EL PERSONAJE

Javier Artigas: “Por ser un Artigas siempre tuve que dar el ejemplo”

Es descendiente del prócer, pero las herencias pueden ser pesadas. Convirtió su enfermedad renal en una empresa de alcance global y está orgulloso de haber salvado vidas.

Javier Artigas, descendiente del prócer
Javier Artigas, descendiente del prócer . Foto: Marcelo Bonjour

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Dice que nació tres veces. Y de ahí, cree, viene todo el impulso que lo lleva a seguir emprendiendo. Pero lo cierto es que su historia personal está plagada de saltos milagrosos y en ello su nombre parece tener una rara determinación. Si fuera a convertirse en materia de una película o de una serie, tal vez el corto promocional podría decir algo así como: desciende de uno de los mayores próceres latinoamericanos, creó una de las plataformas más ambiciosas de alcance global, ha salvado vidas aunque él mismo estuvo a punto de perderla, conoció el fracaso y lo remontó.

Si bien es todo eso y bastante más, Javier Artigas (46) es un hombre extremadamente sencillo y vital. Un contraste que se acentúa cuando abre la puerta de la señorial Casa Oddone, la elegante mansión del Prado donde vive con su esposa desde hace poco más de tres lustros. El hombre sonriente, de mirada vivaz detrás de los anteojos no parece guardar ningún parecido con la broncínea escultura del General del Pueblo. Pero sí, este hombre es descendiente directo de Don José Gervasio Artigas, novena generación.

“Yo a Artigas lo padecí, sobre todo durante toda la dictadura, porque obviamente por ser Artigas era el que tenía que dar el ejemplo”, recuerda Javier.

Eso significaba que en la escuela era siempre el primero en ser llamado al pizarrón, no sólo por su posición en el orden alfabético sino porque llevaba el apellido fundador. “No era el mejor, la verdad es que yo académicamente nunca fui el más destacado”, aclara con el gesto que con más claridad lo resume, la modestia.

No era el mejor estudiante, pero era creativo. Y esa parece ser una clave para entender a Javier Artigas. Algo que tal vez el escritor argentino Hernán Casciari captó en el momento más crítico de su vida, cuando también a él le tocó “nacer” de vuelta y, casualmente, bajo el mismo techo que Javier y su esposa Alejandra Oddone.

Pero hay que ir más atrás para explicar cómo él y su emprendimiento se volvieron virales en el mundo, le valió un premio del prestigioso Massachusetts Institute of Technology (MIT), o cómo Joe Gebbia, el CEO de la plataforma Airbnb y uno de los hombres más poderosos del mundo se convirtió en socio de Connectus Medical, la plataforma que conecta a más de 8.000 centros de hemodiálisis en el mundo y permite a los pacientes viajar sin restricciones prácticamente adónde sea. Mucho antes de todo esto Javier Artigas estuvo a punto de perderlo todo, incluida su propia vida. Dicho de ese modo puede parecer dramático, sin embargo es lo que le ocurrió.

Renacer 

Javier siempre tuvo el gusto por hacer. Recuerda que de chico fabricaba radios de onda corta. Con siete u ocho años se había convertido en un pequeño genio inventor y enloquecía a su madre con radios, circuitos, antenas y cables.

Su padre, Francisco “Pancho” Artigas había dedicado su vida al periodismo, en la cima de su carrera llegó a desempeñarse como secretario de redacción del antiguo diario El Día. Pero durante toda la niñez de Javier trabajó como corresponsal en el exterior, trabajo que lo llevó a cubrir la revolución sandinista en Nicaragua, la revolución islámica en Irán y las tensiones en la península del Sinaí entre fines de la década de 1970 y principios de la de 1980. Ello implicaba largas ausencias de su hogar y en ello, cree Javier, residía la explicación de su temprana veta de inventor de radios. “Mi deseo era el de poder comunicarme con mi viejo, que desaparecía durante tres o cuatro meses y no sabíamos dónde estaba”, dice.

Pero de algún modo ya entonces estaba trabando su primer vínculo con la comunicación, uno de sus principales intereses. Estaba terminando secundaria cuando le hicieron un lugar en la plantilla del renacido diario El Día, el periódico había vuelto a abrir y tuvo una corta vida entre 1992 y 1993. Javier trabajó en la sección deportes que su padre había dirigido por años. Tenía 17 años cuando su padre falleció y ya había formado su primera familia. En pocos años más Javier comenzó a mostrar su veta de emprendedor, camino en el que continúa hasta hoy.

“Creé una distribuidora de dispositivos electrónicos, después creé una empresa no solo de dispositivos para telecomunicaciones sino también para obras viales”, recuerda. Con 25 años ya había cosechado sus primeros éxitos como pequeño empresario.

La empresa se expandió, creció en ventas y se volvió apetecible para los inversores. Cuando llegó la crisis de 2002 Javier creyó que era un buen momento para vender e invertir en algo nuevo que, paradojalmente, era muy antiguo. La residencia familiar de los Oddone Zunino es una construcción de 1911, emparentada con el señorío del Hotel del Prado del que es vecino, estaba en trámite de sucesión y su esposa era heredera de la propiedad. En acuerdo con su esposa, Javier invirtió el dinero de la empresa en la casa.

“A los 28 años nunca había tenido casa propia”, recuerda. En ese entonces Javier tenía dos hijos de su matrimonio anterior y su esposa Alejandra otros dos hijos, también de su matrimonio anterior. La casona del Prado se llenó de bochinche infantil por aquellos años que Javier recuerda como muy felices.

La enorme red de contactos que había logrado en esos años lo había convertido en una pieza clave para los negocios del bullente mundo de las comunicaciones. Una empresa española del ramo le ofreció la dirección ejecutiva de sus filiales para América Latina. Pocos años después la firma cambiaría sus áreas de influencia y Javier se vería obligado a cambiar también. En 2007 una empresa multinacional vinculada a la energía eólica le confió los negocios en Latinoamérica y África. Esto le obligaba a viajar constantemente, algo a lo que ya se había acostumbrado.

La mala noticia lo sorprendió en San Pablo. Y ni siquiera estaba trabajando en ese momento. Terminaba de jugar un partido de fútbol con amigos, había tenido una caída y cuando fue a los vestuarios se sorprendió al advertir que estaba orinando con sangre. Luego de algunos exámenes supo lo que le pasaba: tenía poliquistosis renal. Su médico le advirtió que, de empeorar su estado, tendría que pasar a diálisis y la única manera de salir adelante sería un trasplante de riñón. Y esto ocurrió, finalmente, en 2014 cuando comenzó a dializarse luego que su sistema renal colapsara.

Apenas supo el diagnóstico Javier viajó a Barcelona para informar de ello. Sus movimientos se verían restringidos, en principio la compañía no puso ningún tipo de objeción. Sin embargo, cuando regresaba a Montevideo un mail de la compañía le notificaba del despido.

“Ahí decidimos con mi esposa alquilar la parte trasera de la casa, con los pocos ahorros que teníamos hicimos dos dormitorios más y empezamos a alquilar para poder recibir algo de dinero”, cuenta. Y allí comenzó su relación con la plataforma Airbnb, que sería proverbial.

Cuando en 2015 el escritor Hernán Casciari lo contacta para alquilar la casa en los fondos de la residencia, Javier Artigas ya había convertido su enfermedad en un emprendimiento que comenzaba a cosechar sus primeros resultados.

Hernán Casciari y Javier Artigas
Hernán Casciari y Javier Artigas. Foto: La Nación

Pero la vida de todo paciente dializado puede verse seriamente comprometida, las estadísticas médicas muestran una expectativa de vida bastante restringida. Por ello los médicos apuestan al trasplante como única forma de mejorar la calidad de vida y aumentar la expectativa.

Y el trasplante llegó para Javier en 2017 cuando ya comenzaba a desalentarse.

“Siempre entendí que era como mi segunda oportunidad de vivir: la primera cuando nací, la segunda fue la diálisis sin la que yo no hubiese estado vivo y la tercera fue el trasplante. A partir de ahí uno se agarra con uñas y dientes y la pelea”, dice Javier. Ahora, dos vidas después, Javier Artigas es uno de los diez referentes en materia de salud del país.

sus cosas
Arquería
Arquería
Durante años la arquería fue el pasatiempo favorito de Javier Artigas. Cuando comenzó la diálisis su brazo izquierdo quedó inutilizado para practicar el tiro, pero ahora, luego del trasplante está recuperando la tensión muscular y vuelve a la práctica del tiro con arco, un deporte que requiere alta concentración.
José Ingenieros
Lecturas
“Leo mucha filosofía contemporánea”, confiesa Javier Artigas. El surcoreano nacionalizado alemán Byung-Chul Han es uno de sus autores favoritos, aunque su libro de cabecera es El hombre mediocre, del filósofo ítalo-argentino José Ingenieros, a quien se considera como un precursor de la sociología moderna.
Jerusalén
Jerusalén
Todos los años viaja a Jerusalén “a cargar energía”. Hace unos años tomó contacto con la histórica ciudad cuando Israel le concedió el premio Startup Nation. Allí, además de estrechar relaciones empresariales, descubrió los encantos de la milenaria capital sede de las tres grandes religiones de Oriente y Occidente.
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