M.B.
Por un año y medio, no entrará al país ninguna semilla transgénica, ni siquiera para investigación, según acaba de decretar el gobierno. En ese tiempo, una comisión interministerial que se forma esta semana, definirá qué hacer frente a estos cultivos: ¿coexistencia con los otros o declaración de país libre de transgénicos?
La decisión generó desconcierto entre los productores y en ámbitos de investigación, mientras que fue bien recibida por organizaciones ambientalistas que reclaman la prohibición total. El decreto no afectará a los cultivos ya existentes: el 99% de las 280.000 hectáreas de soja que hay en el país es transgénica y el 30% del maíz, también.
Los transgénicos son especies (vegetales o animales) a las que se les introduce genes de otras para solucionar problemas de la producción. Plantar soja en suelo uruguayo era muy complicado pues sobre el cultivo nacía la pradera natural, echándolo a perder. La transgénica, en cambio, es resistente a un herbicida que impide el crecimiento de cualquier otra cosa que no sea la soja modificada.
En el caso del maíz, la variedad transgénica incluye un gen de una bacteria que repele al ataque de un gusano que come los tallos.
"El dilema con los transgénicos es que implican un cambio en la evolución; hay que asegurarse que al ponerlos en la naturaleza, no haya riesgos para el ecosistema o para la salud humana", dijo Guillermo Galván, docente de Horticultura de la Facultad de Agronomía.
El centro del debate radica en que los transgénicos son especies que nunca podrían ser generadas por la naturaleza, y la duda es qué efectos pueden tener sobre el ambiente y los seres humanos.
Según Karin Nansen, de la organización ambientalista Redes AT, Uruguay no hizo nunca un estudio "profundo" sobre el impacto en el ecosistema de la soja y el maíz transgénico. Con respecto a la salud, no hay hasta ahora evidencia a nivel mundial de que su consumo sea perjudicial. De hecho, hace varios años que los humanos, incluyendo a los uruguayos, consumen este tipo de alimentos.
El decreto de suspensión emitido el 29 de enero, deja en suspenso dos solicitudes que estaban pendientes de autorización: una de un tipo de maíz y otra de arroz. También se supende una investigación con trébol blanco transgénico que realiza el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) con una Universidad australiana. Fuentes del INIA dijeron que confían en que el gobierno va a conceder una excepción que permita continuar con este trabajo ya en curso.
A nivel general, una suspensión perjudicaría "mucho a la investigación", agregó la fuente. "Los transgénicos ya están en el mundo y acá, no se puede tapar el sol con la mano; por lo menos, investigar".
El decreto solo suspende la incorporación de transgénicos en el ámbito vegetal. Con animales, hay varias investigaciones en Uruguay, una de las cuales, con ratones, se desarrolla en el Instituto Pasteur.
IMPROVISANDO. La suspensión es una nueva evidencia de que el país no ha podido zanjar el debate, diez años después que ingresara la soja transgénica.
Incluso, la nueva comisión se arma cuando todavía no termina el Proyecto Marco de Bioseguridad que, en agosto 2005, reunió a miembros del gobierno con más de 20 organizaciones de productores, investigadores y ambientalistas, con el objetivo de llegar a un acuerdo y redactar un proyecto de ley que termine el debate.
A mediados del año pasado las organizaciones ambientalistas se retiraron denunciando que no habían sido escuchadas. Los retiros dejaron en falso al Proyecto, que finalmente no llegó a acuerdo y no redactará una ley, según reconoció su coordinador, Marcos Frommel.
No obstante, Frommel aseguró que el trabajo sentó bases para el debate. Se hizo un relevamiento de todas las investigaciones con transgénicos en el país y se encargó a la consultora Factum una encuesta para medir el tema en la población. El 70% de los productores creen "favorable" o "muy favorable" para el país el uso de transgénicos y la mayoría de la población desconoce qué son. Un 32%, por ejemplo, dijo que eran alimentos orgánicos, o sea, exactamente lo opuesto.
Lo que sí estableció el Proyecto es que Uruguay autorizó la soja y el maíz transgénico casi sin consultas técnicas ni estudios de impacto.
Entre los productores, según dijeron varios de ellos, no se entiende por qué el gobierno forma otra comisión cuando hay una funcionando; el Proyecto termina en marzo.
Una especulación que ronda el ambiente es que la administración de Tabaré Vázquez está haciendo una jugada política. "Le dice `no` a los ambientalistas en Botnia, pero con los transgénicos le hace una guiñada", dijo una fuente cercana a la discusión.
Karen Nansen señaló que la suspensión es bienvenida para permitir el debate, aunque reafirmó que el objetivo de REDES y otras ambientalistas es declarar al país libre de transgénicos.
Frommel aseguró que la posición opuesta a esa, es decir, sí a todo, prácticamente no existe en el país; "la mayoría quiere la coexistencia, estudiada y controlada". Sin embargo, las posiciones no pueden llegar a acuerdo.
Guillermo Galván cree que los transgénicos son una herramienta para solucionar problemas, pero hay muchas otras que deben priorizarse. Él, por ejemplo, trabaja en el mejoramiento genético de la cebolla, lo que significa la cruza de distintos tipos del cultivo para hacerlos cada vez mejor; estas, sin embargo, son cruzas naturales, no de laboratorio.
La cifra
280.000 Hectáreas de soja transgénica se plantan en Uruguay, el 99% del total; también el 30% del maíz.
Más información en la página web: www.bioseguridad.gub.uy