EL PERSONAJE

Con el músico Hugo Fattoruso: “Desde hace un tiempo sobrevivo de esta pasión”

En 2019 recibió el Grammy Latino a la excelencia musical, con Revista Domingo repasa la travesía que significa elegir, ante todo, trabajar de lo que quiere.

Hugo Fattoruso Foto: Leonardo Mainé
Hugo Fattoruso. Foto: Leonardo Mainé

Hugo Fattoruso levanta el dedo índice en ángulo recto, lo acerca a su boca y emite la onomatopeya del silencio, “shh”, dos veces . Hablar de Japón y del público de allí le entusiasma y dice, las dos veces que repite el gesto, que la atención con la que escuchan es algo que no se ve en todos lados. No habla nada de japonés, pero disfruta del respeto y lo amables que se ven frente al escenario y en la calle, en el aeropuerto, en el taxi, donde sea. “Es un público que absorbe y no es solo con nosotros. Yo los he visto con diferentes propuestas y su conducta es generalizada”.

Fattoruso, 76 años, está sentado en un banco, rodeado del silencio y la paz que se respira en su propia casa, alabando a la cultura que lo recibe desde hace unos 20 años. De esos, 13 ha ido con Dos Orientales, el dúo de jazz fusión que tiene con Yahiro Tomohiro. A su espalda, en las puertas de un armario blanco, hay pegadas ese tipo de reliquias personales que en lo monetario valen poco pero en lo simbólico mucho: un disco de Albana Barrocas (pareja y compañera en HA Dúo), un dibujo que le hicieron que no sabe bien qué es, “pero es fantástico”, y sus nombres, el suyo y el de Albana, escritos por ella en Katakana. Japón es una pasión compartida.

“Es muy importante en nuestra vida. También por el contacto con Tomohiro. A Japón viajó Trío Fattoruso, con mi hermano y mi hijo. Viajamos con Rey Tambor, y con Daniel Maza y Martín Ibarburu, con el cuarteto Expreso Oriental también. Y conocí unos cuantos músicos japoneses con quienes he grabado y he tocado en vivo. Siempre me alcanzan discos, vamos a tocar por ahí y vengo con un puñado de discos”. A Dos Orientales lo siguen pequeñas hinchadas que se forman en bares en los que son asiduos.

En Japón (y en Argentina) tiene un acordeón porque le parece absurdo cargar con uno en cada viaje, a la vez, necesita tenerlo porque es ese instrumento de desahogo que se puede tocar en cualquier rincón, como la guitarra lo es para otros.

En escena con Albana

Es junio y en el escenario del Centro Cultural Néstor Kirchner de Buenos Aires Hugo Fattoruso interpreta La Papa, una canción que compuso años atrás con su hermano Osvaldo. Mira las teclas del piano, canta, mira las partituras y levanta la vista para mirar más allá. A unos metros Albana Barrocas lleva la percusión. Terminan, sonríen, siguen tocando. Fattoruso es de los músicos uruguayos con varios proyectos a la vez. Cada dúo, trío o cuarteto tiene lo suyo y “se siente distinto, con la esencia que da cada uno”. HA Dúo es su proyecto con la percusionista y con él se presentaron en el CCK. “Lo que conseguimos hacer con Albana me llena de orgullo”, dice. Lo que más le gusta es que la música que hacen se adapta a los públicos más distintos, a escenarios jazzeros o a otros más populares. “No tocamos jazz, pero está esa estructura de los temas que es más jugada. Jazz tocan los americanos, pero nosotros al haber aprendido una cantidad de movimientos armónicos y de cómo improvisar, lo incorporamos. Lo usamos. Así como también hay partes que yo toco tangueado. Soy tanguero porque soy de acá, pero no hago un show de tango”.

Montevideano

Fattoruso es un músico de mundo y este año recibió el Grammy Latino a la excelencia musical, un premio que lo destaca en la escena del continente. Él agradece. Asimismo, su esencia uruguaya se nota, por ejemplo, en el “y ta, es eso” que pronunció en noviembre para terminar su discurso en esa ceremonia. Se nota en su gusto por el tango y en lo agradecido que le está a Jaime Roos por el reencuentro con el acordeón. O, simplemente, porque aunque en el exterior le tiran flores y dicen colegas extranjeros que si quisiera podría vivir muy bien haciendo lo suyo en otros lados, elige Montevideo. Los 30 años que vivió afuera extrañó lo suficiente para estar seguro.

Hugo Fattoruso Foto: Leonardo Mainé
Hugo Fattorus en su casa de La Comercial. Foto: Leonardo Mainé

“Brasil era cerca y al tiempo conseguí buenos trabajos, de buena música y buenos jornales. Pero uno siempre se siente extranjero. Hay muchos lados en los que sé que podría vivir, porque la persona se adapta, pero para qué, si yo puedo estar aquí que es el lugar que prefiero”.

En las puertas del armario blanco también hay un almanaque de 2003 de una firma alemana. Ese año habían elegido retratar festividades típicas de América Latina, y de Uruguay, resalta con una voz que aunque tenue muestra algo de orgullo, fue La Dominguera, “gracias a Neil Weiss, un amigo y productor de Brooklyn que no sé cómo se enteró pero mandó la foto”. Lo guarda porque cuando se es montevideano, cree, hay que elegir barrio y cuerda de candombe. ''Yo soy de Barrio Sur por los Núñez, ‘El Bocha’, La Dominguera y C 1080 para quienes compongo las músicas en los últimos siete años de Teatro de Verano, amén de que nuestro Quinteto Barrio Sur es formado con los Silva". Y sin embargo creció, tocó su primer acordeón y vive en La Comercial.

Fattoruso está en su casa. La misma en la que su familia ha vivido desde hace unas seis décadas. Si se le pregunta qué significa para él, evade la parte de los recuerdos y solo dice que como a todo el mundo, hay cosas que evocan algo. “Acá vivió mi padre, falleció. Mi hermano, falleció. Mi madre, falleció. Te sepultan. Entonces uno también camina con los almanaques porque hay cosas para las que no hay marcha atrás”. Por lo demás, sobre la casa, la mira y comenta que hay que hacerle algún arreglo, que tiene unos 120 o 130 años, que está en condiciones “más o menos”, pero que tener techo no tiene precio: “Es uno de los tesoros, además de salud y trabajo”.

Sobre techo y trabajo el artista uruguayo puede hablar con propiedad. “Hay músicos a los que ya desde el vamos los llaman de muchos lados. Depende lo que toca ese músico. Hay algunos que consiguen trabajos estables en una sinfónica o filarmónica. Pero el trabajo nuestro que es itinerante es un misterio. Y en mi caso, con la música que compongo y con cómo se dieron las cosas, yo no tengo ‘sucesos’, entonces el trabajo es más o menos”.

Hugo Fattoruso y Albana Barrocas. Foto: DIfusión
Albana Barrocas y Hugo Fattoruso en HA Dúo. Foto: difusión

Compara con la época de Los Shakers, que tenía escenarios y discos vendidos, pero que no era hacer música del Río de la Plata, que no tenía nada que ver con Uruguay. Y a su vez, o más allá del gusto, el trabajo no se reflejaba en las ganancias porque habían firmado un contrato malo. “La extravagancia era invitar amigos a cenar y hacernos ropa a medida cada seis meses”.

Lo que vino después le enseñó que vivir afuera no siempre significa triunfar.

Desde el Norte hasta Brasil

Pensar en Fattoruso en Estados Unidos es ir inmediatamente a Opa, el trío pionero en fusionar jazz con rock y candombe. Opa nació del trabajo nocturno que consiguió Ringo Thielmann para él y los hermanos Fattoruso en un bar estadounidense en los años setenta. En las horas altas, cuando había gente, tenían que tocar lo que sonaba en la radio, pero temprano, cuando había solo algunos pocos, podían darse el gusto. “Se corrió la voz de que había un grupo que tocaba algo que nadie sabía bien qué era”. Y con eso hubo interés de otros músicos y productores, y hubo, de nuevo, contratos malos.

Después de Estados Unidos estuvo el regreso. Eran tiempos “de esa tenebrosa idea copia de otro país, algo que no era uruguayo”, dice. Pero eran, finalmente, años en los que empezaba a “aflojar el absurdo” y no hubo problema para que Opa tocara en el Cine Teatro Plaza. En ese toque, con detención incluida al terminar la noche, Fattoruso recaudó unos 1500 dólares. Era una buena suma de dinero, pero no el suficiente para radicarse tranquilo sin conseguir trabajo, cosa que como temía no sucedió.

Lo que lo salvó fue Brasil, el país que le dio “dos ángeles de la guarda”. El primero es Geraldo Azevedo, quien lo llevó y le prestó una guitarra caipira para despuntar el vicio por el año y medio que estuvo sin su piano, y quien ofició de contacto para conseguir trabajo. “Sin él habría tenido que regresar”. El segundo fue Djavan. A él le agradece el lugar en la banda que lo llevó a Japón en el 85. Y con Japón vino Tomohiro, más música, y esa pasión que ya se sabe.

—La música le ha dado frustraciones, ¿pero nunca pensó abandonarla?

—Yo soy músico. He trabajado como mecánico de motos, trabajé un poco como fotógrafo. Como limpiador, mensajero. Eso en la vida, en Estados Unidos, en Argentina, en todos lados trabajé de otras cosas para subsistir. No es fácil, nada fácil. En Brasil son 200 millones de habitantes, son muchos músicos pero hay mucha plaza, entonces sobrevivir es más sencillo porque es más corto el saltito de una piedra a la otra, aquí los saltos son más separados. Pero es que la música está en mi alma. Así que por suerte de un tiempo a esta parte yo sobrevivo de esta pasión.

Sus cosas

El acordeón

El primer instrumento que tocó fue el acordeón, uno de estudio que le dejaron los Reyes en su infancia. Pasó 15 años sin tocar y gracias a unos temas que compuso Jaime Roos se reencontró: “Me recontra enamoré, empecé a componer temas”. Hoy tiene un acordeón en Argentina, otro en Japón, y un disco dedicado al instrumento.

Un teclado antiguo

El tiempo que estuvo sin su piano en Brasil contaba con la guitarra caipira que le había prestado Geraldo Azevedo y con un mini teclado Casio con el que componía y llegaba a tocar en vivo. “Con esto tenía compañía. Fue el primer secuenciador que conocí, y tiene 120 notas”. Todavía lo guarda.

Budismo

Su casa transmite la energía del budismo. Sabe que para hacer comprender es necesaria una charla extensa. En su caso, hace 43 años que le llamó la atención el budismo Nichiren Daishonin, y desde entonces lo estudia y practica. “Es fundamental, cambió todo. La manera más alta de rezar es pedir por el otro dentro del descontrol que hay en este planeta”.

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