad de educación obtenida. Para el nuevo estudio, los autores trataron de ver cómo esa educación extra había afectado las actitudes políticas y sociales de las mujeres en cuestión.

DIVISIÓN DE CLASES. Lo que encontraron fue contradictorio en muchos sentidos. Por ejemplo, las niñas que se beneficiaron con becas y lograron una mayor educación eran más independientes y más reacias a aceptar las fuentes de autoridad tradicionales dentro de la familia. Pero aunque la educación pareció en algún sentido haberlas "liberado" en términos de sus aspiraciones personales, no pareció haber tenido los efectos más amplios que los proponentes de la hipótesis modernizadora habrían esperado. En particular, aquellas con más educación no se volvieron más favorables a la democracia. De hecho, la educación profundizó su sentido de identificación con su grupo étnico y aumentó su tolerancia con la violencia política. Hubo poca evidencia de que tener más educación las hubiera involucrado más en la vida cívica o en las organizaciones políticas.

Esto no es del todo sorprendente. La educación vuelve a la gente más interesada en mejorar sus propias vidas pero puede no ver a la democracia como la forma de lograrlo. Incluso en democracias establecidas, más educación no siempre significa ni más participación política activa ni una fe mayor en la democracia. En India, por ejemplo, las personas más pobres y menos educadas votan en mayor número que sus compatriotas más educados. En efecto, estos últimos usualmente muestran desprecio por, e impaciencia con, el desorden de la democracia. Muchos desean en cambio el tipo de gobierno que ejecutaría a los corruptos y construiría autopistas, vías de tren y puentes al ritmo vertiginoso de la autoritaria China.

(*) "Education as Liberation?" por Willa Friedman, Michael Kremer, Edward Miguel y Rebecca Thornton. NBER Working Paper 16939, Abril de 2011.

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