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Trastornos: todo por la comida

A las patologías alimentarias tradicionales se le suman nuevas, potenciadas por las redes sociales.

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Trastornos alimentarios. Revista Domingo

Felipe tiene 18 años y a los 15 empezó un tratamiento por anorexia. Felipe vive en un paraje entre Las Piedras y Los Cerillos con su madre, la pareja de ella, su hermano mellizo y su abuela. En el 2011 los padres de Felipe se separaron. "A mí me hizo mal esa situación entonces empezamos, con mi hermano, a comer lo que nosotros creíamos que era sano, hacíamos como una dieta y empezamos a hacer ejercicio en exceso", dice. Al principio intentó evitar el azúcar y cuidar la calidad de su alimentación. "Yo me sentía mal con mi cuerpo", cuenta, "y además de comer sano hacía mucho ejercicio, en comparación a lo que comía". Empezó a ir a la nutricionista con su hermano y les dieron una dieta que tenían que seguir, pero lograron mentir: "Nos daban la comida y la escondíamos o la tirábamos y a la psicóloga y a la nutricionista les decíamos que sí, que comíamos. Con mi hermano nos cubríamos en eso porque no queríamos hacer lo que ellas nos decían. Se dieron cuenta cuando él se desmayó".

Llegó a la Asociación de lucha contra la Bulimia y la Anorexia (Aluba) un año después que su hermano, que había llegado luego de haber estado internado. "Yo nunca estuve tan mal como mi hermano, pero me sentía mal y en el estudio bajé el nivel y repetí el año. No podía pensar en el estudio, siempre estaba concentrado en mi cuerpo para no pensar en mi madre y en mi padre".

Se adaptó a las seis ingestas diarias que implica el tratamiento de Aluba pero nunca pudo dejar de hacer ejercicio, otra regla del tratamiento: "Hacer deporte me ayuda a desestresarme y a no pensar en nada y me gusta tener un buen cuerpo. No es que tenga miedo de engordar pero quiero estar bien". Felipe intenta correr al menos 20 minutos tres veces a la semana. Hace abdominales, lagartijas y todo lo que tenga que ver con la fuerza de brazos.

Julia Alderette, psicóloga de Aluba, explica que es complejo diagnosticar un trastorno específico "porque siempre hay virajes". En el caso de Felipe, dice Alderette, "él empezó a comer sano, después dejó de comer y además hacía ejercicio de forma excesiva, entonces tenés una anorexia y se puede acercar a la vigorexia".

Así, además de la anorexia y la bulimia, que pueden ser los más conocidos, en los últimos años se han nombrado otros trastornos que "no son tan cotidianos", según Alderette, pero que en realidad "ya tienen su tiempo aunque quizás no estuviesen definidos".

Vigorexia, ortorexia, arfid, trastorno por atracón o trastorno del comedor nocturno, son algunos de los nombres que han sonado como parte del grupo de los nuevos trastornos de la alimentación. Según los expertos consultados han ido en aumento y están en el tapete por la influencia de los medios de comunicación y las redes sociales.

Estas enfermedades son siempre multicausales y lo cultural y lo social inciden constantemente; los ideales de belleza del siglo XXI de la mujer flaca y el hombre con un cuerpo trabajado, han sido determinantes para el desarrollo de los llamados nuevos trastornos alimentarios.

Hay que considerar que siempre detrás de un trastorno existe un acontecimiento, un miedo o una situación angustiante. "Los trastornos en general son sufrimientos que se manifiestan de diversas formas", explica la psicóloga y psicoanalista Ana María Reboledo, "en este caso, es un sufrimiento que queda circunscrito al área alimentaria". Además, nunca tienen una única causa, sino que existen factores sociales, culturales, psíquicos y físicos que se cruzan y terminan desencadenándolos.

De acuerdo con estimaciones de Aluba, en Uruguay, 14% de los adolescentes en edad liceal padece algún tipo de trastorno alimentario. De ese 14%, el 88% son mujeres y 12% varones.

Deporte y obsesión.

Felipe cuenta que cumple el tratamiento de Aluba al pie de la letra pero que no puede dejar de hacer deporte. "Antes jugaba al fútbol pero ahora no me dejan, así que entreno por mi cuenta. Mientras hago ejercicio me siento bajo control", dice.

La vigorexia o dismorfia muscular es uno de los trastornos que se da con más frecuencia en los últimos tiempos. Al contrario de otros desórdenes, la vigorexia suele desarrollarse en los hombres. Está relacionada a la forma del cuerpo: quienes la padecen siempre se ven débiles y con falta de masa muscular. De esta forma, le dedican gran parte de su tiempo a entrenamientos duros y exigentes. "Desde la alimentación", explica la nutricionista Adriana Picasso, "lo que buscan es un aumento exagerado en el consumo de proteínas bajo la idea de que consumiendo proteínas van a tener masa muscular y eso no es así".

En los trastornos alimentarios en general Internet y las redes sociales tienen una influencia notoria. En el caso de la vigorexia, no es una excepción: es posible encontrar rutinas de ejercicios y dietas determinadas que no tienen un fundamento nutricional; además existe una gran cantidad de suplementos y preparaciones a los que se puede acceder y que "los chicos toman y toman y toman bajo la idea de que la masa muscular viene por ese lado y en realidad la masa muscular viene por el entrenamiento brutal que tienen", dice Picasso.

Por lo general, las personas que padecen este trastorno no tienen una conciencia de enfermedad y es difícil de detectar. Hacer deporte es saludable, de eso no hay dudas, "el problema" es "cuando el deporte se transforma en una obsesión", sostiene Viviana Cotelo, psicóloga de Vitalis, clínica de trastornos alimentarios. En este caso, entonces, la línea entre entender al deporte como vía para mantenerse saludable o llegar a la obsesión es muy delgada. Cuando el ejercicio y la alimentación pasan a ocupar gran parte de su tiempo y dejan de hacer otras actividades para entrenar o para no tener que comer los alimentos que ellos no quieren, es necesario consultar.

Comer sano.

Cuando tenía 13 años, Elka dejó de comer. Su mamá había fallecido hacía un tiempo y ella vivía en Rivera con sus ocho hermanos mayores. Quería llamar su atención y no sabía cómo lograrlo. "Al principio dejé de comer pero nadie se daba cuenta", dice Elka. Unos años después decidió que iba a comer solo alimentos saludables. "Comía ensaladas o alguna tarta, pero sólo si era saludable, sino, prefería no comer", cuenta.

Tiene 41 años y el 30 de noviembre del 2015 le dieron el alta en Aluba después de haber estado en tratamiento por seis años. Llegó a Aluba en el 2007. Pesaba 39 kilos. Estuvo un año y medio y se fue. "Ese primer año no lo pude soportar, me enojaba mucho, quería ser vegetariana y no me dejaban porque estaba muy débil, me dormía en las asambleas grupales", dice.

Elka no era consciente de que estaba enferma. Dejó de comer para llamar la atención, pero empezó a comer saludable porque quería estar flaca: "Un día me miré en el espejo y me gustó lo que vi, después de eso se me fue de las manos". Ella quería mantener su cuerpo de niña. Cuando volvió a la clínica, le costó dos o tres años acostumbrarse al tratamiento: "Yo solo quería comer verduras y una niña de 13 años se sentaba al lado mío en la mesa y me hacía comer todo lo que me ponían en el plato, eso obviamente me molestaba mucho. Después yo pude ayudar a otras personas, pero en el momento eso me enojaba muchísimo".

"Ahora estoy bien", dice Elka, "sigo comiendo sano y soy vegetariana pero sin llegar a la obsesión que tuve por estar flaca y por la comida saludable".

La ortorexia, otro de los trastornos comunes actualmente, es una patología que consiste en la obsesión por comer sano. Según explica la nutricionista Picasso, "la característica que tiene es que quien empieza con este trastorno lo hace con un buen fin: ellos lo que buscan es comer cada vez más saludable". Así, la línea entre comer saludable y la patología empieza cuando la alimentación se transforma en una obsesión. Una persona ortoréxica empieza a ser cada vez más estricta con su alimentación hasta llegar a dejar de lado determinado grupo de alimentos que son esenciales para el desarrollo físico del ser humano.

En general, las personas que llegan a tener esta obsesión por la comida sana dejan de comer carnes rojas y de consumir lácteos y grasas o todos los alimentos que puedan contenerlas. Muchas veces su obsesión pasa por los alimentos que no tengan pesticidas ni conservantes, acercándose mucho a una dieta orgánica y terminan por elegir frutas, verduras y algunos cereales. Incluso, prefieren evitar reuniones sociales por "miedo de tener hambre en algún momento del día en el que no estén en su casa y que no puedan encontrar este tipo de alimentos", cuenta Picasso y explica que llegan a tal punto que no soportan que nadie manipule ni toque su comida; en este caso lo que está en juego es la pureza de los alimentos.

Además, las personas que padecen estos trastornos "son muy exigentes con los recipientes en los que preparan sus alimentos y prefieren los de cerámica y madera", afirma Fiorella Pucciarelli, nutricionista de Vitalis.

Más allá de las consecuencias físicas, que implican una excesiva pérdida de peso por la carencia de nutrientes, es a nivel mental que más les afecta y se empiezan a sentir cansados, no logran concentrarse en otra cosa que no sea en su dieta y pierden la cabeza por no saber cómo más controlar su comida.

Necesidad de control.

Detrás de todos los trastornos de la alimentación siempre hay un deseo de control. No es casual que en general empiecen a desarrollarse durante la adolescencia. En esta etapa los requerimientos sociales y culturales son intensos; además los cambios que se producen en el cuerpo suelen avergonzarlos. Empiezan, entonces, como una forma de controlar la angustia que les generan todos las transformaciones y las presiones culturales de la adolescencia: "Necesitan controlar su mundo", explica la psicoanalista Reboledo, y una forma de hacerlo es manejar los alimentos que consumen para "controlar su cuerpo".

Así, existen algunos trastornos de la alimentación que no están tan vinculados a la idealización de la imagen corporal, sino solamente al deseo de control y, en ocasiones, al sentimiento de culpa después de cada ingesta.

El arfid o desorden de ingesta alimentaria evitativa o restrictiva (por su sigla en inglés) es uno de ellos y quizás el más notorio. Este trastorno consiste en ingerir solo un pequeño grupo de cuatro o cinco alimentos. En este caso, no importa que sean saludables o no, el objetivo de las personas con este trastorno no está en su cuerpo o en la imagen corporal. El único fin es el de control absoluto sobre algo.

"Las personas que padecen arfid son muy rígidas e inamovibles en su decisión", explica Picasso, "comen solamente los alimentos que ellos deciden y es muy difícil hacerlos salir de eso". Además, consumen porciones pequeñas de cada uno y, por lo general, tienen tal insuficiencia nutricional por la restricción que ellos se imponen, que llegan a poner en riesgo su salud física y su desarrollo psicosocial.

En este trastorno, las personas son mucho más selectivas que en la ortorexia, según explica Pucciarelli, nutricionista de Vitalis. "Puede haber un roce con otro trastorno. Se puede acercar a una ortorexia en la selección de los alimentos, pero a diferencia de la bulimia o la anorexia, a ellos no les importa su físico", aclara la psicóloga Cotelo.

En el caso del trastorno por atracón, lo que prevalece es el sentimiento de culpa. Suele darse en obesos y en personas que tienen dietas muy restrictivas. Consiste en comer grandes cantidades de comida en un período de tiempo muy corto y de forma anormal: parados, con las manos, directamente de la heladera y con una sensación de falta de control total sobre sí mismos y sobre lo que comen. "Por supuesto que después de cada comilona viene la culpa y la culpa es lo que hace de esto un trastorno", explica Picasso.

Eso le sucedió a una paciente de una clínica consultada por Domingo: tenía más de 50 años cuando llegó a tratarse. Sus días consistían en ir a trabajar, salir, pasar por un supermercado y gastar toda la plata que tenía en alimentos. Cuando llegaba a su casa, se encerraba en el cuarto a comer hasta quedarse dormida. La rutina se repetía día tras día. No le importaba su cuerpo, sino que en la comida ocultaba todo lo que le pasaba.

Redes sociales : dietas y rutinas.

Actualmente, la influencia de las redes sociales e Internet en los adolescentes "es tremenda", dice Julia Alderette, psicóloga de Aluba, y sostiene que tienen una gran penetración en las personas que padecen un trastorno alimentario.

Es posible encontrar varias cuentas de Instagram con recomendaciones de dietas y rutinas de ejercicios que no tienen un control profesional. "Yo soy afín a las redes sociales", dice la nutricionista Adriana Picasso, "pero la incidencia que tienen en estas enfermedades es muy negativa, son realmente nefastas".

Dos Días para apoyar y ayudar.

El próximo miércoles 30 de noviembre es el Día Internacional de la Lucha contra los Trastornos Alimentarios. La fecha surgió en 2012 cuando las administradoras de una página de Facebook que ayudaba a jóvenes que padecen algún tipo de trastorno de la alimentación, decidieron que era necesario hacer algo para apoyar la lucha contra estas patologías. La primera idea fue usar una pulsera azul en la muñeca izquierda como símbolo de esperanza y solidaridad.

Además, eligieron una fecha para que las personas que luchan contra patologías alimentarias y quienes las apoyan, pudieran unirse y ayudarse.

Así, el 30 de noviembre de cada año personas de diversos países se unen a la consigna de vestirse de azul y llevar la pulsera en la muñeca izquierda, llenando las redes sociales con sus fotografías y mensajes de aliento.

En Uruguay se celebra el Día Nacional contra la Bulimia y la Anorexia Nerviosa el 26 de agosto. En este caso, también se usa un distintivo azul.

Trastornos de la alimentación que no son tan frecuentes

Existen otros trastornos alimentarios que no son tan comunes y de los que se tiene poco conocimiento:

Alcohorexia: consiste en dejar de comer o comer muy poco durante el día para poder tomar alcohol, no engordar y que el efecto sea más potente.

Pregorexia: afecta a mujeres embarazadas y se caracteriza por un temor obsesivo por aumentar de peso que puede afectar la vida de la madre y la del bebé; por lo general ocurre en mujeres que antes de estar embarazadas padecían algún tipo de patología alimentaria.

Permarexia: este trastorno se da en personas que, obsesionadas con el miedo a engordar, hacen dietas permanentemente; en varias ocasiones, quienes padecen esta patología no tienen conciencia de la enfermedad y puede derivar en una bulimia o anorexia.

Diabulimia: se da en los adolescentes con diabetes tipo 1 que para perder peso lo que hacen es inyectarse menos insulina. Así, la glucosa circula por la sangre pero nunca alimenta a la célula y se pierde por la orina.

FAMILIA Y AMIGOS.

A qué hay que estar atentos

La familia y el entorno social de una persona que padece un trastorno alimentario son esenciales, tanto para detectar ciertos comportamientos, como para apoyarla en el proceso de un tratamiento. Por eso, tanto las clínicas como los profesionales que tratan trastornos de la alimentación, siempre trabajan en tratamientos interdisciplinarios que involucran al entorno social del paciente.

Existen ciertas conductas ante las que familiares y amigos deberían alarmarse.

—Cambios de humor que involucran la comida: las personas que padecen un trastorno alimentario suelen enojarse si se les pregunta sobre su alimentación o sobre su cuerpo. Además, en algunos casos es común que empiecen a decir reiteradas veces que ya comieron en otro lugar que no es su casa. También pueden enojarse si la comida en la casa no es la que ellos quieren, por lo que pueden empezar a cocinarse cosas más "livianas" o saludables.

— Aislamiento: quienes empiezan a desarrollar un trastorno alimentario tienden a evitar las actividades sociales. De esta forma, dejan de ir a las reuniones con amigos en las que esté involucrada la comida, deciden no participar de almuerzos o cenas en familia y prefieren irse a comer solos a otra parte de la casa.

—Ejercicio en exceso: en varios de los trastornos de la alimentación, el ejercicio cumple una función esencial. Es necesarios estar atentos cuando las personas empiezan a dedicar varias horas del día a entrenar y dejan de hacer otras actividades para poder hacer ejercicio. También, cuando inmediatamente después de cada comida se levantan de la mesa y se encierran en alguna habitación de la casa; en muchos casos, hacen ejercicio después de comer para compensar.

—Dietas y suplementos alimenticios: las dietas muy restrictivas y que prometen grandes pérdidas de peso en poco tiempo, pueden derivar en un trastorno A su vez, los adolescentes pueden empezar a tomar suplementos para aumentar su masa muscular por su propia cuenta.

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