HISTORIAS
La Wilband viajó a Brasil para competir en la Copa América de bandas marchantes y trajo cuatro trofeos. Ahora sueñan con ir al Mundial en julio de 2023 pero esa meta requiere otro apoyo.
La Wilband está de fiesta y se nota en la fachada de su sede. En la esquina de Marcelino Sosa y San Martín hay globos blancos, negros y amarillos colgados y una enorme pancarta con la inscripción ‘Campeones hoy y siempre, orgullo de las familias’. Son los restos tangibles de la bienvenida sorpresa que organizaron padres y madres de los 32 niños y adolescentes que viajaron a Itapema (Brasil) a disputar la Copa América de bandas marchantes y demostraron que Uruguay es más que fútbol. Una sorpresa que incluyó caravana por Avenida Italia entre bocinazos, banderas, carteles, ovación, aplausos y hasta fuegos artificiales al llegar a la sede.
El despliegue no fue exagerado. Había motivos de sobra. La travesía organizada a pulmón durante un año había superado todas las expectativas y correspondía tirar la casa por la ventana. “¿Esta es toda tu banda?”, preguntaron atónitos los organizadores del evento a Wilder Quiroga, director de la Wilband Uruguay, al verlos bajar del ómnibus después de 30 horas de viaje. “Así es”, contestó con el pecho inflado.
Compitieron contra más de 30 bandas de primer nivel y a pura garra charrúa se trajeron cuatro trofeos: un primer premio en la categoría banda de marcha junior, otro en balizas (el destaque fue para Eric, de 9 años), un segundo premio en banda show senior y otro en cuerpo coreográfico.
Esos intensos cuatro días fueron mágicos. El brillo en los ojos y la sonrisa pintada en el rostro lo dice todo. Las copas descansarán en una vitrina y los hermosos momentos vividos no se borrarán jamás de la memoria de la delegación formada por 32 integrantes de la Wilband y 10 adultos que acompañaron.
“En una parte del show pedimos aplausos y ver toda la tribuna aplaudiendo es una sensación única. Yo estaba temblando y llorando. Es gente que no te conoce, no sabe quién sos, pero te ve el alma, lo que transmitís y te llega tremendamente”, indica a Revista Domingo Candela Rodríguez, trompetista de 15 años.
Las bandas marchantes están tan integradas a la cultura brasileña que cada escuela tiene una. En Uruguay estamos a años luz. Por eso dar pelea ante semejantes monstruos fue una alegría inmensa: “Uno se compara con otras bandas y dice ‘con esto no podemos competir’. Gracias a la garra charrúa pudimos hacerles frente con mucho orgullo”, expresa Fabricio Peña, primer trombón de la banda.
Wilder resume la experiencia con una imagen para encuadrar: “Ver pasar a tu pabellón y que todo el mundo lo aplauda es maravilloso. Salir a representar a tu país y ser reconocido por otra cosa que no sea fútbol está impresionante. Uno de los jurados se arrimó y me dijo ‘otra vez dieron un Maracanazo’”, dice conmovido.
Una sede que es academia y hogar
La Casa de Wilband, en Marcelino Sosa y San Martín, es también la primera escuela de marching bands del Uruguay, donde 25 alumnos aprenden distintos instrumentos, pero ante todo es un segundo hogar para el que se acerca. Wilder padre abría las puertas de su casa para sus alumnos, su hijo quiso replicar la historia y lo logró. Sherin, Candela y Fabricio no se cansan de repetir que la Wilband es una familia, el lugar donde han aprendido a tocar, a marchar, y sobre todo valores. Sienten que la principal cátedra aquí es de compañerismo.
Germen
La primera vez que Wilder desfiló tenía 2 años y lo hizo como mascota de Los Panteras Negras del colegio San Javier, banda marchante que su padre (también llamado Wilder) dirigía en Tacuarembó. Pasaron 54 años y la pasión está intacta. La historia de la Wilband comenzó a escribirse en 2005. El retiro de su padre coincidió con el nacimiento de Maia, su hija mayor, y Wilder pensó ‘es momento de hacer una banda de la familia’. La bautizó Wilband en honor a su padre y cada familiar ocupa su rol: Wilder dirige, su esposa Alejandra Marín coordina, Maia es sub directora, Amadeo (su hijo de 12 años) es percusionista y su hermana Dahyam se encarga del cuerpo coreográfico.
La Wilband, explica el fundador, nace con el afán de ofrecer a los jóvenes un espacio donde ocupar su tiempo libre rescatando valores. “La finalidad de las bandas es brindar herramientas a los jóvenes para el futuro. Al músico nunca le va a faltar un plato de comida porque te subís a un ómnibus y hacés la moneda”, apunta.
A pulmón

El primer viaje que Fabricio hizo al exterior fue con la Wilband: en julio de 2022 fueron a Tucumán a participar de los festejos por la independencia argentina. No fue el único de los 37 integrantes de la banda -cuyas edades van de 8 a 36 años- que cruzó la frontera gracias a la banda. Hacerlo demanda un esfuerzo mancomunado del grupo. Llegar a Brasil implicó desembolsar US$ 7.500 (US$ 200 por cabeza) para pagar los pasajes, ya que la invitación incluía estadía en un centro cultural y las comidas.
Cada uno aportó su granito de arena para la financiación. En una etapa inicial, se armaron ollas criollas en la sede gracias a un fogón que fabricó un papá. La abuela de uno de los chicos administra propiedades en Punta del Diablo y regaló una estadía para dos personas y una cena y esa rifa fue un boom: “La vendimos barata y casi todos los se pagaron su pasaje gracias a eso”, cuenta Wilder.
Uno de los jóvenes no llegaba al monto para poder viajar así que cinco compañeros salieron por las calles a tocar a la gorra y consiguieron los tres mil pesos que le faltaban para completar.
El trabajo de hormiga dio sus frutos
Los trofeos traídos de la Copa América de Brasil no son los únicos premios de los que pueden ostentar. Ganaron una medalla de bronce en el Sudamericano de 2012 y una de plata en la primera copa virtual de bandas organizada por The World Association of Marching Show Bands en Malasia, en 2020. La conquista en Montevideo fue a paso lento. Al principio, dice Wilder, rogaban para estar en los eventos, hasta que en 2017 se convirtieron en la primera banda marchante en participar del Desfile Inaugural del Carnaval por 18 de Julio.
Conquistas

En la sede de la Wilband funciona también una escuela de música. La academia surgió como necesidad: en 2015 Wilder empezó a enseñar en su domicilio para salir a tocar con la banda. “Hace cinco años nos mudamos, dejamos de pagar alquiler para nuestra casa, alquilamos el local en San Martín y fundamos la Casa de Wilband para que la banda tuviera su lugar de pertenencia”, relata. En 2014, además, se constituyeron como una Asociación Civil sin fines de lucro.
El 2022 es su año. A los premios de la Copa América, se suma que al fin lograron que el Codicen les entregara una propiedad en comodato y pronto mudarán la sede. Habían presentado un proyecto en 2015 con el fin de dejar de pagar alquiler y no habían tenido respuesta hasta marzo pasado: Wilder recibió el llamado de la secretaria de Robert Silva, presidente del organismo, que le consultaba si el proyecto seguía en pie. “Quiero que sepa que el consejo encontró el expediente, le llamó mucho la atención y están dispuestos a apoyarlo”, le dijo.
Acto seguido, le explicó los pasos a seguir para legalizar la empresa y en septiembre les entregaron la enorme casa en Millán y Cubo del Norte que, entre todos, transformarán en una gran escuela.
“Ahora que pasó el campeonato nos vamos a abocar a la limpieza, que obviamente la haremos entre todos. Vamos a ir a cortar el pasto, a pintar las paredes porque es un lugar para la banda”, apunta la coordinadora Alejandra Marín.
La Wilband sueña en grande y la próxima meta es conseguir apoyo para viajar a Estados Unidos a representar a Uruguay en el Mundial de bandas marchantes en julio de 2023. En un principio rechazaron la invitación: hacer frente a los US$ 1.500 por persona que vale el pasaje parecía muy loco. Pero este grupo se alimenta de hazañas, agarró viento en la camiseta y sabe que lo último que se pierde es esperanza. Así que por qué no intentar.
Aplauso, medalla y beso
Llegaron a la Copa América gracias a que Jurema Goes, modista brasileña que les hizo uniformes, le habló bien de ellos al organizador del evento. Salieron el jueves 20 a las nueve de la mañana y a las seis ya estaban los cuatro jefes de grupo de la banda en la sede para controlar uniforme por uniforme, verificar que cada equipaje tuviera su nombre y que no faltara nada. Llevaron empanadas y tortas que hicieron los padres para tener “gasto cero”. Yicel Rosado, mamá de Santiago Garrido, viajó con ellos y colaboró en todas las canchas: peinó, maquilló, remendó uniformes y hasta fue enfermera. “Acompaño siempre a los chiquilines. Es una familia”, asegura. Sherin Escobar (14), que todo lo que sabe de percusión lo aprendió con Amadeo, dice que la bienvenida con caravana fue tan inesperada como emotiva: “Es muy lindo saber que llegás y sos el orgullo de tu familia, y te esperan con aplausos y regalos”.