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Viaje en busca de una postal en Santorini

Esta isla griega es la postal de casas blancas, atardeceres de ensueño y comida deliciosa. Pero también es un lugar de playas de arenas negras donde moverse a pie puede tornarse complicado.

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Llegué a Santorini persiguiendo el sueño de la isla griega paradisíaca. La postal de casas blancas, techos redondeados y azules, el sol rebotando en las callecitas que suben y bajan al borde del Mediterráneo, restaurantes rústicos a la orilla del mar y yo ahí, con mi copita de vino griego, sonriéndole a la vida. Pero al despertar en mi primer día en la isla, no veo nada. No encuentro la postal azul y blanca que he visto en fotos. Google Maps me confirma que estoy en Perívolos, en un extremo de la isla, un terreno más bien seco donde crecen arbustos, espinos y se ven algunas buganvilias moradas trepando por muros y paredes, y donde se esparce un puñado de casas que sí son blancas, pero sin los techos azules. El sol pega duro y de frente, aunque hay una brisa que alivia algo el calor. Para ver la postal que tengo en mente debo ir a Fira. Y para ir a Fira, debo arrendar una cuadrimoto, un scooter o un auto. Está a una media hora, máximo 45 minutos, de Perívolos manejando. Pero como no sé conducir, mi única opción es tomar uno de los buses públicos que cuestan 2,40 euros y pasan cada media hora por el paradero más cercano a mi alojamiento. Como hace un calor de aquellos, decido ir a Fira por la tarde. Mientras, puedo darme una vuelta por Perívolos, almorzar por ahí, quizás darme unos chapuzones en la piscina de la villa donde estoy.

Bajo por un estrecho camino de cemento hasta la playa. En la mitad de la ruta hay un minimarket, donde además arriendan todo lo que no estoy en condiciones de manejar. Hay un par de casitas con burros en el patio que hacen tintinear las campanitas que cuelgan de su cuello. Como no hay veredas, voy lo más al borde del camino que puedo, pero así y todo parecen rozarme al pasar las motos, autos, buses gigantes de turismo, abuelitos en camionetas destartaladas, algunos en scooters y parejas abrazadas. Hace tanto calor que transpiro sin decencia.

Diez minutos después estoy en Perívolos. En la esquina, hay un carrito. Sanzón, un hombre robusto, de bigote y sancochado de tanto transpirar, da vuelta varios choclos en su parrilla humeante. La playa está plagada de reposeras, no se ve espacio vacío entre la arena negra y ardiente. A lo lejos, diviso el mar azul profundo. Del otro lado del borde costero, una fila de restaurantes con terrazas al aire libre y algunas tiendas con toallas, bronceadores, lentes de sol. Intento ir hasta el mar, pero se me queman los pies en el intento. Así que entro a un restaurante para almorzar y redimir estos pasos en falso con la bendición de la cocina griega. Pimientos y tomates rellenos con arroz y papas salteadas. Una copa de vino rosé heladita. Un deleite. Y luego regreso a mi villa para remojarme el calor en la piscina.

En Santorini no hay demasiados hoteles, sino más villas pequeñas, tipo residencial, studios o piezas. Y no todas tienen piscina, cuestión que en verano es casi un asunto de sobrevivencia. Mi villa es un edificio bajito de tres pisos, con algunas piezas de cemento blanco, piscina en la entrada, un bar restaurante con terraza. Una señora y su hija de unos 30 y algo lo administran y se hacen cargo de todo. Solo la hija habla inglés. Las dos son amables y sonrientes.

Me lanzo a la piscina y ahí quedo: en una reposera hasta que baja un poco el calor y estoy lista para ir a Fira por —al fin— mi postal griega. "El paradero está bajando este sendero, donde está el negocio. Los buses pasan cada media hora. Si vuelves después de las 8:30, el bus no entra a Perívolos: te va a dejar en la entrada", dice la hija de la dueña de la villa. Así que llego a la parada, que está a pleno sol. A los 15 minutos, llega un bus. Un chico descuelga la mitad de su cuerpo fuera de la máquina y grita: "¡Fira! ¡Fira!".

El bus recorre toda la isla. Pasa por pueblos pequeños, por la playa de Perissa y bordea todo Santorini mientras la gente sube y baja a cada rato. Cuarenta y cinco minutos más tarde llegamos a una terminal en Fira. Hay un montón de gente de pie, corriendo detrás de los buses que entran y salen para ver adónde van. El despelote es grande.

Empiezo a caminar hasta encontrar el Santorini que vine a ver. Subiendo y subiendo, aparece. Desde una terraza blanca donde está la catedral ortodoxa metropolitana —una joya por dentro— y dos chicos que tocan canciones de Los Beatles y rock en griego, puedo ver todo el esplendor, las casitas blancas enclavadas en la pendiente, las callecitas con sus buganvilias fucsias, las cúpulas, los marcos de las ventanas y puertas azules, y el sol que se refleja en todas las paredes. Hay restaurantes que miran hacia la costa, hileras de burros que pasean turistas por las calles, tiendas de souvenirs, joyería, ropa y sandalias— Grecia es el imperio de las sandalias—, y uno de los atardeceres más gloriosos que haya visto. Me siento en un restaurante que da justo hacia el mar para ver la caída del sol. Bolitas de carne griegas, otro vino rosé. Huele un poco a caca de burro, pero qué se le va a hacer. Al menos hallé mi postal griega.

Vuelvo de noche a la estación de buses en Fira. El lugar es un caos. Los turistas corren de un lado a otro; en la caseta una rubia fuma y fuma, y un tipo que parece vikingo arrea gente de un lado a otro como si fueran animales. Un conductor se baja de uno de los buses y se pone a discutir con la rubia en griego. A veces es bueno no entender el idioma, pienso.

El bus a Perissa y Perívolos se llena en un dos por tres. Como ya sé que moverme en esta isla requiere planificación, hoy haré lo siguiente: piscina en la mañana, almuerzo en Perissa y pasaré la tarde allí. Quizás luego pueda volver a Fira, a contemplar la puesta de sol en medio de los edificios blancos. Ya desistí de verla en Oia, en el otro extremo de la isla, donde dicen que se producen los atardeceres más bellos del mundo: para eso tendría que llegar a Fira y tomar otro bus desde ahí.

En la piscina, solo familias inglesas que hablan con su acento marcado y una pareja de peruanos en luna de miel. La hija de la dueña invitó a una familia amiga a la piscina y los chicos se tiran bombitas de agua toda la mañana. Cuando me da hambre, preparo el bolso para ir a Perissa. El calor en la parada es de otro planeta y, de nuevo, soy la única sentada ahí a pleno sol, mientras pasan motos y autos y buses para todos lados. Pero el bus no demora. Y en 10 minutos ya estoy en Perissa, una playa de arena negra donde hay restaurantes y cafés por todo el borde costero.

Perissa parece más pequeñita que Perívolos, pero lo impresionante es una enorme roca al costado izquierdo que le da otra atmósfera al lugar. Pareciera que una está nadando en una caverna. Me siento en uno de los restaurantes pegados a la playa. El mesero es un moreno tostado por el sol, con pestañas crespas y largas, que me regala una copa de vino. Yo pido un salmón con arroz y ensalada. Cuando estoy a punto de irme al mar, dice: "El sábado a las ocho de la noche vamos a hacer un show de música griega con lanzamiento de platos. ¡Tienes que venir!". Al instante me invita a tomar un trago en la noche. Me disculpo, pero digo que estaré el sábado para el show.

Eso tienen los griegos: son coquetos. Desde que estoy en Grecia hace una semana, me han invitado a salir más de seis veces. Después de vivir por temporadas en Nueva York y Praga, donde te sientes invisible, el goce y la chispa griega (sigá, sigá, dicen ellos, sin apuros) se agradecen.

En la tarde me meto al mar Egeo, escribo un rato, cuando ya empieza a atardecer, decido volver a Perívolos. Camino hacia el paradero que me indicaron. Con camisas guayaberas y lentes de sol, una pareja de ingleses espera también el bus. Me sumo y esperamos. Y esperamos. Y esperamos. Hasta que de repente vemos asomarse uno. Nos ponemos de pie, pero cuando está ya casi encima, el chofer nos hace "no" con el dedo y pasa de largo. Los ingleses me miran con cara de pregunta. "Vinimos a Santorini hace muchos años. Es como desordenado en estas cosas. Tendremos que esperar el siguiente", dice uno. Conversamos otra media hora hasta que avistamos el segundo bus. Cuando ya estoy arriba y pregunto si va a Perívolos, el cortador de boletos dice que no. Una hora y media más tarde, entro a una agencia turística para pedir un taxi. "15 euros". 

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