Papá Noel vive en Laponia

| Para los lapones, Santa Claus no sólo existe, sino que es su vecino más ilustre. La fría localidad es el último eslabón de una leyenda turca que cautiva en el mundo.

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El País

EL PAÍS DE MADRID | GUILLERMO ABRIL

Señor Claus, hay quienes creen que usted no existe…" El hombre con chaqueta y pantalón rojo se acaricia la barba y frunce un ceño peludo. Acababa de confesar que tiene "cerca de 200 años", por eso impresiona cuando decide levantarse de la silla. Dos metros de Papá Noel y un dedo amenazador: "Dígales que estuvo aquí. Que me vio. Y que existo".

Por si acaso: Santa Claus vive en Laponia (Finlandia), al otro lado del Círculo Polar Ártico y cerca de la frontera con Rusia, en un lugar llamado Korvatunturi, la montaña de la oreja, la que todo lo oye. Durante el año, sin embargo, el personaje navideño suele acercarse hasta la línea del anillo polar, a las afueras de la capital lapona, Rovaniemi (50.000 habitantes), donde recibe visitas de todo el mundo. Se sienta en una silla de madera, al final de una gruta. Por el camino, uno va encontrando un primitivo mecanismo de ruedas dentadas en movimiento. Santa Claus, sentado junto a una enorme palanca unida al engranaje, dice: "Puedo ralentizar la rotación de la Tierra en Nochebuena".

Nos encontramos a 66 grados 33 minutos 7 segundos de latitud norte, sobre una línea que marca la diferencia entre la región polar ártica y el resto del globo. Temperatura en noviembre: 10 grados. Laponia, el lugar donde los renos, más numerosos que las personas, cruzan la carretera a paso tranquilo y donde una alfombra de nieve confunde carretera y caminos. Los abetos parecen algodón, los ríos son una sábana recién planchada. El sol no sube más de un palmo y se esconde en apenas 6 horas.

En esta autoproclamada "capital mundial de la Navidad" se encuentra también la Oficina de Correos de Santa Claus, abierta en 1984. Desde entonces llega hasta aquí casi cualquier carta dirigida a Papá Noel. Una que envió un niño inglés decía: "Santa, Polo Norte". Y llegó. La muestra Male, una ayudante que se pasa el año vestida de elfa. Rebusca entre miles de sobres hasta dar con un fajo de cartas españolas. Son minoría, pero las hay (en 2007 recibieron 5.000 escritas en español, frente a las 350.000 de Reino Unido). Male enseña una remitida por Samuel y Carlos Díez, de Alicante. La elfa no permite leerla, pero apunta que desde que se abrió la sede postal se han recibido 12,5 millones de cartas de 147 países. Cuando se acerca Navidad, el ritmo sube hasta 30.000 diarias.

Con 500.000 visitas al año, cerca de un tercio de esta ciudad de Papá Noel trabaja en el turismo. Rovaniemi, arrasada en 1944 por los nazis en su retirada de territorio finlandés, vive hoy de Santa Claus. Quizá por eso, aquí, y en el resto de Laponia, uno tiene la sensación de que la leyenda es infranqueable. Si alguien pregunta cuántos actores se turnan para hacer de Papá Noel, no tendrá respuesta. "Es Papá Noel", dirán. Si se acude a uno de los restaurantes, verá personas que visten y hablan como elfos. Jamás los pillará en un renuncio humano. Como bromea una guía: "No es que los lapones crean en Papá Noel. Este país es Papá Noel".

origen. Pero cómo llegó a serlo resulta uno de los virajes más prodigiosos de la cultura popular. Su historia se pierde en el tiempo y emerge en Asia Menor a partir de otra leyenda, la del obispo san Nicolás, benefactor de la infancia. De san Nicolás se sabe que nació en Licea (Turquía) cerca del año 280, como cuenta Pepe Rodríguez en su libro Mitos y leyendas de la Navidad. Fue un hombre generoso, nacido en una familia rica. Sus padres murieron cuando era niño, y entonces regaló sus bienes e ingresó en el monasterio de Sión. Con 19 años fue ordenado sacerdote, le llamaban "el niño obispo".

De entre las fábulas que lo rodean, dos ayudaron a forjar el mito. Una de ellas cuenta cómo san Nicolás auxilió a tres hermanas en edad casadera, pero cuyo padre no podía darles dote. Al progenitor se le había ocurrido venderlas. Cuando la transacción de la mayor estaba por producirse, Nicolás, decidió entregar a la joven una bolsa con monedas de oro. Para que nadie se enterase, lanzó su ofrenda por la ventana, haciéndola caer dentro en un calcetín que la muchacha había dejado a secar en la chimenea. Gracias al dinero, la hija mayor pudo casarse; y Nicolás repitió el procedimiento con las otras dos: ventana, monedas, calcetín…

La segunda historia cuenta cómo de camino hacia Nicea, el santo paró en una posada. Soñó que el dueño había descuartizado a tres niños con la intención de robarles. Cuando despertó, el obispo logró que el posadero confesara su crimen: había puesto en salmuera a los tres pequeños, con idea de servirlos como menú. San Nicolás los resucitó.

Su fama se disparó. Quienes más contribuyeron a la leyenda fueron los navegantes holandeses, que volvían a casa narrando historias fabulosas. Pronto lo hicieron patrón de los marineros. La festividad se conmemoraba el 6 de diciembre, aniversario de su muerte, con un profesor de las escuelas conventuales disfrazado de obispo: barba blanca, manto escarlata, mitra y báculo, tal cual se le sigue representando hoy en Holanda y Bélgica. Premiaba a los niños buenos y castigaba a los malos. Aparecía cargando un saco de regalos.

SANTA CLAUS. Como el tiempo deforma las palabras, san Nicolás pasó a ser Sinterklaas. Con nuevo nombre, se marchó a hacer las Américas en un buque holandés, según narra Pepe Rodríguez: cuando los emigrantes desembarcaron en 1621 en Nueva Holanda, hoy Manhattan, erigieron una escultura al patrón de los marineros. Su culto resistió el tiempo, pues en 1809, el escritor neoyorquino Washington Irving escribió una sátira sobre el origen holandés de su ciudad, Historia de Nueva York..., en la que plasmó a Sinter-klaas como un holandés corriente, vestido con sombrero y fumando pipa. Para llevar sus regalos a los hogares cabalgaba sobre un caballo volador y descendía por las chimeneas. Los colonos adoptaron la fiesta, y el nombre de aquel Nicolás turco dio su giro definitivo: Santa Claus.

Poco después, Clement C. Moore, un profesor de estudios bíblicos, transformó al holandés de Irving en un ser de origen nórdico en el poema Un relato sobre la visita de san Nicolás, publicado en 1824. Influido por leyendas escandinavas, Moore describió a Santa Claus como un "elfo" de "barba", "pequeño" y "risueño". Y lo más importante: montado en un trineo que se elevaba tirado por renos. El autor situaba su visita la víspera de Navidad, probablemente influido por la tradición de la Contrarreforma europea.

La mecha de un nuevo personaje estaba prendida, pero fueron dos ilustradores de los siglos XIX y XX quienes le dieron los retoques definitivos. En las navidades de 1862 a 1886, el estadounidense Thomas Nast fue matizando el aspecto de Santa Claus: el gnomo barbudo va adquiriendo estatura y barriga, ves-timenta de felpa en rojo intenso, como las bayas que pueblan los bosques polares, lugar que esos dibujos fijaron como residencia del personaje, por la ropa y los renos.

The Coca-Cola Company apostó por ese personaje feliz para su campaña navideña de la Gran Depresión, en 1931. Tal cual apareció entonces, dibujado por un ilustrador de raíces escandinavas, Habdon Sundblom, se exportó al mundo. Santa Claus es desde entonces orondo, generoso, vestido del color de las latas de Coca-Cola, y una figura desligada de la religión, lo cual asegura su éxito vaya donde vaya, por ejemplo, en Laponia, donde se encontraron de pronto con un personaje que les pertenecía, pues ellos tenían renos y un gran pedazo de región ártica. En 1923, un locutor de radio finlandés le otorgó su residencia oficial en Korvatunturi durante un programa infantil.

En Finlandia, a Santa Claus lo siguen llamando Joulupukki, la cabra de la Navidad. Conservó el nombre de una figura de tradición pagana. De aquel personaje queda un matiz en el Santa Claus finlandés: no se mete en las casas de noche. Actúa a media tarde, llamando a la puerta. Pregunta: "¿Hay niños buenos en la casa?"; entrega regalos y se marcha. Tampoco se mueve por el cielo.

Por eso, cuando las navidades de 2007 se estrenó en Finlandia la película de producción propia Joulutarina (La leyenda de Santa Claus), algunos se escandalizaron: en ella, Santa Claus se eleva con sus renos y su trineo y desaparece entre las nubes. La anécdota la contaba la periodista local Elisabeth Uneger, con la cara morada de frío, durante una visita a los decorados de la película, en Levi. Esa estación de esquí, 200 kilómetros al norte del Círculo Polar, es muy popular entre turistas rusos y británicos. En la cima de sus montes, localizaron la casa del protagonista, un niño llamado Nicolás que pierde a sus padres un 24 de diciembre. El pequeño crece, convirtiéndose en un carpintero excéntrico y bonachón.

Joulutarina fue número uno en la taquilla finlandesa y la productora decidió reponerla este año. "Soy consciente de que la historia no respeta del todo el mito original", contaba su director, Juha Wolijoki, "pero quién sabe. Quizá en el futuro, el film pase a formar parte de la leyenda". ¿Qué leyenda? Santa Claus existe. Quien ha hablado con él lo sabe.

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