JUAN ANDRÉS ELHORDOY
El señor K emitió varios cheques para pagar sus cuentas mensuales. Sabía que con el depósito que había hecho en su cuenta el día anterior, le daría para cubrirlos sin sobresaltos ni sobregiros. Para mayor seguridad, preguntó al aportillado del Banco sobre los paros previstos por AEBU.
Como se sabe, hace cuarenta y cinco días que el sindicato de empleados bancarios se moviliza en procura de acordar un nuevo convenio salarial para el sector oficial.
Desde que venció, el 30 de junio pasado, el sindicato y representantes de distintas organizaciones públicas vienen negociando a un paso demasiado lento.
Para acelerar el tranco y negociar desde una posición de fuerza, AEBU inició paros parciales y prohibió la realización de horas extras que afectaron durante varios días al clearing.
Las reivindicaciones se sostienen en dos pilares:
1) Está asociada al nuevo sistema nacional integrado de salud. Como los trabajadores deberán aportar más al Fondo Nacional de Salud a partir de enero, el gremio reclama que sean las instituciones las que se hagan cargo de esta nueva deducción. Además, pide el mantenimiento de todos los beneficios de salud para activos, pasivos y sus respectivas familias.
2) Está muy emparentada con la reforma tributaria. AEBU pide aumentos salariales por encima de la inflación pasada, que tomen en cuenta la pérdida de salario real de los trabajadores. En este punto hay que mencionar que la mayoría sufrió una disminución de sus sueldos por la aplicación del IRPF. A esto hay que sumar que el sector aporta más por seguridad social.
Entiendo que un sector importante de la población tiende a ver a los empleados bancarios como privilegiados. Y con razón. Pocos son los sectores que brindan tantos beneficios para trabajadores y sus respectivas familias.
Tampoco hay duda que los salarios promedio se ubican por encima de otros rubros de la economía.
Pero esto no le quita derecho a reclamar mejoras en las condiciones de trabajo.
Una idea recurrente, producto de la pobreza mundana que impera por estos lares, tiene que ver con la necesidad de emparejar para abajo; de castigar eficientes, exitosos o buenos negociadores.
Volviendo al abrumado señor K, debe decirse que poco le importa el conflicto bancario. Sólo le interesa que su banco funcione y que pueda operar con normalidad y agilidad. Pero en este caso, olvidó que todo conflicto bancario esconde múltiples vericuetos que lo trascienden.
Descubrió que el banco demoró una semana en acreditarle el cheque que había depositado. Extrañado por la situación, se contactó con el emisor. Menuda sorpresa se llevó cuando éste le confirmó que su institución le había debitado el importe correspondiente al otro día.
¿Cómo puede ser posible que un dinero que sale de una cuenta para acreditarse en otra, pasa una semana sobrevolando quién sabe qué parte del mundo?
El señor K mucho se parece al protagonista de El Proceso, de Kafka. "Siente sobre sí el peso de una organización deshumanizada que acaba destruyendo al desorientado y agonizante sujeto".
Ante las puertas de la Ley, intenta sortear a aquél guardián "con su largo abrigo de pieles, su larga nariz puntiaguda, la larga y negra barba de tártaro". "Pero éste no se moverá de la puerta y el protagonista morirá ante ella sin haber logrado franquearla".
Cualquier hecho real similar al ocurrido al señor K, no es pura coincidencia.