CABEZA DE TURCO

Opinión | Elvis y Frank Sinatra juntos

Empezó a nadar mar adentro, lo hizo de manera metódica, única opción

Washington Abdala

Tenía 19 años y era invierno crudo en el sur. Estaba recostado en la cama de sus padres con un buzo de lana y jeans viejos. Dormitaba; eran las dos de la tarde. Afuera, llovía, hacía frío húmedo y el tiempo pasaba sin velocidad. No pensaba en los estudios. Había visto 2001 Odisea del Espacio. Volaba. Anhelaba visitar otros países, enamorarse y quién sabe qué cosa. Su viaje a Brasil lo había cambiado todo. Brasil y su fiesta eterna a la vida le había modificado el ángulo del juego. Vinicius de Moraes maldito. ¿Qué sentido tendría encerrarse años a estudiar imbecilidades?

Sabía que algo había lejos. Se tomó un avión a Nueva York y terminó con sus amigos de cuadra en el barrio chino. Allí, una noche casi lo matan de un balazo. Naranja Mecánica, pensó. Huyó. Al huir se escondió en lo de Romy. Ella estaba tan asustada como él. Creyó que él mentía. Se hicieron el amor. Ella era más grande. Verano del 42. Al despertar no comprendió qué pasó. Ella tampoco. Se despidieron y aquello fue.

Todo a mil. Al volver a su hotel, vendió lo que tenía que vender para vivir. Lo hizo con destreza, venía del país del sigilo, no era estúpido. Taxi Driver. De la noche aprendió todo lo que había que saber. Todo. Hizo lo irreproducible. Y más también. Nunca le tuvo repugnancia a la repugnancia. Lograba bloquear su mente. Sabía de qué iba el cuento. Eso sí, no le gustaba la sangre y tenía algún límite moral. El Padrino II, la recitaba de memoria.

Pasados algunos años decidió que ya era demasiado. Fue mucho. Preparó su fuga, porque esa red ominosa en la que vivía era absorbente. Scarface no se entrega nunca. Versión primera en blanco y negro. Se fue a una isla, cerca. Ahora estaba al servicio de su Majestad. La casa que compró era frente al mar, un mar parecido al que conoció aquella vez cuando era joven en Brasil, solo que con agua azulada y caliente. Estuvo 10 años allí. No hacía mucho, solo regenteaba un bar y leía diarios viejos que llegaban una vez por semana. Y literatura, la devoraba. Hemingway y Borges empezaron a inocularlo. Fue ellos mezclado con Caín allá en algún lugar de su lóbulo frontal.

Un día, estaba nadando y miró hacia su casa, divisó cuatro individuos con saco y corbata rompiendo sus enseres. Reconoció a uno que era copia fiel de Alessandro Italino a quien había dimitido de la vida con un balazo en la sien. Era su hijo que había venido por él. El Satánico Dr. No. No había opción. Comenzó raudo a nadar mar adentro, lo hizo de manera metódica, única opción. Nunca miró hacia atrás. Nunca más pensó en la casa. Nunca más supo nada de aquella vida. Nadó.

Se despertó en un crucero. Al segundo día se introdujo en el elenco artístico del barco para amenizar veladas. Cantaba. Aprovechó para cambiar su nombre. Al regresar a Estados Unidos ingresó con nueva identidad. Eran épocas benévolas. Cruzó el país y se afincó en San Francisco. Allí, volvió a su especialidad. Envenenó a media ciudad. Se hizo rico de vuelta rápidamente, claro, también tenía demasiada gente que, otra vez, lo buscaba en las sombras. Scarface, siempre Scarface, ahora a color y cerca del final. Se acababan las fichas. Última jugada. Engordó 20 quilos. Se fue a Las Vegas en un Greyhound y se hizo contratar como imitador de Elvis. La mejor versión que canta es la de My Way, interpretada mejor que el propio Frank Sinatra y Elvis juntos. Hoy, sigue allí, es solo cuestión irlo a ver en ese hotel absurdo. Nadie imaginaría que ese espectáculo musical guarece a un criminal rico, violento, culto y adicto a los alfajores.

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