TURISMO

En Recife, los turistas van en busca de tiburones

En las playas de Recife, los curiosos no huyen de los escualos, sino que los buscan, compran souvenirs y se toman fotos con lo que tenga que ver con estos animales.

tiburones playa
Cuidado.

Una selfie con las banderas y los avisos de peligro, una camiseta estampada, un imán de heladera o un llavero en forma de tiburón dividen espacio en la turística ciudad brasileña de Recife, donde cada vez más son los turistas que acuden a sus playas en busca de los escualos.

Los ataques de tiburones en las playas de zonas urbanas de Recife, Boa Viagem, Piedade y Candeias se repiten con cierta frecuencia desde hace tres décadas, pero pese a las advertencias y prohibiciones de las autoridades, el número de turistas curiosos aumenta cada vez más.

La mayoría de los ataques, incluidos los dos últimos de julio, ocurrieron en las proximidades de la iglesia del barrio Piedade, una capilla carmelita prácticamente construida a la orilla del mar en el municipio de Jaboatao dos Guararapes, en la región metropolitana de Recife y próxima al aeropuerto internacional.

Los ataques comenzaron a ser registrados en secuencia a partir de 1992, pero el primero del que se tienen registros oficiales ocurrió casi cinco décadas antes, en 1947, cuando un joven fraile que residía en la iglesia decidió en su día de descanso tomar baño en el mar y fue mordido mortalmente por un tiburón.

A comienzos de la década de 1990 reaparecieron los ataques debido a que un matadero próximo arrojaba sangre de reses al mar y eso atraía a los tiburones.

A pesar del lugar ser desactivado, la presencia de los escualos era ya inevitable y la situación se agravó con la remodelación del puerto de Suape.

Diversos estudios apuntan a que el hábitat natural de los tiburones fue afectada con la ampliación del puerto, actualmente el principal del estado de Pernambuco y uno de los mayores del país, y los animales comenzaron a buscar las playas de la vecina Recife para alimentarse y, en el caso de las hembras, para desovar.

Con la marea alta y las fuertes lluvias que azotan por estos días a la capital del estado de Pernambuco (en el noreste de Brasil), las autoridades de Jaboatao dos Guararapes tienen prohibido el ingreso de bañistas a la playa de Piedade y entre salvavidas, guardas metropolitanos, bomberos, socorristas y policías se relevan la vigilancia del lugar.

Sin embargo, taxis, automóviles de transporte por aplicación móvil, microbuses y autobuses de turismo realizan constantemente paradas frente a la turística iglesia en la que los visitantes, además del registro fotográfico frente a la edificación religiosa, no pierden la oportunidad para retratarse con los avisos de peligro, que están colocados allí por la presencia de los tiburones y los antecedentes que evidencian el riesgo de estar a orillas de esa playa.

Otro de los atractivos del lugar está asociado a la tragedia del joven fraile y a las que vinieron después.

El comerciante de bebidas y bocadillos en la playa de Piedade, Guilherme Augusto, contó a la agencia Efe que los nuevos turistas peregrinan hasta la playa “para saber dónde fue (el ataque)”.

Es el caso de la turista Thais Leao, proveniente del amazónico estado de Pará, quien admitió que a pesar del “miedo” de aproximarse a la playa no dejó de “arriesgarse” para tomarse fotos a la orilla del mar justo en el mismo punto en el que ocurrieron los dos últimos ataques.

Para la agente de viajes Verónica Veve, “existe ahora un pedido en casi todas las excursiones y paseos turísticos para pasar por la 'playa de los tiburones'”.

En la tradicional Plaza de Boa Viagem, donde tiene lugar un mercado permanente de artesanías, los llaveros con el tiburón están siempre agotados y la camiseta más vendida es la que tiene estampado a un hambriento escualo de puntiagudos dientes con mensajes alusivos a un personaje que ya forma parte del cotidiano de Recife.

“Los turistas que buscan los objetos quieren siempre un símbolo del tiburón y no hay un solo llavero porque se venden todos. De los abridores de botellas no les gusta ningún otro que no sea el del tiburón”, relató Rómulo Ramos, un artesano del lugar que está acostumbrado a tratar con estos curiosos intrépidos.

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