Todos locos por La Gatita

| Un restaurante de Chile tiene listas de espera de 60 personas en un día y la gente aguarda hasta dos horas para conseguirse mesa. ¿Cuál es su secreto?

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Cora Jara se para en la entrada del restaurante La Gatita, en Concón, Chile. "¡Juan Hormazábal!, ¡Juan Hormazábal!", grita. Entre la multitud que espera afuera, aparece Juan Hormazábal, un hombre de contextura gruesa y voz ronca. Cora le dice que es su turno y lo guía por un estrecho y corto pasillo, hasta una mesa frente al único ventanal con vista al mar. Arregla las servilletas, el mantel, los cubiertos. El hombre toma asiento, cuatro mozos se las arreglan casi acrobáticamente para pasearse entre el tumulto que se forma en los pasillos del pequeño lugar. El hombre llama por teléfono. "Vengan rápido", dice.

Esperó hora y media que llegara su turno. Cora le deja la carta sobre la mesa y camina rápido hasta la caja. En todo momento, varias personas se le acercan para hacerle preguntas. Que cuánto deben esperar, que con quién deben hacer una reserva, que cómo no se les ocurre tener un teléfono para llamar antes. Ella responde siempre con una sonrisa tímida. Lo que muy pocos saben es que ella, Cora Jara, la mujer de la lista eterna, es la dueña de La Gatita, el restaurante más exitoso del verano chileno.

Jara ha vivido siempre en una pequeña casa en la población de Higuerillas, a cuadras del restaurante. Es hija de un pescador y una ama de casa, y la menor de cuatro hermanos. Su hermana, quien a veces colabora en el local, fue quien inspiró el nombre. "Mi papá le decía Gatita. Ella es la verdadera Gatita", cuenta.

Actualmente, Cora vive junto a Pablo, un pescador con quien lleva 22 años casada y con quien comparte la administración del restaurante. Ambos tienen un solo hijo, Pedro Pablo (20).

Cora es de bajo perfil. No le gusta viajar ni tomarse fotos. Tampoco dar entrevistas. Y si alguien le pregunta por qué no quiere que nadie sepa que ella es la dueña del restaurante que aparece en artículos nacionales e internacionales, ella responde: "Porque no, no más".

Una meta cumplida. Un hombre cano entona "El rey" con una guitarra. Varios clientes lo corean. Los mozos van de un lado a otro con bandejas, bolsas de hielo, manteles sucios y cubiertos envueltos en servilletas. Ella lo observa todo. Cada cinco minutos se acuerda de ver la hora en su celular, le echa un vistazo a la lista y se pasea entre la cocina, los baños, las mesas y la entrada. Nunca se detiene. "Le gusta estar en todo, no es de las jefas que esperan que uno lo haga todo. A veces entrega los platos en las mesas, va a buscar bebidas", cuenta Pablo Mella, un mozo que lleva nueve años trabajando en el restaurante.

Una mujer entra al local y le pregunta a qué teléfono puede llamar para hacer una reserva, que no quiere esperar. "No, no tenemos", responde Cora. Hace dos años, cuando aún se podía reservar mesas, "el teléfono no paraba de sonar, era una cuestión de locos", comentan algunos de sus empleados. Según su dueña, desde hace por lo menos 10 años que el restaurante despegó y se popularizó. Los primeros dos años fueron difíciles por la competencia y la falta de experiencia. Actualmente, y a diario, La Gatita tiene 20 mesas que se hacen y rehacen decenas de veces durante toda la jornada, y atiende a más de 200 personas en invierno y verano. El 1° de enero pasado, La Gatita abrió otro local, unas cuadras más arriba en Higuerillas, más grande y con los mismos precios.

Su historia partió así. Un día, hace 14 o 15 años, su hermano Carlos le comentó que en el puesto de mariscos, el mismo que perteneció a su padre y que aún atiende a un costado del restaurante, había varios clientes que le preguntaban si había comida fresca y preparada para llevar. Él siempre contestaba que no, pero luego la idea le quedaba dando vueltas en la cabeza. Esa vez, le preguntó a su hermana si estaba dispuesta a participar del proyecto. Cora aceptó.

Con el paso del tiempo lograron levantar con sus propias manos todo lo que se ve hasta hoy.

Los largos días. La angosta avenida Borgoño, la calle principal de Concón, parece más un estacionamiento que un balneario pasadas las 2 de la tarde. Docenas de autos permanecen detenidos frente a los restaurantes que hay en la misma vereda, frente al mar. Todos ofrecen lo mismo y lo de siempre. Sin embargo, al interior de estos hay sólo un par de mesas ocupadas y varios mozos que se pasean de brazos cruzados.

La Gatita abre sus puertas a las diez de la mañana y cierra pasada la 1 de la madrugada, sin intermedios. La jornada se divide en dos turnos, y hay un total de 25 empleados. Cora llega al local recién al mediodía, cuando comienza la avalancha de clientes que llegan para asegurarse un cupo a la hora de almuerzo. "Hay días que se me hacen eternos", cuenta, mientras mira a un organillero que lleva algunos minutos dándole vuelta a la manivela frente al restaurante. "Estoy acostumbrada así", afirma.

La incansable espera. Pasadas las tres de la tarde, La Gatita aún se reconoce a lo lejos por el gentío que busca la sombra en la entrada. "Llevamos acá como una hora y media esperando, pero lo vale. Siempre venimos", cuenta Patricia Mercado, quien está junto a sus tres hijos. Otros optan por ir a casa y volver, hacer visitas inesperadas, bajar a la playa. Pero jamás perder su turno.

Durante dos años consecutivos, el restaurante fue distinguido como "La mejor picada" y "La mejor cocina del mar", según la edición bicentenario de la Guía Culinary, del Instituto Internacional de Artes Culinarias.

Cuando pasan de las cuatro de la tarde, una mujer se le acerca para pedir una mesa. "Tengo 59 mesas anotadas y voy recién en la 35. Tendría que esperar un poco más de una hora", le dice Cora, sonriendo. "¿No puede ser antes?", pregunta la mujer. "Imposible, hay todavía mucha gente esperando".

La mujer le pide que la espere. Sale del restaurante y vuelve a los pocos segundos, casi corriendo. "Anóteme igual".

* El Mercurio / GDA.

Buen precio, buen servicio

El espacio de "La Gatita -que no mide más de 15 metros de largo y ancho- tiene una pequeña cocina y dos baños. De sus paredes cuelgan cuadros con imágenes del puerto. Lo que vuelve especial el local, dicen todos, es el valor de los platos (por debajo de la media), la atención de sus mozos y la fuerte publicidad que se le ha hecho tanto en Chile como en el extranjero, sobre todo durante el verano. "El año pasado llegó un holandés a comer. Me dijo que había visto un artículo en The New York Times en el que salía La Gatita y que por eso había llegado. Me trajo el diario de regalo y aún lo tengo guardado", cuenta su dueña.

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