VIAJES

Un mochilero uruguayo narra su travesía por Bolivia, el corazón de Sudamérica

En un mundo prepandemia, el mochilero uruguayo Daniel Noya viajó al centro de Latinoamérica, donde se dejó cautivar por la mística La Paz y sus ruinas, para luego someterse a la selva.

La Paz, Bolivia. Foto: Daniel Noya
La Paz, Bolivia. Foto: Daniel Noya

"Bolivia es geográficamente el corazón de nuestro continente sudamericano. En nuestro viaje anterior en el que recorrimos Sudamérica, fuimos de Perú a Chile sin pasar por Bolivia. Se convirtió en una gran asignatura pendiente”, escribe Daniel Noya, un viajero intrépido uruguayo.

En su travesía siguiente, el mochilero decidió saldar su deuda con el país de alturas impresionantes. En esta primera entrega, Daniel narra sobre La Paz y la profundidad de la selva boliviana.

La altitud de La Paz

Tras la escala en Santiago, llegamos al Aeropuerto Internacional El Alto, el más alto del mundo, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar. Nuestro plan es quedarnos en La Paz, pasar Fin de Año y Año Nuevo y luego movernos a la selva boliviana. Sentimos la altura en los primeros pasos. En el bus que nos lleva al centro ya estamos fascinados e hipnotizados por el lugar, su gente, colores, música y movimientos. La ventana se convierte en un trailer de lo que vamos a vivir.

Tras descansar, salimos a ver el mundo mágico de las calles paceñas. Es la Sede de Gobierno del Estado Plurinacional de Bolivia. Llegamos un par de meses después de los incidentes políticos, del nuevo gobierno boliviano y de la salida de Evo. En las calles se puede percibir el miedo e incertidumbre de la gente. Entre los lugares increíbles de La Paz destacamos su Plaza Murillo y su Palacio Presidencial, llamado “Quemado” por su vínculo con los sucesivos golpes e incendios políticos a lo largo de la historia.

Recorremos el mercado de las Brujas; hay todo tipo de amuletos y objetos tradicionales, que son comprados como remedio para los más diversos males. Plantas curativas, yuyos, pociones para luchar contra los malos espíritus, fetos de llama. Según la creencia, si se entierran estos fetos bajo la tierra sobre la que se va a construir una vivienda, se augura buena fortuna. Todo esto es mágico.

Continuamos hacia la calle Jaen. Es pequeña, hermosa y traslada a la Bolivia colonial. La piedra y los balcones dominan la calle. Hay 10 museos que trabajan diversos aspectos de la cultura paceña. A la vuelta de cada esquina se aparece el custodio de la ciudad: el Illimani, la gran montaña que cuida, protege y observa a La Paz. El mejor lugar para verlo es el mirador Killi Killi.

Otro sitio que nos impacta es la enorme ciudad que se encuentra por sobre La Paz: El Alto. Ahí es donde están, mayormente, los sectores más pobres. Sus calles están repletas de personas y de mercaderías y, si llamamos a La Paz “el techo del mundo”, realmente no sé cómo decirle a El Alto, a una altitud de 4.150 metros.

Una de las visitas clásicas es el Valle de la Luna, una formación en las alturas de la localidad, que se creó a partir de la erosión de la parte superior de una montaña. Se puede visitar en una hora.

Hacemos la caminata, el calor es insoportable. En uno de los descansos un hombre del lugar hace música con una flauta. La gente se detiene y disfruta del momento en donde la música se pasea por todos los recovecos generados por la erosión.

Otro gran lugar son las ruinas de Tiahuanaco y su Puerta del Sol. Las primeras están ubicadas a 3.885 de altitud, a 70 kilómetros de la ciudad de La Paz, por carretera, y a unos 15 kilómetros del mítico Lago Titicaca. Tiahuanaco es una de las culturas americanas más duraderas y estables; desde el 1500 a.C. hasta el 1200 d.C. Se han llegado a encontrar vestigios en Perú, Ecuador, Chile y Argentina. Tuvieron un gran desarrollo en agricultura, arquitectura y ciencias.

La foto clásica del lugares en la Puerta del Sol. Se trata de una obra labrada en una sola pieza de piedra. Tiene tres metros de altura y cuatro de ancho. Su fachada presenta un tallado de figuras humanas ubicadas en torno a una central, el Dios Sol. Los investigadores dicen que se trata de un perfecto calendario que determina los ciclos agrícolas.

Nuestro objetivo tras salir de La Paz es pasar por el pueblo Coroico para luego llegar al Parque Nacional Madidi, una enorme extensión selvática con lugares totalmente desconocidos para el ser humano.

Atravesamos la “Ruta de la Muerte” en auto; los más valientes lo hacen en bicicletas por caminos estrechos, con barrancos y bajadas impresionantes.

Adentrarse en la selva boliviana

El camino a la selva es muy difícil. La lluvia genera un gran barreal y cada tantos minutos parece que tenemos que abortar nuestro plan. Ríos desbordados, grandes charcos, de los que se desconoce la profundidad, barrancos que se desmoronan, puentes destrozados por la fuerza de la naturaleza son nuestro paisaje durante horas.

Nuestro destino es Rurrenabaque, la ciudad en la selva boliviana que nos lleva al Parque Nacional Madidi. Es una hermosa y pintoresca ciudad a los pies del río Beni. Hacemos el trayecto en tres autos y finalmente llegamos de noche.

Parque Madidi. Foto: Daniel Noya
Parque Madidi. Foto: Daniel Noya

A Madidi partimos con un amigo chileno, Paulo, y nuestro guía Ignacio, un lugareño. Navegamos largamente, apreciando paisajes increíbles y únicos. Las aves vuelan por encima nuestro, vemos movimientos en los árboles sin poder apreciar bien. Nos vamos metiendo en la selva. La selva se mete en nosotros.

Es una mezcla perfecta entre el caótico ruido de animales y un silencio que se corta únicamente por el golpe del agua en el bote. Llegamos a una pequeña comunidad indígena. Nos cuentan sus costumbres, aprendemos a obtener jugo de las cañas de azúcar. Son los indios Tacana que habitan estas orillas hace mucho tiempo.

Nos metemos en el Madidi, uno de los parques con mayor biodiversidad en el mundo. Nos instalamos en el campamento para visitantes. El calor es permanente y los mosquitos están haciendo un banquete con nosotros. Recorremos día y noche. Nacho nos cuenta de los árboles, plantas, animales, tradiciones y leyendas. Vamos con linternas y en determinado momento nos quedamos quietos y nos dice que apaguemos las luces. Son segundos, pero es interesante como agudizamos los otros sentidos cuando dejamos de lado la vista. Escuchamos, sentimos, vemos con el cuerpo. La selva nos está protegiendo.

No hay sendero por el cual caminar; Nacho nos va metiendo y es increíble su sentido de ubicación. Llegamos muy cansados a las chozas y dormimos envueltos en mosquiteros y en un ruido armónico de vientos, flora y fauna. Estamos muy metidos adentro de la selva. Nos sentimos lejos y eso nos gusta. La lejanía es algo buscado.

Continuamos con el viaje y nos dirigimos a las “pampas del Yacuma”. Aquí nos encontramos con los humedales bolivianos; muy similares al pantanal brasileño. Es toda una extensa área inundada donde pasamos con el bote por las ramas superiores de los árboles. Los caimanes nos estudian minuciosamente. Los monos se suben al bote y curiosean y hasta nos roban un paquete de galletitas.

También hay aves y tortugas. La figurita más difícil es el famoso delfín rosado, a quien pudimos ver de forma muy fugaz. Los mosquitos son feroces y no perdonan.

Regresamos a “Rurre” como dicen los lugareños. Nuestro objetivo es ir hacia el sur, específicamente a Uyuni y a su famoso y gigante salar. Nos aparece una promoción espectacular para volar desde Rurre a Uyuni y la aprovechamos. Aprendimos a entender los guiños del destino.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados