Opinión | Siempre cae el telón

"En general, las izquierdas o los progresismos fueron efectivos en la construcción simbólica y en las metas grandilocuentes hacia las masas. Eso lo hicieron con lógica capitalista: el que suma más puntos avanza en los casilleros".

Washington Abdala
Foto: Archivo

El proceso ha sido simple: tras el estruendoso fracaso de los gobiernos con patina progresista del continente irrumpieron los liderazgos disruptivos de derecha como la contracara de lo que pretende ser las antípodas de lo horrendo padecido. No es una casualidad, no es tampoco el ciclo pendular de la alternancia en el poder; es algo más profundo, fruto de un enorme impacto que cuesta procesar en su real dimensión. Fueron tan incompetentes las izquierdas todopoderosas que aún resulta shockeante ver cómo los desalojan a grito de furia desde las tribunas con las urnas explotadas de desalojos. Ahora sí se acabó la fiesta progre latinoamericana. Brasil es endogámico y solo se interesa por lo que a ellos les interesa, el resto canta Bossa nova.

El fracaso de los actores precedentes se hizo evidente en el abuso del gasto público de manera sancta y non sancta, la pésima capacidad para dotar a sus países de resultados económicos que resultaren dignos con la vida de los más humildes y una percepción de desconexión con el mundo real (al apostar a la acumulación de causas “quiosco” con tal de sumar y acumular poder). Usted iba a ver al izquierdista de turno en su toldería y le decía que su causa era la más importante. El funcionario-burócrata la agendaba, usted ya tenía un lugar de reclamo y con suerte esa causa se ponía en la cola de las multicausas valiosas de la agenda woke. Win-win. Así se iba del sensato reclamo por “igualdad de género” al derecho de los afectados por el polen de los árboles -en primavera- generando alergias. Todo iba a la bolsa de la causa acumulativa de poder. Por eso desde el “Free Palestine” hasta el mundo “Queer” todo fue a la misma bolsa.

En general, las izquierdas o los progresismos (el kirchnerismo como etapa superior del peronismo en Argentina, dijera Lenin) fueron efectivos en la construcción simbólica y en las metas grandilocuentes hacia las masas. Eso lo hicieron con lógica capitalista: el que suma más puntos avanza en los casilleros; claro, eran casilleros con el dinero del pueblo, ellos solo acumulaban poder de otros, total, no lo pagaban, flor de vivos.

Seamos claros: los que llegaron al poder con las revoluciones populares en el alma y en los bolsillos (con Hugo Chávez y Nicolás Maduro como caja de respaldo) no serán recordados por nadie como salvadores de la patria; es más, la mayoría están corridos por la Justicia o por Estados Unidos por los negocios corruptos que hicieron con el mundo bolivariano ilegítimo. La lista es larga y no son pocos los que metieron el dedo en el dulce de leche en el pasado reciente en buena parte de la América cómplice. Cuando se conozca la lista de los que se “vincularon” con el régimen dictatorial se sabrá la razón del silencio de tantos.

La verdad es que estas izquierdas o progresismos, tan buenistas, tan auto validados como “justicieros”, justamente con esa sensibilidad de izquierda que los hace sentirse portadores del cáliz divino, solo han producido terrorismo de Estado, violencia criminal y pobreza obscena -en las dictaduras vergonzantes del continente- y caos social en los modelos democráticos que sobrevivieron entre navajazos y sectores progre dilapidando los ahorros de la gente. Ya nadie -hoy- se anima a defender a grito pelado a Venezuela, a Cuba y a Nicaragua. Ha ganado la democracia liberal. Hay que reconocer la gigantesca estafa que se le hizo al pueblo en esos lugares mientras buena parte del “cretinismo” latinoamericano miraba para el costado. En fin, al final no hay mentira que aguante. Siempre cae el telón. Siempre.

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