PATRIMONIO

Joyas ocultas de la Biblioteca Nacional: lo que casi nadie conoce

No solamente hay libros en la Biblioteca. También atesora manuscritos originales, cuadros, mapas, medallas, fotografías, postales, afiches y elementos de uso personal de los autores.

Muñeca Delmira
Muñeca que perteneció a Delmira Agustini.

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El 4 de agosto de 1815, el presbítero Dámaso Antonio Larrañaga envió una carta al Cabildo de Montevideo, en la cual proponía suplir con buenos libros la falta de maestros e instituciones. Planteó la necesidad de crear una biblioteca pública a la que pudiesen concurrir los jóvenes y todos aquellos que quisieran acceder al conocimiento. El propio Larrañaga se ofreció para desempeñar la función de director y solicitó un edificio para instalarla, a lo que le respondió José Artigas: “Yo jamás dejaría de poner el sello de mi aprobación a cualquier obra que en su objetivo llevase esculpido el título de la pública felicidad. Conozco las ventajas de una biblioteca pública y espero que usted coopere con el esfuerzo e influjo a perfeccionarla”.


Esta es, palabras más, palabras menos, la historia oficial de cómo se gestó la Biblioteca Nacional del Uruguay, que como su nombre lo indica, se construyó sobre pilares de libros, con la intención de que estos fueran accesibles a todo público. Pero la institución hoy es un gigante que no solamente atesora textos impresos. También cuenta con documentos y manuscritos originales, cuadros, medallas, monedas, mapas, afiches, postales, fotografías y elementos personales que pertenecieron a famosos escritores.

Estos fondos están separados básicamente en tres archivos, a los cuales solo se puede acceder con un carnet de investigador que se entrega a quienes hacen un trámite previo explicando los motivos de su interés. Por otra parte, muchos archivos están digitalizados e incluso son de libre acceso a través de la página web de la Biblioteca Nacional. La intención de la actual administración es continuar con ese proceso, para lo cual ya se han hecho algunas inversiones en tecnología.

Las tres unidades que conservan estas joyas del patrimonio cultural son el Archivo Literario, la Sala Uruguay y la Sala de Materiales Especiales.

Espada Acevedo Díaz.
Espada que perteneció a Acevedo Díaz.

Sala Uruguay

Margarita Venturini es la encargada de la Sala Uruguay. Trabaja hace 37 años en la Biblioteca Nacional y seis en esta área en la que se conservan libros y folletos a partir de 1806, únicamente de autores nacionales y extranjeros que publicaron en Uruguay o escribieron afuera sobre nuestro país.

“Hay mucha cosa digitalizada, en estos momentos estamos en ese proceso de ver qué es lo que está digitalizado y qué no. Esas colecciones pueden verse en la página de la Biblioteca, se puede ingresar por la web sin necesidad de venir acá”, dice la bibliotecóloga a Revista Domingo.

Entre las “joyas” que se conservan en la Sala Uruguay hay una publicación original de la primera Constitución de 1830, está la Oración Inaugural de la Biblioteca de 1816 (que en ese entonces se encontraba en los altos del Fuerte de Montevideo, actual Plaza Zabala) y una edición del Quijote de la Mancha impresa en nuestro país en 1830. También hay primeras ediciones de José Enrique Rodó, Mario Benedetti y del resto de los principales autores uruguayos, junto con unos 100.000 folletos (materiales de hasta 70 páginas) y documentos impresos en la época (de Rivera, Lavalleja u Oribe, por ejemplo) que están encuadernados.

En la Oración Inaugural del presbítero Larrañaga, que se conserva en la Sala Uruguay, el primer director de la institución expresó: “Una biblioteca no es otra cosa que un domicilio o ilustre asamblea en que se reúnen, como de asiento, todos los más sublimes ingenios del orbe literario o por mejor decir, el foco en que se reconcentran las luces más brillantes que se han esparcido por los sabios de todos los países y de todos los tiempos. Estas luces son las que el ilustrado y el gobierno vienen a hacer comunes a sus conciudadanos”.

En la Sala Uruguay, ubicada en la planta alta del edificio, el silencio es sepulcral. Solamente se atiende al público con agenda (primero es necesario tramitar la acreditación de investigador) y actualmente se están recibiendo a unas cinco personas por semana, aunque antes de la pandemia concurrían unas 25 o 30, señala Venturini.

“Este espacio es para investigadores, pero tampoco es algo tan estricto. Si una persona va a la Sala General, que es para todo el mundo y lo que quiere consultar está solamente acá, se lo va a atender de todas maneras”, anota. En la Sala Uruguay hay deshumidificadores y cámaras. Y es el único lugar que tiene alarma.

Constitución 1830
Ejemplar de la Constitución de 1830 que se conserva en la Sala Uruguay. Foto: Leo Mainé.

Sala de Materiales Especiales

También son muy pocos los investigadores que hacen uso, de modo presencial, de la Sala de Materiales Especiales: apenas unos 20 al mes, aunque es posible hacer solicitudes vía e-mail. En esta parte de la Biblioteca Nacional solamente hay libros anteriores a 1850 y otro tipo de elementos como mapas, cuadros, fotos, medallas, monedas, partituras, postales, afiches y programas de teatro del siglo XIX. Entre esos afiches hay uno, de buen tamaño, de la Gripe Española de 1918, con recomendaciones a la población muy similares a las de la actual pandemia del coronavirus.

“Tenemos por ejemplo la colección de fotografías que se le compró al historiador Aníbal Barrios Pintos o las fotos originales de la Guerra del Paraguay (1864-1870). También hay manuscritos históricos y láminas”, dice la responsable del área, Gabriela Jaureguiberry, a Revista Domingo.

Jaureguiberry destaca entre tantos elementos únicos e irrepetibles un breviario de cantos gregorianos, realizado por algún monje amanuense hacia el 1400 para el rezo en horas litúrgicas. El tomo, de porte considerable, está encuadernado con clavos, madera y cuero.

Otra de las joyas de la Sala de Materiales Especiales es el libro más pequeño que posee la Biblioteca, de 10 x 15 milímetros. Se trata de una obra de Galileo Galilei, reimpresa en 1830, que se mantiene en una cajita transparente para preservarla porque su estado no es el mejor y prácticamente es imposible restaurarla.

“También hay láminas interesantísimas de Montevideo Antiguo y un plano gigante de la ciudad de 1836 hecho en cuero (que se encuentra colgado en una de la paredes en la que no se prende la luz para conservarlo mejor). Del mismo modo, hay muchos manuscritos originales, de Oribe y Rivera, por ejemplo”, sostiene la funcionaria.

En esta sala se encuentren los incunables, es decir aquellos libros que fueron impresos entre 1450 y 1500, luego de la invención de la imprenta moderna por parte de Johannes Gutenberg. “Tenemos 11 europeos y siete americanos”, apunta Jaureguiberry, quien ingresó a la Biblioteca en 1985 y trabaja en la Sala de Materiales Especiales desde 2016.

Entre los cuadros destacan los de Augusto Torres y la obra plástica de Delmira Agustini, mucho más conocida como escritora que como pintora. En esta colección destaca un cuadro con flores con una curiosa perforación: según la leyenda, se trata del orificio de una de las balas que mató a la poetisa, la cual fue asesinada a manos de su marido, Enrique Job Reyes, en 1914. También hay un cuadro de Édouard Manet, pero no está exhibido.

“Hace años que no se compran cosas, aunque se reciben donaciones”, dice Jaureguiberry. La Biblioteca Nacional se nutre con la Ley de Depósito Legal, por la cual las editoriales deben enviar copias de los nuevos libros que se imprimen en Uruguay, por lo que cuenta con un ingreso permanente de materiales.

“Desde hace muchos años se está llevando adelante una política de preservación, más allá de que se está digitalizando todo. Pero hay mucho material y faltan recursos humanos, sobre todo en la parte de restauración, donde además no hay mucha gente formada”, sostiene la responsable de la Sala de Materiales Especiales, donde existe una cámara refrigerada y con control de humedad para guardar las fotografías. Además, en esta área, la mayoría de los documentos, incluyendo los grandes mapas y afiches, se conservan dentro de sobres de plástico (mylars).

Libro cantos gregorianos
Breviario de cantos gregorianos, datado aproximadamente en el año 1.400.

Archivo Literario

Gastón Borges es licenciado en letras, tiene una maestría en investigación para teatro (literatura dramática) y lleva 10 años trabajando en la Biblioteca Nacional. Está a cargo del Archivo Literario desde hace un año.

“Acá tenemos básicamente papelería personal de unos 150 autores nacionales. También hay algunos objetos que se vinculan con esas colecciones, pero son una parte menor”, dice Borges a Revista Domingo.

El Archivo Literario de la Biblioteca Nacional es una joya en sí misma, con posibilidades infinitas para la investigación. Allí se encuentran, por ejemplo, varias estanterías con documentación de José Enrique Rodó, copias del Himno Nacional hechas de puño y letra por su autor Francisco Acuña de Figueroa, originales de Juana de Ibarbourou (como el manuscrito de El cántaro fresco), una espada que perteneció a Eduardo Acevedo Díaz, el vestido de novia y dos muñecas de Delmira Agustini, un porta-traje de Florencio Sánchez y copias de las máscaras mortuorias de Amado Nervo y José Zorrilla de San Martín.

“El manuscrito más antiguo que tenemos acá es de 1829. De Acuña de Figueroa hay como 25 volúmenes y cerca de 7.000 composiciones, muchas de ellas repetidas porque él refundía un poema o hacía cambios, como el caso de la letra del Himno Nacional. Hay muchos poemas repetidos varias veces y con pequeñas variantes”, explica Borges.

“Las cosas del 900 son joyas porque remiten al siglo XX y al XIX. Tenemos a Delmira Agustini, Acevedo Díaz, Julio Herrera y Reissig, Florencio Sánchez, Roberto de las Carreras, Alberto Zum Felde, Juan Carlos Onetti y muchos otros”, dice el responsable de Archivo Literario, que actualmente recibe a unas 10 o 15 personas por mes. “Por la pandemia se restringieron las consultas por turnos. El día está organizado en dos turnos de dos horas cada uno, con un máximo de dos turnos por semana por investigador. Después de casi un año de estar cerrados al público, tratamos de que todos tengan la posibilidad de venir al archivo y hacer su trabajo. Algunas cosas están digitalizadas. Lo que yo estoy tratando de hacer es publicar índices y detalles de los contenidos de las colecciones, para que cada usuario desde su casa pueda ver qué es lo que hay y si le sirve o no. Como para que vengan ya con un conocimiento más claro de lo que les interesa”, anota Borges.

Con algo más de 200 años de existencia, la Biblioteca Nacional es incluso más antigua que la del Uruguay como nación. Y su historia merece ser contada. Todo está ahí, en ese edificio solemne sobre la avenida 18 de Julio, por el que muchas veces pasamos sin reparar en su importancia.

Cántaro Fresco
Manuscrito original de El Cántaro Fresco, de Juana de Ibarbourou.

Originalmente también se pensó como museo

Una Biblioteca Nacional difiere de cualquier otra biblioteca (como manifestaban los objetivos del concurso de 1937 que se hizo para levantar el actual edificio), porque se trata de la institución encargada de conservar y proteger buena parte del patrimonio bibliográfico y documental de un país. Como depositaria de bienes culturales, su finalidad es salvaguardar la memoria cultural y difundirla en el marco nacional e internacional. Y su valor como institución evidencia la relevancia que tiene la infraestructura edilicia. Pero, ¿esta responde correctamente a las funciones que debe cumplir?

Según un artículo publicado por el arquitecto Alejandro Varela en el último número de la revista Dos siglos, de la Biblioteca Nacional, se pueden identificar tres grandes espacios que definen al monumental edificio proyectado por Luis Crespi. Por un lado, un gran vacío central de múltiple altura que contiene la Sala General de lectura -evidencia de una clara voluntad de colocar al lector en el corazón de la composición-, sobre el que gira el resto del diseño; por otro lado, sobre la fachada Este, un área que contiene los diferentes niveles de acervo documental. Un tercer espacio se extiende sobre el lado Oeste y conecta el cuerpo central del edificio con la calle Guayabos.

Varela explica que originalmente el edificio iba a albergar también al Museo de Historia Natural, pero en 1948 el proyecto cambió y se destinó exclusivamente a la Biblioteca. Al año siguiente también cambió la dirección de la obra y se rescindió el contrato con la empresa Cosuco (Compañía sudamericana de la construcción) debido a incumplimiento de plazos y condiciones. “Ya no era Crespi, autor original del proyecto, quien dirigía la obra, sino Roberto Tiscornia. Este figura como el responsable de las transformaciones que tuvieron lugar desde ese momento hasta la finalización de la obra. De las modificaciones realizadas por Tiscornia, la más significativa fue la extensión del área expositiva de los locales principales del primer nivel -correspondientes previamente al museo- sobre los pozos de aire y luz. Esto eliminó la posibilidad de iluminar la antesala previa a la sala de lectura, en planta baja”, anota el arquitecto Varela, quien desarrolló su tesis de grado con un proyecto de reactivación de la Biblioteca Nacional.

La digitalización es una de las prioridades del quinquenio 

Continuar con la digitalización de los materiales antiguos es uno de los ejes centrales de la actual administración, según indicó a Revista Domingo el director de la Biblioteca, Valentín Trujillo. “El acervo es gigantesco. Entonces, hay que empezar a ordenar. Pero hay también un tema de organización previo que es fundamental para esto, porque había mucho material que fue digitalizado en administraciones anteriores, tanto por funcionarios como por empresas tercerizadas, que no estaba disponible en Internet”, señaló el escritor.

“En los últimos meses (y destaco en particular el trabajo del bibliotecólogo Camilo Freire) se logró poner eso en línea. En esa categoría hay muchas colecciones de diarios y periódicos del siglo XIX, de Montevideo y de otros departamentos”, agregó.

Trujillo explicó que en este período se hizo una inversión importante para comprar escáneres y que está pendiente la adaptación de una mesa que hoy se encuentra en la Sección Microfilm, a la cual se le acoplará el año próximo una cámara de fotos y un sistema de iluminación para digitalizar, entre otras cosas, una de las colecciones de prensa más importantes que hay: la del diario El Siglo, que empezó en 1863 y llegó hasta la década de 1920. “También hay un proyecto bastante ambicioso para digitalizar prensa de fines del siglo XIX y comienzos del XX de todos los departamentos, que lo estamos llevando a cabo con las intendencias y el Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas. Nosotros sugerimos la compra de equipamiento a las intendencias y damos capacitación a los funcionarios. Además, se presta el material para que se hagan los escaneados. Luego, todo ese trabajo se aloja en una nube de la Biblioteca Nacional”, añadió Trujillo.

Valentín Trujillo, director,
Valentín Trujillo, director de la Biblioteca Nacional.

Fin de Semana del Patrimonio

El Archivo Literario guarda fundamentalmente documentación original de unos 150 autores uruguayos. Pero también algunos objetos vinculados a sus vidas, como la máscara mortuoria del poeta Amado Nervo (1870-1919). El escritor mexicano, perteneciente al movimiento modernista, dejó su impronta en Uruguay, donde vivió y murió.

Esta dependencia se llamaba originalmente Instituto Nacional de Investigaciones Literarias (INIAL) y funcionaba dentro de la Biblioteca Nacional aunque no pertenecía a ella. Tenía como antecedente a la Comisión de Investigaciones Literarias, de 1945, creada a partir del archivo de José Enrique Rodó, que este año es homenajeado en el Día del Patrimonio a 150 años de su nacimiento.

Custodiaba en sus orígenes 15 colecciones pertenecientes a autores de la generación del Novecientos, que se fueron acrecentando posteriormente a partir de distintas donaciones. Allí se conservan manuscritos originales únicos.

Este domingo la Biblioteca estará abierta de 10 a 18 horas, aunque el ingreso será reducido, por orden de llegada y con números que se entregarán en la puerta.

Pinacoteca Biblioteca Nacional
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