C.N.
Cuatro mujeres entran en escena. Abren los brazos y bajan levemente la cabeza, con la reverencia característica del artista al público. Acto seguido comienzan su número de acrobacia sobre cintas. Suben, se enrollan, caen boca abajo, vuelven a subir. Las luces sobre el rojo, naranja y amarillo de las telas crea un ambiente mágico. En la platea predominan las miradas concentradas, las bocas semi abiertas y las interjecciones varias: "oh, ah, pah". El show del circo Kroner acaba de comenzar.
Una hora antes, en una de las 15 casas rodantes desplegadas en el predio, Evelyn Kroner (28) -administradora, contratista, maga, madre y jinete- se maquilla. Ella y su hermano Rudy (23) se encargan de un negocio que ha sobrevivido a seis generaciones. Él realiza el número con la elefanta Maison, es trapecista, armador y motociclista en el archiconocido Globo de la Muerte.
Paralelamente, en otra de las viviendas sobre ruedas, la trapecista Stefani Evans elonga sus miembros, preparándose para su número aéreo. Sobre una cama ubicada en un angosto pasillo, tres niños se divierten con un videojuego y la hermana de Stefani se maquilla. Los pequeños protagonizarán en minutos un número de indios con el resto de la familia. De fondo se escuchan conversaciones en portugués provenientes de la televisión satelital. Todos integran la quinta y sexta generación de artistas circenses, todos se reconocen amantes de su trabajo y ninguno muestra interés en abandonar la vida de camping. Al parecer, el estado de viaje permanente (llevan tres años y medios recorriendo los pueblos y ciudades más recónditas de Paraguay, Chile y Argentina) es una de las facetas más valoradas.
"Es una pasión, quien bebe del agua del circo jamás la deja", ilustra Juan Ramón da Silva (63), un artiguense que hoy es procurador pero que fue contorsionista, trapecista, armador y presentador. "La persona de circo es múltiple, acá se hace de todo", explica.
Tres gatos con habilidades de gimnastas olímpicos y adiestrados para desobedecer a su entrenador provocan las primeras carcajadas en niños y adultos. La música y la voz del animador acompañan el ritmo de las piruetas. Terminado el acto se produce un corte, se bajan las luces y suena una melodía que aporta misterio al ambiente. Entonces aparece el "hombre pájaro", que vestido como un gladiador romano es elevado por los aires con la ayuda de seis utileros que, ubicados a un costado de la pista, tiran de una cuerda para levantar al artista.
Evelyn Kroner hizo su primer número como "payasito" a los seis años de edad. Por entonces también recorría la pista sentada sobre un elefante en un acto que hacían sus padres. Por tradición, los niños comienzan a probar sus habilidades imitando a sus padres, y a medida que crecen y se perfeccionan van incorporando otros números. Así, el hijo de seis años de Evelyn se pasa el día haciendo equilibrio en una tabla sobre cilindros, acrobacia que realiza su padre en el espectáculo.
"El hijo de una persona común va a estudiar y tiene que decidir si quiere ser ingeniero, médico, veterinario o arquitecto. En el circo, desde que uno nace, sólo piensa si va a ser trapecista, domador, malabarista. Después termina siendo casi todo eso", cuenta Marcelo Sbano, el protagonista más longevo del número de indios, quien en sus 61 años jamás vivió en una casa de material.
El show continúa con las acrobacias de una mujer que gira en el aire sobre sí misma con la boca como único punto de sostén. El publicó responde con más interjecciones y un niño de menos de tres años se lleva la mano a la boca, como si el dolor de la acróbata se replicara en sus labios. Le sigue el ingreso de la Dama del Misterio, quien no es otra que Evelyn Kroner. Sus trucos son los clásicos de la magia: desapariciones, mujeres metidas en cajas que son "atravesadas" por sables o pequeños cubículos que dan cabida a media docena de personas. Entre aplausos e infantiles gestos de incredulidad, algunos de los espectadores se abanican. A las tres y media de la tarde el calor se concentra dentro de la carpa, aunque sin llegar a afectar el interés.
El staff del circo Kroner está compuesto, por 120 personas entre niños y adultos, quienes viajan en 15 casas rodantes y ocho camionetas. El 80% son brasileños, pero también hay paraguayos, argentinos y uruguayos. Cuatro camiones trasladan a la elefanta, los perros, los gatos y el caballo. Cada artista recibe un salario semanal con el que pagan sus gastos y el combustible. A modo de extra, están autorizados a tener puestos de venta de alimentos o bebidas. Por ejemplo, el payaso y acróbata Maluquinho ("Loquito", en español), comercializa souvenirs una vez terminado el espectáculo.
El resto del personal, básicamente armadores y utileros en su mayoría solteros, reciben además casa y comida. Fuera de los horarios de función, cada cual dispone de su tiempo libremente. El shopping, el centro de la ciudad y las playas montevideanas son los paseos preferidos.
Los niños asisten a las escuelas cercanas al predio donde se instala el circo. "Hay una ley que obliga a aceptar a los niños en todo el Mercosur", explica Evelyn. De este modo, cambian de escuela, maestros, compañeros e incluso de idioma con frecuencia. El hecho de que los Kroner lleven más de tres años fuera de Brasil hace que el hijo de Evelyn, brasileño de nacimiento, sólo sepa escribir en español; aunque habla perfectamente los dos idiomas. Ella misma hizo parte de la escuela en su país y el resto en Uruguay. Y no recuerda esa etapa como difícil, en todo caso, dice, lo más "complicado" era tener que responder siempre las mismas preguntas de los compañeros de clase: ¿Cómo es un circo? ¿A dónde viajan? ¿Es divertido?
Mientras el payaso Maluquinho entretiene al público, los utileros arman la red de contención para los trapecistas. En este sentido, el espectáculo conserva las mismas características de los circos de antaño. No hay misterios, ni telones, ni andamiajes que aparecen de la nada. La tarea de los utileros se realiza a la vista de todos. En este mundo visual de alta tecnología, efectos especiales y ritmos vertiginosos, el circo Kroner se mueve como una carreta. Sin embargo, la sorpresa y la atención se sostienen durante las dos horas de show.
Los cuatro trapecistas realizan sus pruebas sin fallar. Maluquinho también participa, mezclando payasadas con acrobacias. Incluso se da el lujo de travestirse para saltar por los aires. Hay una mínima tensión en el ambiente. Algunos pequeños se toman fuerte de los brazos de sus padres. La música y el animador, nuevamente, aportan el tono de suspenso: "Ahora Stefani con el doble salto mortal", "Atención al cruce de la muerte", dramatiza en términos circenses. Terminado el acto, llega la pausa de quince minutos. Ya entonces la carpa olía a pop y papas fritas, productos que llenarán las bocas de los niños en ese intervalo.
Como es lógico, la dinámica viajera genera hijos de distintas nacionalidades ya que las madres dan a luz en el país donde está estacado el circo. De hecho, Rudy Kroner nació en Montevideo. Pero la nacionalidad no es un dato relevante para estos nómades. "¿De dónde soy? No sé, nací en San Pablo, pero mi vida es viajar", cuenta su hermana.
Según todos, la vida cotidiana no difiere mucho del resto de los mortales: trabajar, cocinar, limpiar, mirar televisión, festejar cumpleaños. Ni siquiera se diferencia en las rispideces: "Esto es como una ciudad chica, hay gente que se lleva bien y gente que se lleva mal. Unos se ayudan y algunos hablan mal de los otros", ejemplifica Evelyn. Lo complejo, dice, es tener un hijo enfermo y no saber a dónde acudir en una ciudad desconocida, sin contar que con que cada consulta se paga de forma particular.
Termina la pausa. Tres perros bailarines dan paso a una odalisca que hace malabares con aros. Luego Evelyn hace su show de Alta Escuela con un caballo que se mueve al ritmo de la música. Entonces es el turno de la elefanta, presentada como "la estrella". Su ingreso provoca gritos entusiastas, pero sus lentos movimientos no sostienen el furor. Le siguen la familia de indios, hábiles manipuladores de lazos; y llega el cierre: el globo de la muerte. Primero cuatro motos, luego cinco y finalmente seis. El espacio es pequeño y la velocidad alta. El humo y el ruido de los motores mantiene a todos en vilo. Largos aplausos y bulliciosos "bravo" dan por terminada la función.
"Buenísimo", "Divertido", "Impresionante" fueron los calificativos infantiles más extendidos.
Lo cierto es que el show conserva los rasgos del circo tradicional: payasos, trapecistas, mujeres que cuelgan del cabello, malabaristas, animales adiestrados. No obstante, y a la luz de las reacciones, ese formato todavía logra cautivar a los niños del siglo XXI.
"Los animales son como miembros de la familia"
Cada función de Kroner es acompañada desde la calle -en Av. Italia y Mariscala- por un grupo que los acusan de torturar a los animales. Los espectadores son recibidos en la puerta con volantes que sugieren no ir a circos con animales, aduciendo que sufren castigos físicos. Evelyn Kroner califica las denuncias de "absurdas".
"Antes de hablar tienen que ver. Dicen que (a la elefanta) le pegamos, que le ponemos corriente eléctrica, que la quemamos, que la tenemos encadenada. Todo eso deja una cicatriz, los invito a que vengan a ver si eso es así", señala y agrega: "Ella está suelta, el caballo vive en un haras como cualquier otro y los perros como en una casa. Todos tienen su carpa para cuando hace frío. Incluso los gatos tienen ventiladores para los días de calor", dice.
"Nosotros venimos de tradición. Sabemos que si hoy tenemos circo es porque todo empezó con animales, por eso los valoramos, son como miembros de la familia", explica.
La elefanta se alimenta de frutas y verduras, unos 1.500 kilos diarios, según su cuidador. Parte del dinero de manutención proviene de las fotos con los niños que se ofrecen después del show. A simple vista no tiene cicatrices.
Los Kroner doblan la apuesta y prometen entregarla si los animalistas comprueban el maltrato con un veterinario competente, si se comprometen a conseguir un sitio confortable en India y si se hacen cargo de los gastos de traslado.