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Vivir cuesta un Perú

En Uruguay, el 70% de los peruanos es pobre. La gran mayoría se dedica a la pesca o al servicio doméstico. El presidente Mujica pidió que vinieran "otros peruanos". Pero el país no los trata muy bien.

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LEONEL GARCÍA

En Perú y en enero, el presidente José Mujica alentó a ciudadanos y empresarios de ese país a venir e invertir en Uruguay. "Hay lugar para vivir, estamos casi vacíos", expresó. Aquí, desde una mesa desvencijada en la Asociación Cultural y Casa del Inmigrante César Vallejo (Accicev), en la calle Reconquista, su director, Carlos Valderrama (65), todo un referente local de esa comunidad, calcula que ya hay unos 4.500 peruanos viviendo en el país. Y estos no la están pasando bien: de acuerdo con sus estimaciones, siete de cada diez son pobres. ¿Qué tan hospitalario les puede resultar este país? "Uruguay es un país... eh... generoso... al menos de acuerdo a la experiencia en otros lados". Escoge con cuidado las palabras. "No es totalmente abierto, pero la última ley de migraciones (la 18.250, de 2008) hizo más flexible las regularizaciones".

En aquella visita, Mujica trazó una suerte de semblanza social de esta colectividad en el país. "Hay peruanos en Uruguay, peruanas sobre todo, sirven a algunas familias ricas en Carrasco, tienen fama de ser muy buenas, honradas y dóciles. Yo quiero que a mi país vayan otros peruanos, no solo los marineros de tercera que los explotan en barcos asiáticos".

A Valderrama, antropólogo peruano que llegó a Uruguay como refugiado político en 1993 y que desde 2001 está al frente de Accicev, esas expresiones le cayeron muy mal. "Dolió. Es un exceso. No hay trabajadores migratorios de tercera, ni de primera, ni de segunda. La persona que emigra lo hace por una necesidad económica, para elevar su nivel de vida", enfatiza este hombre, cuyo centro le brinda alojamiento, apoyo y asesoramiento a inmigrantes de bajos recursos y también a uruguayos en situación de emergencia. Desde 2001 hasta hoy han pasado por ahí 1.600 personas, de los cuales 600 provenían, o provienen, de Perú.

La expresión dolió, pero tiene su sustento. La inmensa mayoría de los peruanos que han llegado a Uruguay, sobre todo de ciudades del norte como Chiclayo o Piura, efectivamente han venido para dedicarse a la pesca, si son hombres, o a las tareas domésticas si son mujeres. El propio Valderrama los estima en un 85% del total. Y los referentes de esa comunidad acaban reconociendo que, debido a varios factores -hambre, desesperación, falta de documentación, necesidad de mandar dinero a sus familiares, desayunarse que este país está lejos de ser un vergel de trabajos- hace que frecuentemente terminen aceptando condiciones laborales muy desventajosas.

penuria. "Yo pagué 200 dólares para venir y quedarme sin trabajo". Un amigo, "conocido de un contramaestre de un barco de arrastre", le pasó hace siete años un pique laboral a Ricardo Huarota (40). Desde Ica, en el centro sur de Perú, un accidentado viaje por tierra lo depositó en Uruguay, diez días después. El buque ya había partido. "Estuve varado un año y medio". Sobrevivió gracias a una pareja uruguaya y a Valderrama. Si bien ahora su situación mejoró -es contramaestre y obtuvo la residencia-, aún debe vivir en la Casa César Vallejo.

Huarota envía el 50% de su sueldo a Perú (un piso de 1.500 dólares), donde tiene a sus cinco hijos y tres nietos, a quienes no ve desde hace tres años. Con el resto, más el trabajo de su mujer, auxiliar de servicio, subsiste. "Montevideo es caro, acá el dinero no vale nada". También deja entrever otra realidad que padecieron, o padecen, varios de sus colegas compatriotas. "Sufrí discriminación. Los pescadores uruguayos decían que veníamos desde lejos a quitarles el laburo. Pero la verdad era otra: ¡ellos no querían trabajar! Pedían sueldo, bonificación, seguro y todo eso. Y nosotros debíamos agarrar lo que fuera, porque teníamos que mandar plata a nuestras familias. Eso lo malinterpretaban". Cruda contradicción: pese a que él y otros colegas reconocen como algo natural el deber pagar "derecho de piso" en los barcos, la frase de Mujica sobre "los marineros de tercera", les hace hervir la sangre.

Las historias suelen tener un común denominador. Llegan noticias a Perú de un familiar, un amigo o apenas un conocido con historias que pintan a Uruguay como una tierra de oportunidades. Algunos hablan de 2.500 a 3.000 dólares obtenidos por la pesca o hasta 500 dólares por servicio doméstico, sueldos que sirven como anzuelo irresistible. El entusiasmo hace que hombres y mujeres lleguen a probar suerte, tras cuatro, cinco o más días sentados en un ómnibus. Pero la fortuna, o algo parecido, le termina sonriendo solo a una pequeña parte. "Y ahí empieza la penuria. Las que vienen a trabajar como domésticas sufren porque dejaron a sus hijos en Perú, pensando en poder traerlos después. Los hombres pueden tardar seis meses o más en conseguir un contrato de pesca. Ahí es cuando muchos se me acercan a conversar y me dicen `yo no sé para qué vine acá a pasar hambre`".

Quien habla es Alberto Canales (56), un psicólogo peruano que hace 19 años está en Uruguay y colabora con el Centro César Vallejo. "Los mayores problemas son depresivos y de autoestima, a causa del maltrato de los patrones o la espera sin conseguir empleo. Les decimos que tengan paciencia, que es un período malo, tratamos de que se junten con colegas para que se aconsejen unos a otros. Pero con el tiempo, la desesperación los lleva a aceptar condiciones de trabajo más duras".

Valderrama agrega que, en el caso de la pesca, al no tener documentación en regla "tienen que trabajar en barcos con bandera `de conveniencia`, españoles o portugueses". Esto significa una paga menor, menos seguros sociales, más riesgos y más carga horaria.

Carlos Coronel es peruano y dirigente del Suntma, el gremio de los trabajadores del mar. Según afirma, el sindicato está abierto a todos sus compatriotas que tengan la documentación en regla. Pero solo "60 o 70" de ellos están afiliados, "y no tienen ningún problema". Rechaza que algún paisano suyo trabaje en "barcos asiáticos", como señaló Mujica; "ahí solo hay indonesios o filipinos". Pero agrega que para aquellos que no han podido regularizar su situación -lo que les impide subir a buques uruguayos- la discriminación es la constante. "En las embarcaciones de bandera extranjera, como la española, a mis compatriotas los explotan. Si se accidentan no les dan derecho al seguro de paro. Además, mucha gente viene engañada desde Perú por empresas marítimas, los traen y luego los dejan tirados. Y no les queda más remedio que rebuscárselas como pueden". Canales también habla de "mafias" que atraen peruanos con supuestos contratos que finalmente no se cumplen.

Este psicólogo pinta el modo de vida típico de buena parte de estos inmigrantes: todos amontonados en la Ciudad Vieja (donde incluso funcionan restaurantes y discotecas para peruanos), con escasa inserción social; sin amigos uruguayos, solo con el apoyo de sus paisanos en caso de penurias; los hombres en la rambla mirando el mar esperando el barco soñado que puede durar meses o juntándose en la puerta de las empresas navieras esperando una oportunidad; las mujeres llorando en silencio y mintiendo por teléfono a sus familiares ("no se preocupe m`hijito, acá estoy bien"). "En el caso de los varones hay un agravante, a veces se consiguen una pareja acá y se olvidan de la familia que dejaron allá". Uruguay, definitivamente, no parece un país tan generoso. Y para peor, la procesión suele ir por dentro. "No lo hacen público por orgullo y para que no se enteren sus compatriotas". Con él sí hacen catarsis. "Yo siempre les pregunto, ¿para qué vinieron? `Porque me prometieron trabajo`, es la respuesta habitual".

Hay quien no se desalienta. Angelino Gordillo (40), mientras bebe un refresco en el restaurante peruano Eva de la Ciudad Vieja, muestra orgulloso su cédula uruguaya que reza "residencia en trámite". Llegó con su esposa hace un año. Él trabaja en una empresa de seguridad y ella es empleada con cama. No se queja de la acogida uruguaya. "Acá, el que labura, no la pasa tan mal", sentencia.

sumisión. Canales sostiene que la mayor discriminación a los peruanos ocurre en el ámbito laboral, ya sea en barcos o casas de familia.

Mariela Burlón, militante del SUTD, el gremio de las empleadas domésticas, y ex integrante de su comisión directiva, calificó a sus colegas peruanas como "muy buenas". Nadie duda que sean hacendosas y que incluso se destaquen en la cocina; no en vano provienen de un país con una gastronomía elogiada internacionalmente. "Pero su nivel de instrucción suele ser muy bajo, peor que el de las uruguayas, y eso las hace sumisas", agrega. Esa sumisión, añade, persigue el fin de "juntar plata para poder traer a sus hijos a estudiar", aunque los envíos no superen los US$ 150 o 200 al mes. Y al estar en muchos casos indocumentadas, los abusos son frecuentes.

"A algunas domésticas los patrones les exigen quedarse con su pasaporte, un requisito fundamental para sacar la cédula, que siempre tiene que estar con ellas. Cuando lo reclaman, las amenazan con despedirlas. Y no quieren sindicalizarse por temor a represalias", agrega el psicólogo Canales.

La promesa de buenas oportunidades laborales puede terminar en una broma cruel del destino. En una cama de una plaza se acomodan Marisol (36), su marido y su hijo de dos años. Esa cama está en un cuasi único ambiente tipo pasillo, junto a una cucheta, dos televisores, una heladera y un montón enorme de valijas que dificultan el paso. Marisol (que pide no dar su verdadero nombre) llegó a Uruguay en 2000. "Yo tenía amistades que me decían que aquí había mucho trabajo y pagaban bien", dice con una mueca de ironía.

Hace dos años que está desocupada. En un trabajo duró 15 días ya que la dueña de casa le reclamó la falta de una mandarina. El último, como empleada con cama en Carrasco, lo perdió por quedar embarazada. "Yo quiero una mujer que se dedique a mis hijos", dice que le dijo su ex patrona. En una feria cercana, una anciana la insultó soezmente y a los gritos: "¡Que se vayan a la mierda, peruanas! ¡Trabajan como burras! ¡Le sacan el laburo a los uruguayos!" "Es que nosotros tenemos una forma de trabajar -explica-... a nosotros nos dicen `te animás a hacer esto`, `te animás a hacer lo otro`, y a veces una porque necesita el trabajo..."

Su marido, marinero, ahora no está embarcado. "Como dicen ustedes, está haciendo `changas` de artesanía en Piriápolis". Como pueden solventan el alquiler del minúsculo apartamento, $ 4.000 al mes. Tiene problemas para renovar su cédula. Hace tres años que no va a Perú, donde está su hija mayor. Sonríe con amargura cuando recuerda aquella frase que la impulsó a tomar el avión. "Lo hecho, hecho está".

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