Opinión | Un poco de filosofía dominical

"Esta es una época en que todos cuentan todo a toda hora y en todo momento en una pantalla. Uno se prende a un podcast y oye como un asesino serial se siente estupendo o se oyen terroristas narrando sus aventuras criminales en clave de Indiana Jones. Ya casi nada tiene moral clara".

Washington Abdala
Foto: Archivo

Es simple: vivir es sufrir. Sí, y amar y disfrutar también, pero hay que sufrir o no es verdad nada. El sufrimiento lo percibe cada uno como lo vive. Para algunos no será grave que le rompan la cara a trompadas, para otros el alarido de un padre violento les dejará secuelas eternas. Cada historia es la historia. No lo sé, pero hay que sufrir; el juego viene con ese chocolatito de regalo y hay que saberlo de antemano.

Sufrir es un infierno dentro de la propia vida, pero hay que atravesarlo. Esos que dicen que no sufrieron en la vida, mienten a cara de perro: todos sufrimos, algunos lo cuentan más, otros menos, pero todos comemos alquitrán. Y no es un asunto de pobreza, desgracia, mala suerte, sangre a borbotones o lo que sea; es lo que es y es siempre complejo en cada vida. Se puede ser feliz sin un peso y un angustiado con dólares a montones. La guita no define el negocio, evita algunos problemas, pero crea otros; no seamos giles. La felicidad es algo complejo; con estar en equilibrio alcanza.

Con franqueza, el striptease actual de los sufrimientos de la gente en redes sociales es obsceno. Es como el Guille de Mafalda llorando solo cuando llegaba su mamá y antes hacía el aguante en tres cuadros previos en silencio. Vaya a terapia, háblelo con amigos, que se entere alguien de su adicción o su vejación, pero -sépalo- no se arreglará la quemadura con gritarlo en un teléfono. La quemadura deja cicatriz y hay que vivir con ella. No la borra casi nada, quizás el tiempo, y ni eso, creo que se instala en algún recóndito lugar de la conciencia todo lo que nos hizo mal. Y queda por allí en un loop permanente. Somos, supongo, eso. La buena gente, claro; la basura ni se entera.

Esta es una época en que todos cuentan todo a toda hora y en todo momento en una pantalla. Uno se prende a un podcast y oye como un asesino serial se siente estupendo o se oyen terroristas narrando sus aventuras criminales en clave de Indiana Jones. Ya casi nada tiene moral clara. “Cambalache” se quedó corto. Sin embargo, creo en los arrepentimientos, pero con decoro y de verdad.

Pasa que me gustaba la socialización en el formato anterior: con la mirada a los ojos. Ahora las previas de amistad, contactos, amores, odios, todo pasa por una red social. Supongo que es lo que es y que no me debo quejar. Es que me gustaba esa escena de la barra del boliche y los diálogos en clave de “te cuento mi vida”. Y ese derrape existencial ya no existe más y eso no era fantasía: era la vida que teníamos los mortales del siglo pasado donde sin saber quién era nadie hablábamos con todos. Cambian los formatos, pero seguimos haciendo lo mismo. Y seguimos con dolor.

Sufrir es vivir, y vivir es salir del dolor para abrazar lo que se quiere. El juego está allí. Quien lo encara mejor, gana. Por eso todos tienen derecho a soñar con ser Messi (es una imagen). Todos tienen derecho, pero se tienen que romper el alma para serlo. Solo el que entrega su vida a la causa que lo enamora se podrá mirar al espejo sin vergüenza. Los demás sabrán siempre que son narcisismo o éxitos de coyuntura. La miseria los tragará en la tumba como la vida los oscurecerá en pocos años si no entienden el juego. ¿O nos acordamos de los que nos jodieron la existencia en la historia? Sepa el lector que es inadmisible ser pesimista; solo valen los que buscan lo mejor para todos. Todo lo demás es lo de menos y no interesa un pito.

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