EL PERSONAJE 

Myriam Gleijer: "El teatro es una opción de vida"

Integrante de El Galpón desde 1965, es una de las actrices más destacadas de la escena nacional. Ahora estrenó Bakunin Sauna y no concibe su vida sin la actuación.

Myriam Gleijer, actriz e integrante de El Galpón
Myriam Gleijer, actriz e integrante de El Galpón. Foto: Leonardo Mainé

Los ojos celestes están rodeados por el tiempo. Guardan historias, anécdotas, amores, encierros, angustias, alegrías, ciudades, amigos, amigas, familia, recuerdos de las primeras veces, recuerdos de cada detalle. Los ojos celestes brillan más fuerte cuando habla de teatro, de escenarios, de maestros, del amor por su profesión. “Yo no tendré dinero, pero lo que he tenido siempre es la satisfacción de hacer lo que amo, que no es poca cosa”. Myriam Gleijer tiene 78 años y la primera vez que actuó fue cuando estaba en la escuela, interpretando a la dueña de Platero. Desde entonces nunca dejó de hacerlo y tampoco piensa dejarlo nunca. “Yo puedo dejar todo, pero no puedo dejar de hacer teatro, no puedo vivir sin hacer teatro”.

Con el tiempo y la experiencia en los ojos intensos y chispeantes dice que tiene una certeza: “El teatro es una opción de vida. Si no lo tomás así, no sirve”. Y para ella, eso implica haber hecho y dejado todo para poder actuar, entregándose a El Galpón, la institución que la formó y de la que forma parte desde 1965. Implica entregarse entera, además, a cada personaje que interpreta, como el que estrenó el sábado 11 en la obra Bakunin Sauna. También significa entender al arte como una herramienta para hacer un mundo mejor, y realmente creer y aferrarse a esa idea para crear, para actuar.

“Si bien tú haces tu carrera, si estás en una institución teatral sos parte de un proyecto colectivo, donde hay pautas de trabajo que se definen entre todos los integrantes”, dice sobre El Galpón. “El teatro independiente no es solo hacer teatro, hay que saber hacer todo: producción, asistencia, publicidad, administrar, buscar medios para poder hacer teatro gastando lo menos posible. Es importante conocer qué es lo que pasa en el mundo y en el país, para ser reflejo de la sociedad en que vivimos. Ser parte de esta institución no es hacer teatro solo para el ego, sino que es realizarte en un proyecto cultural que tiene 70 años de vida”. De 70, Myriam ha estado allí por 58 años. Su historia acompaña a la del Galpón y, claro, a la del teatro independiente uruguayo.

De artistas

Myriam Gleijer, actiz
Myriam Gleijer estrenó Bakunin Sauna

En Polonia, su mamá hacía teatro y su papá dirigía. Era amateur, pero alcanzó para que se transformara en herencia. Llegaron a Uruguay en los años 30. En 1933 nació su hermana, Adela y siete años después nació ella. Las dos son actrices.

La primera vez que Myriam actuó fue en la escuela, en Platero y yo. Después en el Liceo Suárez. Los adscriptos eran actores y directores de teatro, así que impulsaban a los estudiantes a la actuación, al arte. Allí compartía escena con Nidia Telles, con Mario Morgan y Carlos Perciavalle.

“Hice dos años de Facultad de Arquitectura cuando terminé el liceo y después me decidí por el teatro, porque se hace mucho más plata, ¿viste?”, dice y se ríe. Ella hizo la mayor parte de su carrera como actriz sin cobrar porque cuando se trata de un proyecto colectivo, el objetivo principal es poder mantener al teatro. “Si sobra algo, se cobra”, si no se trabaja por amor a la causa. “Dejé la facultad y seguí con la actuación, me apasionó y no la pude soltar. En la escuela del Galpón a la que entré en el 61 hice de todo: hacíamos puerta, hacíamos rifas para poder hacer las obras, aportamos para construir la sala, clavábamos, pintábamos, limpiábamos... De todo”.

Recuerda, Myriam, la primera vez que se subió a un escenario cuando terminó la escuela de El Galpón y también la última antes de que empezara la dictadura. “Lo primero que hice fue Sopa de pollo con cebada, con Hugo Uribe. Después seguí sin parar, hasta Libertad libertad, y después me llevaron presa”.

Era 1968 y El Galpón estrenó ese espectáculo como una forma de oponerse y rebelarse a la situación que atravesaba Uruguay en años antes de la dictadura militar, en los que se respiraba que todo estaba a punto de estallar. “En el 68 vinieron las medidas prontas de seguridad. Entonces de alguna manera esa obra era contestataria, teníamos necesidad de expresarnos. Nosotros estrenamos en junio de ese año y sentíamos la caballada pasar por la calle empedrada que todavía era Mercedes. Había manifestaciones y los chicos disparaban porque les pegaban, los corrían con los caballos, se metían a nuestra sala, y de repente se encontraban con ese espectáculo. El Galpón vivió todas las épocas del país y yo las viví con él. Hicimos la obra en el 69 y en el 71 en distintas versiones. Ya en el 73 no la pudimos estrenar acá así que estrenamos en Venezuela y en Colombia. Ya estábamos en dictadura, acá no se podía hablar de la libertad”.

Clausuraron El Galpón en 1976 y la mayor parte de sus integrantes se exiliaron en México, donde siguieron haciendo teatro juntos. Myriam no. Ella y su exmarido, Luis Fourcade fueron presos. “Yo integraba un partido político que era legal y de repente fue ilegal. Pero me llevaron por asistencia a la asociación, es decir, por darle de comer a un ex dirigente sindical, lo estaban buscando y no tenía para comer. Pero nosotros no teníamos ningún tipo de vínculo con las armas ni con la violencia”. A Myriam le dieron 24 meses y a su compañero entre 6 y 18 años.

Estuvo encerrada e incomunicada en un cuartel durante siete meses. “No podía ver a mi familia, mi hijo Gabriel era chiquito y tenía a sus dos padres presos cuando, por ejemplo, empezó la escuela. Después pasé al penal de Punta de Rieles y ahí me enteré de que el teatro había sido clausurado”. Para poder comunicarse con su hijo se mandaban dibujos que escondían en la ropa que sus padres recogían del penal para llevar a lavar. “Le hacía dibujitos con las cosas que hacíamos juntos, como cazar mariposas, correr al aire libre en Kibón, o leer. Y él me mandaba sus dibujitos cuando me traían la ropa. Él era chiquito pero era muy consciente de lo que pasaba, cada fin de semana iba de un cuartel a otro para poder ver a sus padres que ni siquiera podían jugar con él, nos veíamos a través de una mesa, era terrible pobrecito”.

Mientras, sus amigos de El Galpón presionaban desde México por su libertad. Después de un año y medio pudo salir. Como sus compañeros aún seguían exiliados y su sala clausurada, todos los teatros de la ciudad la invitaron a actuar. “Tenía una apetencia de actuar, estaba por explotar. Mi marido estaba todavía preso, y yo hice teatro sin parar. Ahí conocí el Stella D’Italia, el Notariado, la Máscara, el Teatro del Centro, el Teatro Astral, el Victoria. En el Circular, por ejemplo, trabajé muchísimo, somos muy compañeros”.

Para poder dedicarse al teatro, antes y después de estar presa, Myriam hizo de todo. “Fui secretaria de la ORT, trabajé en una sociedad médica, en una mueblería, vendí ollas Essen y cociné en las casas. Vendía ropa para niños”.

En el 95 empezó a dar clases de teatro y recorrió todo el Uruguay formando a maestros y maestras. Desde entonces y hasta ahora viaja todas las semanas a dar clases a San José.

Dice que está cansada de viajar, que quiere estar tranquila pero que le da pena dejar de ir a San José. Con este son 24 años contándole a varias generaciones que el teatro es hermoso y necesario, enseñándoles que por él hay que dejar el cuerpo y el corazón.

—Ironizaste con que el teatro daba más plata que la arquitectura. ¿Qué te dio realmente?

—Me dio felicidad, la oportunidad de poder expresarme, aportar a la educación cultural de un país. Me dio poder conocer el alma humana, me enseñó a no juzgar, a comprender las miserias y las cosas hermosas, a exponerlas. Es una carrera hermosa y muy dura a la vez porque siempre tenés que buscar la forma de sobrevivir.

Llegó a las 70 obras y dejó de contarlas. No piensa en qué hubiera pasado si algo hubiese sido diferente en su vida ni en qué hubiese querido hacer que no hizo. “A mí me gusta zambullirme en lo que me dan y reinventarlo. Hice obras para niños, musicales, comedias, dramas, de todo y me siento realizada realmente. Me gusta el riesgo, me gusta encontrar gente joven que me exija salir de la comodidad”. Lo único que no puede, dice una vez más es vivir sin actuar. “Voy a hacer teatro para siempre”.

sus cosas
Bakunini Sauna
La última obra
El sábado 11 de mayo El Galpón estrenó Bakunin Sauna, una obra anarquista, escrita y dirigida por Santiago Sanguinetti. Allí Myriam interpreta a una veterana ex funcionaria de IBM que participa de un plan para secuestrar a la gerenta general de esa empresa en el sauna de un hotel. “Es una comedia muy divertida”.
Nelly Goitiño
Sus maestros
En su carrera tuvo muchos maestros y maestras. Entre ellos, Nelly Goitiño. “Fue una gran maestra, aprendí muchísimo trabajando a su lado y además hicimos una gran amistad. Hicimos juntas Las sirvientas de Genet, La Celestina. Jorge Curi fue un gran maestro también, César Campodónico también. Fueron muchos”.
Premio Florencio
Los premios
Myriam ha sido premiada en varias ocasiones. Recibió en 2001 el Premio Florencio como Mejor Actriz por la obra El sueño y la vigilia. En 1983 con Cabaret Brecht ganó el mismo premio a mejor elenco y en 2005 lo ganó con Montevideanas. En 2015 lo recibió por Cocinando con Elisa en la categoría mejor espectáculo y mejor actriz.
Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)