CABEZA DE TURCO
Me tienen agotado las sonrisas dentrificales. Por Washington Abdala.
Siempre estoy pensando, pensando, pensando, pensando, es que no puedo detener la cabeza, aunque quisiera, no hay manera de hacerlo, la mente anda sola y eso es así porque estar vivo es saber que la mente no se detiene, que siempre hay momentos que superar, es que no todo es como nos gusta, ya lo debería de saber, es que vivir me transforma en un profesional de la vida y me aleja de la muerte, vivir es manejar a La Parca de taquito y si alguien cree en otra cosa es dichoso, yo huelo que no hay más muzzarella que esta y por eso no me enervo demasiado por este asunto porque lo que vendrá se parecerá a lo de antes, que no era nada que me inquietara demasiado, creo yo, que me subí a esta fiesta de la vida y prefiero andar por acá, para ser lo más útil que pueda con quienes lo entiendo pertinente, porque no lo entiendo así con todo el planeta, no tengo alma de redentor, soy consciente de mis limitaciones y me parecen que son eso: baches que debo superar día a día, no me preocupa en absoluto lo que nadie piense de mí, más que unos pocos que aprecio, llegué a ese nivel, llegué por fin.
Básicamente soy kantiano, pero kantiano militante, creo en el imperativo categórico, me gusta también el encare existencial de Thomas Jefferson, era un personaje discutible para el presente, pero creo que todos los humanos somos discutibles por existir, es que el actual mundo se puso delicuescente con todos y con todas, no comprendo a carta cabal lo que se puede decir y pensar hoy, pero me importa un pomo la cancelación y los azotes guillotinescos hijos de la retórica jacobina, soy un militante de la libertad de expresión y banco, banco que me gatillen el cráneo por hablar, y es mi deber sobrevivir, y si me matan una y otra vez, sobrevivo otro tanto, me reinvento y listo, y como soy un pacifista, humanista, liberal y solidario no le creo a los dogmáticos que me predican lo que sus vidas no muestran, soy lo que se ve, y no es del todo perfecto -está claro- porque no soy perfecto, más bien soy bastante imperfecto, feo y comedor de alfajores, soy simplemente humano, y me soporto, y eso ya es bastante, es que me tienen agotado los predicadores de Instagram, las vidas estupendas y las sonrisas dentrificales de cuanto floripondio aparece por allí, por eso estoy huyendo, un poco nomás, siempre estoy volviendo también, y andando por la vuelta, debo estar delirando porque el resto de plataformas no nacieron para inducirme a nada, las engaño, papirri, les digo que me gustan menesteres que no me gustan y así enloquezco al algoritmo que cree que Chomsky o Stiglitz me interesan, no tiene idea, pero lo mareo y me goza ganarle al cálculo matemático absurdo que se considera con el derecho a inducirme a pensar boberías porque el sistema buchoneó que mis registros históricos revelan algo, un patrón de conducta, algo, yo qué sé, yo no soy mis registros históricos, che, ni siquiera soy mi presente que muta en este instante.
¿Una fórmula me va a predecir? Que locura es esa, no lo sé, igual a veces me enganchan, cuando me viene el nostalgión con Isidorito o Patoruzito me atrapan, y saben que soy ese pibe que se devoró eso, es que esa fue parte esencial de mi infancia, como más tarde lo fue Sartori y Bobbio, y gente así, hasta Jean François Revel me hizo daño porque le creí su predicción sobre el liberalismo, y cuando lo conocí, una noche, me pareció tan humano que solo le hablé de fútbol y bobadas. ¿Quién era yo para recriminarle al tipo que pronosticaba el fin de los dogmáticos que esos pibes estarían siempre metiendo borocotó?
Aprendí, lo sé, la gente tiene sesgos y sus mentes no se cambian ni con la llegada del mesías, lo van a negar, van a decir que llegó Karadagián o el caballero rojo, así que ya aprendí a aprender, siempre aprender y vivir así, y eso me calma, cuando me pierdo, leo, y sigo a Borges, él que fue más que Gardel se sentía en paz leyendo, lo sigo y punto, no se necesita más. Ah, sí, una galletita Bridge y una coquita.