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Yayoi Kusama, la vida en un hospital psiquiátrico y el arte como salvación

Yayoi Kusama es una artista japonesa de gran renombre. A los 92 años, sigue conquistando el mundo con sus lunares.

Yayoi Kusama
Yayoi Kusama

"La primera vez que llegué a Nueva York fui hasta la cima del Empire State Building. Mirando esa inmensa ciudad me prometí a mi misma que un día conquistaría Nueva York y que iba a posicionar mi nombre en el mundo”. Yayoi Kasuma está ante una entrevista para la galería Tate Modern, viste un traje naranja con lunares blancos y una peluca roja con cerquillo y por los hombros. Yayoi habla despacio y en su lengua materna sobre cómo un día dejó de ser la niña de una provincia rural japonesa para convertirse en una de las figuras más aclamadas del arte contemporáneo. Yayoi siempre supo que su destino era ese: la grandilocuencia y el arte.

Admirada por colegas, cotizada como una de las artistas vivas más caras por el mercado, buscada por las nuevas generaciones que ven, en su obra, una escena perfecta para Instagram. El arte pop de Yayoi es tan representativo de un momento histórico (y de su historia) como actual.

Sobre ella se han expuesto retrospectivas en lugares emblemáticos como la Tate Modern en Londres, el Pompideu en París, el MoMA en Nueva York o el Malba de Buenos Aires; con ella han querido colaborar las casas de moda más prominentes —Louis Vuitton sacó una colección en 2012—. Sin embargo, construir su nombre ha sido una constante lucha contra las estructuras sociales y la salud mental.

Escapar y volver a Japón

Siempre quiso ser pintora, artista. A los 10 años empezó a crear imágenes compulsivamente y comprendió que necesitaba aquello tanto como respirar. Primero fueron las flores. Entonces su madre le dijo que para ella, niña en la ruralidad de Japón de 1930, no estaba permitido el arte. Así emergieron los lunares.

El plan para su vida ya estaba escrito por terceros: conocer a un hombre rico y convertirse en una ama de casa ejemplar. Pero ella, o el destino, tenían preparado algo completamente distinto: ir contra todos los estamentos de su sociedad y familiar y pintar, pintar hasta el agotamiento, hasta la muerte o hasta que los años y los huesos se lo permitieran.

“Si dejo de pintar, tengo tendencias suicidas”, dijo en 2013 para el documental Obsesión infinita.

Es 2021, Yayoi Kusama tiene 92 años y todavía pinta.

En esa infancia japonesa, a la vez que descubría la vorágine creativa que tenía adentro, Yayoi empezó a desarrollar un trastorno obsesivo compulsivo y alucinaciones. Mirase a donde mirase veía lunares, puntos, círculos por todos lados. Los mismos que pintó sobre dibujos con el rostro de su madre, los mismos de sus vestidos, los mismos que, bajo el título “polka dots”, la han elevado hacia uno de los podios más altos de las artes actuales. Escribe en Infinity Net: la autobiografía: “Decidí volcar todo eso que se me venía encima, sin que yo lo buscase, en mis dibujos que empezaron siendo más una cura que algo artístico”.

Los lunares, una obsesión

De niña empezó a alucinar con lunares que se expandían por todas partes. Su manera de controlarlos, fue canalizándolos en su arte, en su ropa, en su discurso. “Los puntos son sólidos e infinitos. Son una forma de vida. Sol, luna, estrellas son cientos de millones de puntos. Cada ser humano es también un punto. Admiro completamente su ‘infinitud’”, explica en una entrevista con La Nación. Son parte de su “autoborramiento”.

Japón fue su lugar de nacimiento (Matsumoto, 1929), y el terreno de sus comienzos artísticos. De su casa se fue a los 19 años a estudiar el arte japonés Mihonga a Kioto. Pero en esa escuela y en ese arte se sentía tan encerrada intelectualmente como antes. La libertad, creía, estaba en las vanguardias que estudiaba desde las revistas occidentales. En Japón comenzaba a tener éxito, pero América era su próximo objetivo.

De Japón se escapó porque quería romper un techo. A Japón volvió para refugiarse. Su país de origen seguía tan represor de las libertades individuales como antes, pero el mundo exterior había sido hostil, demasiado. Su pareja Joseph Cornell había muerto y su miseria económica era tal que volver fue su forma de sobrevivir. La embargaba una depresión intensa y necesitaba ayuda.

“He sufrido y luchado contra el fantasma agobiante de la enfermedad psicológica”, confesó a La Nación. “El médico en Nueva York era freudiano, por lo que quebró mi arte. Luego de mi regreso a Japón he estado trabajando en obras de arte de mayor escala pese a mi enfermedad”.

Yayoi cree que su obsesión puede estar relacionada, en parte, con la violencia física que su madre ejercía sobre ella, quien también la obligaba a espiar al padre con sus amantes. “Debido a que mi madre era contraria a que me convirtiera en artista, emocionalmente empecé a ser muy inestable y sufrir crisis nerviosas”.

Además estaba la represión y los horrores del contexto de su época. Tenía 16 años cuando Estados Unidos lanzó bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. La terapia psiquiátrica temprana y la pintura fueron, siempre, su salvación.

En 1977 se internó en un hospital psiquiátrico en el que reside hasta hoy y alterna con jornadas en su taller. Así puede concentrarse en su creatividad compulsiva y obsesiva mientras otros custodian y la protegen de su mente.

Occidente: el sueño y la decepción

Las fotos la muestran pequeña, cabello azabache y cerquillo marcado, de pie con un kimono dorado en el centro de un “jardín” de esferas de espejos. O pequeña, con un body rojo, acostada entre esos espejos. Es 1966 y Yayoi tiene un mensaje para todos los que pasen por allí: “Tu narcisismo en venta”. Ese día, a metros de la Bienal de Venecia, la artista, que no había sido invitada, vendía su obra a dos dólares por cada esfera. La performance se llamaba Jardín de Narciso y con ella pretendía criticar el mercado del arte. Con arte, hacía su magnética y solitaria revolución.

Yayoi ha sido siempre subversiva y la escena del arte occidental era más libre y menos asfixiante para su carácter; sin embargo, tenía obstáculos.

Espejos y un viaje sideral

Con juegos de espejos y luces, en 1965, los lunares de Yayoi Kusama se trasladan del plano al espacio y aparentan la galaxia en Infinity Mirror. En los últimos años esta obra ha cobrado gran popularidad y se repetido en diversos museos alrededor del mundo. “Me obsesiona la acumulación, y nada en el universo, ni las estrellas ni los planetas, existen por sí mismos, todo está encadenado”, dijo en el documental Infinity.

Ser mujer en un mundo dominado por los hombres no fue tarea sencilla; ser japonesa en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, tampoco. Pero Yayoi no iba a quedarse callada, la performance de 1966 fue una muestra estruendosa de su grito artístico. Los cuerpos desnudos de seguidores suyos atestados de pintura brillante en las manifestaciones hippies son otra prueba. Su aparición, desnuda, en el puente de Brooklyn para protestar contra la Guerra de Vietnam en 1968, otra.

Desde aquella promesa que se hizo en la cima del Empire State, su vida en Nueva York, a donde se mudó en 1958, fue un paso tras paso intentando alcanzar el éxito. Exponía junto a otros artistas prominentes del arte pop como Andy Warhol o Claes Oldenburg y galerías vendían su obra. Pero veía cómo lo que creaba era plagiado por aquellos colegas y las copias eran más admiradas y pagadas que los originales. El sexismo y el racismo hacían lo suyo.

Cuando en La Nación le preguntaron por qué cree que su obra fue, por un tiempo, bastardeada, olvidad, respondió: “Por la enfermedad psicológica que padezco desde la infancia. Depresión, trastorno de despersonalización, trastorno obsesivo-compulsivo. He luchado contra ello con todo mi arte. Mi arte siempre ha estado a la vanguardia y es tan innovador que la gente no puede mantenerse a la par”.

La vida de Yayoi Kusama es de esas que no caben en las pocas líneas de una página. La vida de Yayoi Kusama es de esas que fascinan, que alarman, que encantan. La vida de Yayoi Kusama ha sido, siempre, esa eterna dualidad entre la oscuridad de la muerte y la vida del arte. Crear para vivir y respirar o vivir y respirar para pintar.

Una obra y (casi) una religión

Yayoi Kusama fue la primera en oficiar una boda gay en Estados Unidos, cuando el matrimonio homosexual todavía no era legal. Dice, ahora, que le alegra que eso esté cambiando. Dice, también, que su religión es “el arte de Yayoi Kusama”. Incluso se autoordenó como la alta sacerdotisa de los lunares en su Iglesia de la autodestrucción.

Dice Yayoi que buscó la fama y ahora que la tiene lo que más venera es el tiempo para crear por crear. A lo largo de su carrera no solo ha pintado, hecho esculturas, performances, instalaciones, y un largo etcétera de manifestaciones de las artes visuales. Yayoi también ha escrito libros: autobiografía, cuentos, poemas, novelas. Su obra se ha trabajado bastante en literatura infantil y otro tipo de materiales dirigido a niños y niñas. También ha incursionado en el cine, casi siempre con títulos autorreferenciales. Ha diseñado moda. “Nunca pensé realmente en la diferencia entre escribir y crear arte”, dice y añade: “He establecido el arte de Yayoi Kusama y con extraordinario esfuerzo he luchado junto a él, mi espíritu, mi filosofía y mi visión de la vida”.

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