SALUD

Los mitos del aceite de coco

Para empezar, no es un aceite. Y hay suficiente evidencia científica para relegar este producto al consumo ocasional.

aceite de coco
Foto: Shutterstock.

El aceite de coco sigue promocionándose como un alimento milagroso. Sus impulsores, entre quienes hay varias celebridades, afirman que promueve la pérdida de peso, disminuye la presión arterial y la glucosa en la sangre, protege de enfermedades coronarias, aumenta la energía, reduce la inflamación, borra las arrugas e incluso combate la enfermedad de Alzhéimer. Además, tiene un sabor delicioso, entonces, ¿qué podría tener de malo? Si se creen todo eso, me ofreceré a venderles el puente de Brooklyn.

“Cuando veo un producto con una larga lista de cosas que se supone que puede reparar, sé que no puede ser cierto”, dijo Marion Nestle, especialista en nutrición y políticas alimentarias de la Universidad de Nueva York. “El aceite de coco ha adquirido un aura saludable como si fuera un superalimento y mucha gente cree que es verdad. Caen en el pensamiento mágico y tienen que detenerse y pensar: ‘Quieren venderme algo’”. Sin embargo, una encuesta realizada en 2016 reveló que el 72% de los estadounidenses consideraban al aceite de coco como un alimento saludable.

Hace un tiempo, Karin Michels, directora del Instituto para la Prevención y Epidemiología de Tumores de la Universidad de Friburgo y profesora de la Escuela de Salud Pública TH Chan de la Universidad de Harvard, aseguró en una conferencia que el aceite de coco es “uno de los peores alimentos que se puede ingerir”, calificándolo incluso de “puro veneno”, por la gran cantidad de grasas saturadas que contiene.

Ya es hora de retirarle al aceite de coco una reputación que la evidencia científica demuestra que no merece y darles la oportunidad a los consumidores de tomar esos US$ 40 que quizá iban a gastar en una botella de 940 mililitros de aceite de coco y mejor invertirlos en alimentos que realmente puedan mejorar su salud.

Espero que las pruebas científicas que se muestran a continuación los convenzan de relegar el aceite de coco al estatus de, digamos, el helado: un lujo ocasional que es mejor consumir en cantidades modestas para disfrutar su sabor y textura.

En primer lugar, examinemos exactamente qué es el aceite de coco. En realidad, no es un aceite, al menos no cuando está a temperatura ambiente para la mayoría de la gente que vive en el hemisferio norte. Es más parecido a la mantequilla o al sebo de ternera, pues se solidifica cuando se enfría.

Esa es la primera pista que delata el hecho de que, a diferencia de la mayoría de los otros aceites derivados de plantas que contienen en su mayoría ácidos grasos insaturados, el aceite de coco es una grasa altamente saturada, de hecho, está un 87% saturado, mucho más que la manteca (63%) o el sebo de ternera (40%).

La mayoría de los expertos recomienda limitar las grasas saturadas, que pueden elevar los niveles de colesterol y provocar obstrucción en las arterias. Aquí entran también la crema de leche, los quesos grasos, los embutidos; básicamente, los productos de origen animal. Pero también el aceite de palma.

El aceite de coco tampoco es un alimento dietético. Al igual que otros aceites vegetales, una cucharada de aceite de coco contiene 117 calorías, 15 veces más que una cucharada de manteca.

Tal vez hayas escuchado la afirmación de que el principal ácido graso en el aceite de coco, llamado ácido láurico, no actúa como una grasa saturada en el cuerpo. No es cierto. Su comportamiento se parece más al de la gasa vacuna y la manteca, los cuales pueden promover la enfermedad vascular aterosclerótica, la primera causa de muerte en Estados Unidos y otros países.

Para comprender mejor cómo se comporta el aceite de coco cuando se ingiere, consulté a dos expertos, Frank M. Sacks, especialista en nutrición y enfermedades cardiovasculares de la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de la Universidad de Harvard, y Philip Greenland, profesor de Cardiología en la Escuela de Medicina Feinberg en Chicago.

“Desde hace mucho tiempo se sabe que el aceite de coco eleva los niveles de colesterol LDL en la sangre, el cual es dañino para las arterias, y las investigaciones más recientes han confirmado esas primeras nociones”, me comentó Sacks. Al momento de preparar un editorial publicado en marzo del año pasado en la revista Circulation, dijo: “No pude encontrar nada en la literatura científica que respaldara las aseveraciones publicitarias de que el aceite de coco tiene algunos efectos benéficos”.

Una visión uruguaya

Uno de los aceites que más se ha puesto de moda recientemente en Uruguay es el de coco, no solo para cocinar sino también para aplicar al cabello o incluir en los tratamientos faciales. Pero la cosmetóloga médica Paola Machado advirtió en una nota publicada en El País en setiembre de 2020 que hay que tener mucho cuidado con él porque es sumamente comedogénico.

“Eso quiere decir que obstruye los poros y puede generar reacciones acneiformes. No es que genere acné, sino que provoca reacciones como los comedones, que son los comúnmente llamados puntos negros”, aclaró la cosmetóloga. Por eso, si de higiene de piel se trata, si se recurre a un producto oleoso lo mejor es que no sea aceite de coco.

Machado recomendó apelar al aceite de jojoba, de girasol, de palta o aguacate, de oliva o de argán, que es otro que está muy en boga. “Son los que menos producen obstrucción de los poros”, apuntó.

También en Uruguay se están popularizando los productos cosméticos elaborados con aceite de cannabis.

Una de las afirmaciones sobre el aceite de coco es indiscutible: puede elevar los niveles en la sangre del colesterol HDL, que desde hace mucho se piensa que ofrece protección contra las enfermedades coronarias. Sin embargo, aún no se ha demostrado un caso claro de beneficio para la salud del colesterol HDL en personas.

Así lo informó Sacks: “Hasta ahora, los estudios genéticos y los medicamentos que aumentan los niveles de HDL no han respaldado una relación causal entre el colesterol HDL y las enfermedades cardiovasculares. El HDL está compuesto por una enorme gama de subpartículas que podrían tener conductas adversas o benéficas. Se desconoce cuáles son los alimentos o nutrientes que elevan el colesterol HDL, si es que los hay, y lo hacen de tal manera que reducen los eventos coronarios y de aterosclerosis”.

Greenland piensa exactamente lo mismo. “Los esfuerzos por elevar los niveles de colesterol HDL no han propiciado mejoras clínicas favorables”.

A los proponentes también les encanta citar el hecho de que varios pueblos indígenas -como los polinesios, los melanesios, los esrilanqueses y los indios- consumen cantidades bastante grandes de productos de coco sin sufrir altas tasas de enfermedades cardiovasculares.

Sin embargo, la mayoría de estos pueblos tradicionalmente comen la pulpa del coco o exprimen la crema del coco como parte de una dieta baja en alimentos procesados y rica en frutas y vegetales, pues el pescado es su principal fuente de proteína. También tienen mucha más actividad física que el occidental promedio.

No obstante, ahora incluso esta dieta está cambiando, según informó un equipo de investigación de Nueva Zelanda, con las “importaciones de alimentos no saludables como carne encurtida, comida rápida e ingredientes procesados que derivan en increíbles aumentos de obesidad y salud precaria”.

La revisión que hizo el equipo de 21 estudios sobre el consumo de aceite de coco lo llevó a la conclusión de que consumir productos de coco que contienen fibra, como la pulpa y la harina de coco, como parte de una dieta rica en grasas poliinsaturadas y privada de calorías excesivas provenientes de carbohidratos refinados no plantearía un riesgo de padecer enfermedades cardiacas. Sin embargo, los investigadores no encontraron evidencia alguna que justificara sustituir el aceite de coco por otros aceites vegetales insaturados.

O como dijo Nestle: “Si te gusta su sabor, está bien que lo consumas en cantidades limitadas, pero no es para nada un superalimento”. No obstante, agregó, si quieres usar el aceite de coco en tu cabello o tu piel, no hay problema.

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