Opinión |El esposo en la maleta de mano

Washington Abdala.
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CABEZA DE TURCO

La señora me contó toda su vida, ya no pude dormir más. Por Washington Abdala.

Esta historia me la guardé hace años. Es una historia mínima, pero me enseñó cosas y quiero compartirla.

Iba en algún vuelo hacia algún lado. Cuando uno viaja por trabajo no va de buen talante. O yo no voy así. Todos los que lo rodean a uno son, en su mayoría, turistas, gente con familias, y uno va a algún lugar a trabajar. Complicado. De veras que estar aturdido, encerrado en esa cosa de metal, durante horas, con los oídos tapados y comiendo como un ratón no es idílico, pero menos cuando se va con problemas y el resto de la gente está de pachanga.

Mi estrategia es simple: una ventana, recostar la cabeza, llegar reventado al avión y dormitar. Me pongo el cuellito ridículo de material raro para que no se caiga la cabeza (¿dónde se caería?) y aguantar es la consigna. Las horas pasarán, pasarán, malditas horas. Ubico el asiento y a mi costado una anciana, pero muy anciana. Estaba fenómena. Le pido permiso para acceder a mi lugar, delicadamente mueve sus piernas porque era tan pequeña y venida en años que no se podía levantar. Ingresé a mi ventanilla y me preguntó mi destino final. Se lo dije. Intenté ser parco porque quería dormir. Insistió en que vivía en un lugar del país que conozco muy bien. Me contó que sus hijos eran profesionales y se largó a charlar. Lo mío eran sonidos onomatopéyicos. La iba llevando esperando dormir. En un momento me dice: “Este viaje es feo para mí, yo no viajé nunca, es la primera vez que lo hago, y lo hago para llevarle a mis hijos a su padre, está acá arriba en la valija de mano”. En ese momento no entendí bien lo que me estaba diciendo, la mente se me bloqueó -no es la primera vez que me sucede cuando me asusto- y no logré decodificar rápido la información. Quedé rumiando en el asunto de “acá arriba en la valija de mano”. Me cayó la ficha y capté que había cremado a su esposo. Y lo llevaba arriba de nosotros, en el guarda maletas.

La señora me contó toda su vida, ya no pude dormir más. Hablaba pausado, serena -la muerte de su esposo había sucedido hacía unos días-. Ella estaba dolida, afectada pero en paz. Esa paz de la gente buena y fuerte en su coraje existencial. Con franqueza, en ese momento no entendí su estado de ánimo. Hoy, por razones que no vienen al caso, entiendo ese sentir.

De un viaje rutinario hacia un lugar de trabajo lejano me quedé inmerso e hipnotizado en esa historia. Fui haciendo el duelo con ella a lo largo de las nueve horas. Apenas llegamos a destino bajé su valija -con su esposo allí adentro- y la trasladé. Lo trasladé. No tengo idea cuánto había de él, pero era una valija muy livianita. Ella, a pesar de su salud, no podía con aquella valija de mano con rueditas, así que la llevé hasta afuera, le busqué la conexión y la despedí.

Sabía que no la vería nunca más. Sabía que me había regalado horas de sus mejores recuerdos. Y sabía que eso era un obsequio del destino que había que apreciar. Ella habló más de una vez, con precisión quirúrgica, y me regaló recuerdos de su vida. Miento si digo que no me afectó. Es curioso, fue como una película real en todo momento. La gente se vive metiendo música, plataformas digitales, consumos de cosas para viajar mentalmente, a mi se me confirió aquella noche el regalo de hacerlo de manera real en la vida de una familia que conocí al detalle. Supe del éxito de sus hijos en el exterior, de lo que ella pasó con su familia, de cómo fue toda su vida: todo lo contaba de manera tan parecida a un relato de Federico García Lorca que impresionaba.

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