Cabeza de Turco

Opinión |Los caballos en círculo

“Los humanos no somos tan distintos, nos pasan cosas que no entendemos”

Washington Abdala

El pensamiento complejo es solo una derivación de la realidad. La realidad es lo complejo. Los que la pueden desentrañar lo hacen de manera simple, pero estudiaron mucho para descubrir patrones, sesgos, tendencias y así advertir hacia donde estamos orientándonos.

Es curioso, vivimos en el presente, pero queremos saber el futuro. Por eso existen desde analistas de mercado, politólogos, meteorólogos, estadísticos, horóscopos, chamanes y muchas religiones que trabajan con la incertidumbre del futuro. Y lo hacen efectivamente -muchos de ellos- porque la gente les cree, les quiere creer o necesita hacerlo.

Es que nos moviliza este asunto, en el fondo, excepto los que tienen una fe ciega, el resto anda a los tumbos con sus inseguridades, temores o viviendo a mil para no detenerse a desentrañar la dura interrogante existencial. ¿Qué pasará más adelante cuando zarpemos de acá?
Hace muchos años, estaba con un amigo mío, veterano él (imaginen). El tipo es culto, se calentó con la vida de gurí en la capital, iba al Elbio Fernández y se escapó. Así como lo cuento. Se vino para un lindo pueblo del país a vivir su vida (prefiero preservar su nombre y el pueblo) y se quedó en un campo metiendo lomo. Sus padres eran gente con un pasar holgado, pero como mi amigo se retobó, lo ladearon. Cuestión que, por cosas de la vida, un día me dijo que había un caballo que estaba enfermo y que se moriría mañana. No le presté demasiada atención. Era muy torpe con lo que me rodeaba en la tierra (en esa época).

Al otro día, me vino a buscar y me dijo: “Venite turco que el “Rufino” se fue y quiero que veas esto”. Como era un ser especial le seguí la piola. Eran las once de la noche, verano neto, y así lo acompañé a donde me quería mostrar algo. La noche estaba hermosa, la luna un queso con linternas y así como bobeando nos arrimamos a la laguna.

Cuando llegamos, se advertían ocho caballos en ronda perfecta, circulando alrededor del difunto. No entendí nada. Lo hacían de manera sigilosa, lenta, algún relincho de vez en cuando. Deben haber estado así media hora. En un instante, todos los caballos rompieron filas y se fueron, solo uno quedó un ratito más en el velorio y, luego, despacito se marchó.

He visto que los elefantes hacen algo parecido con los huesos de sus ancestros. Lo he visto en National Geographic, pero ver caballos en ronda haciendo eso, con el muerto en el medio, y circulando de manera perfecta, fue algo espectral.

Mi amigo no me dijo nada, me hizo algún gesto, como si yo entendiera del asunto. Es que él sí entendía. Es más, mi amigo le enseñó a cabalgar a una famosa artista del continente. No lo quemo, pero él sabe bien que esta historia le pertenece.

Por eso, cuando viene la incertidumbre, pienso en ese momento, supongo que los caballos -no tengo la menor idea- algo procesaron de la partida del compañero. Algo hacían en aquel duelo circular. Contarlo es para que no me crean. Me importa nada. De veras sucedió.

Pienso que los humanos no somos tan distintos, nos pasan cosas que no entendemos y está bien, no damos vueltas alrededor de un cajón de un amigo, pero lo velamos y lo despedimos a nuestra manera porque es lo que nos sale hacer.

Y está bien que así sea y siempre será así, y hay que saber que no son fáciles de contestar las interrogantes, o solo las tienen contestadas algunos en sus visiones filosóficas, y bien por ellos.

Los que no tenemos las respuestas, tranquilos, como los caballos de aquella noche: algún sentido tendrá todo.

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