Su profesora de filosofíalo miró un día y le dijo algo que a él no se le había ocurrido: “Vos no tenés preguntas de historiador; vos tenés preguntas de filósofo”. Javier Mazza tenía 15 años, leía compulsivamente y se había topado hacía poco con Nietzsche por culpa de la biografía de su cantante favorito. Años después, recuerda esa frase como quien reconoce una coordenada: el momento exacto en que alguien le señaló un mapa que él ya estaba recorriendo sin saberlo.
Hoy, a los 45, Mazza es filósofo, docente e investigador —en particular, de la filosofía de la tecnología—. Defiende una práctica tan antigua como obstinada: detenerse a pensar. No para encontrar “la” respuesta —que probablemente no exista—, sino para afinar la mirada, “correr un rato en la cinta” —ilustra así a la filosofía—, ejercitar el pensamiento aunque nunca lleguemos a destino, pero transformando nuestra manera de mirar el mundo.
En tiempos en que la inteligencia artificial reescribe la idea misma de verdad y las pantallas moldean nuestra atención, Mazza sostiene que la filosofía vive una renovada vigencia. “Aparece cuando sentimos la necesidad de responder preguntas fundamentales”, dice. “Cuando aparece a nivel vital, generalmente, es en momentos de crisis”, puntualiza.
Lo interesante es que hoy esas preguntas no son nuevas —qué es lo bueno, lo justo, lo verdadero, quiénes somos—, pero llegan con “sabores distintos”: qué es la verdad cuando las imágenes pueden ser falsas; qué es lo justo cuando una tecnología específica modifica decisiones morales; qué es la libertad cuando un algoritmo piensa por vos.
En ese contexto, Mazza cree que no sorprende que la filosofía vuelva a ganar terreno. La lista de sacudones recientes -la irrupción de internet, las crisis de las democracias, las brechas discursivas, la emergencia de la inteligencia artificial generativa y hasta el impacto del COVID- dejó a muchas personas buscando un marco para interpretar lo que viven. “Todo eso generó una necesidad de volver a hacer las preguntas filosóficas”, explica a Domingo.
Y esto se debe a que, para Mazza, la filosofía funciona como una herramienta de empoderamiento de la propia mirada. Evita —dice— que vivamos en “piloto automático”, siguiendo rutinas o decisiones sin interrogarlas. “De repente hacés una pausa y decís: pará, ¿por qué estoy haciendo esto? ¿Por qué estoy optando por esta vida? ¿Por qué estoy eligiendo estas cosas?” Ese gesto de detenerse, de volver sobre uno mismo, es lo que Ortega y Gasset llamaba “ensimismamiento”: una retirada momentánea hacia el interior para ver con más claridad.
El resultado de ese proceso no garantiza mejores decisiones prácticas, aclara Mazza. Pero sí produce decisiones más propias. “Después de volver sobre vos, lo que elijas podrá salir mejor o peor, pero será una elección tuya, tomada tras un trabajo de introspección y valoración”, sostiene.
Y por eso, dice, la filosofía sigue siendo profundamente cotidiana: porque aparece justo ahí, en la intersección entre la vida diaria y la necesidad de entender por qué hacemos lo que hacemos.
Preguntar y pensar.
Cuando la conversación avanza hacia uno de sus temas de especialidad —la filosofía de la tecnología—, Mazza propone empezar por lo obvio, aunque a menudo lo pasemos por alto: los seres humanos somos seres técnicos por naturaleza. No podríamos sobrevivir sin las herramientas que creamos. Desde la ropa hasta los utensilios más elementales y los más sofisticados, todo forma parte de un avance técnico que nos permitió —y nos permite— vivir. Esa idea estructura su último libro, Somos Tecnología (Taurus), donde plantea que no solo usamos técnica para habitar el mundo, sino que también la técnica nos va modelando a nosotros.
Esa influencia es a veces literal y otras veces más sutil, como cuando una nueva tecnología altera nuestros modos de pensar. Mazza recuerda que, para Sócrates, la escritura era una invención reciente y amenazante: temía que destruyera la forma tradicional del conocimiento. Y, en cierto sentido, eso ocurrió. La palabra escrita transformó la memoria, luego la imprenta la transformó otra vez, y más tarde lo hicieron el telégrafo, la radio, la televisión y hoy, con internet y la digitalización del lenguaje, las palabras ya no solo se leen: se buscan, se indexan, se procesan con cálculos. Y la relación que tenemos con ellas vuelve a cambiar. “Los seres humanos vamos cambiando con las tecnologías que creamos y con las que vamos poblando el mundo. Desplegamos en esto emocionalidades, modos de ser, de entendernos, de pensar y de pensarnos a nosotros mismos”, explica.
En ese paisaje, la dependencia tecnológica aparece como un tema inevitable. Mazza prefiere reformularlo: más que preguntar si dependemos demasiado, propone preguntarse qué estamos liberando cuando la tecnología nos ahorra memoria, tiempo o esfuerzo. Lo ilustra con ejemplos simples: antes memorizábamos números de teléfono o rutas de ómnibus; hoy esa información está almacenada en otro lado, en dispositivos que funcionan como extensiones de nuestra propia memoria. La cuestión no es si eso es bueno o malo en abstracto, sino qué hacemos con la capacidad cognitiva que queda disponible.
Ahí, dice, es donde vuelve la pregunta filosófica. La tecnología nos ahorra tiempo, pero no nos indica qué hacer con ese tiempo liberado. Y el riesgo aparece cuando dejamos que otro —un dispositivo, una moda, una idea instalada— responda por nosotros. Cuando no tomamos la decisión, la decisión nos toma a nosotros. Es entonces cuando empezamos a vivir, como advierte Mazza, bajo parámetros ajenos: por ejemplo, buscamos ser “más productivos” sin haber decidido si realmente queremos serlo, o seguimos impulsos que no examinamos. Y ahí, más que usar tecnología, quedamos siendo usados por ella.
Ese ejercicio —preguntar y pensar y volver a preguntar— explica también por qué Mazza distingue con tanta claridad la filosofía de otras ofertas contemporáneas que prometen respuestas y sentido rápido: gurús de productividad, coaches motivacionales o influencers del bienestar. No se trata, aclara, de desmerecer a quien encuentra algo valioso en esas prácticas, sino de marcar una frontera. La filosofía no ofrece paraísos listos ni rutas prediseñadas. No es “quedate acá para siempre”, sino más bien todo lo contrario: un método incómodo, persistente, que se sostiene en seguir preguntando incluso cuando ya parece haber una respuesta.
Esa es, para él, una de las dificultades del pensamiento filosófico: siempre va a contrapelo. “Los filósofos tenemos un problema para cada solución”, suele bromear, porque la tarea consiste justamente en abrir una pregunta más, y otra más, y otra más. No para complicar la vida, sino para asegurarse de que las decisiones no sean automáticas.
Claro que eso tiene un límite práctico. No se puede filosofar mientras se intenta resolver la logística de la cena. Mazza lo cuenta con naturalidad, casi como anécdota doméstica: “Hay momentos en que simplemente hay que hacer la milanesa y punto” (o mirar un partido de Nacional, equipo del que es hincha y también nieto de un viejo jugador). Pero esa constatación no invalida la apuesta; al contrario, ayuda a ubicarla. No se trata de vivir en reflexión permanente, sino de saber identificar los espacios donde la pausa es necesaria. Pero esa constatación no invalida la apuesta; al contrario, la ubica. No se trata de vivir en reflexión permanente, sino de saber identificar los espacios donde la pausa es necesaria. Es ahí donde conviene volver a la pregunta fundamental: “¿Quiero esto? ¿Para qué lo quiero?”
Filosofar, entonces, también implica asumir costos, pero siempre —como ya dijo— empoderando la propia mirada del mundo.Filosofar, entonces, también implica asumir costos, pero siempre —como ya dijo— empoderando la propia mirada del mundo.