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Historias que se entrecruzan en Tres Cruces

La terminal de Tres Cruces es un escenario en sí mismo, con muchas historias para contar.

Valentina Menoni en Tres Cruces. Foto: Leonardo Mainé
Valentina Menoni en Tres Cruces. Foto: Leonardo Mainé

Tres Cruces es un espacio de paso: pasillos de seres anónimos que transitan esquivándose los unos a los otros. Soledades que se aglutinan para pasar el rato sin cruzar palabra o con un intercambio de sílabas escuetas cuando la cordialidad lo exige. Conos helados que se derriten en manos de niños y adultos. Asientos verdes, amarillos, azules y rojos en los que, cuando no hay personas, están los bolsos, materas o mates empezados para hacer la espera menos ardua. En las manos pasan hamburguesas, pastillas de menta, galletitas, y se ven aguas embotelladas que empiezan a calentarse por el contacto de las manos o por el bolsillo de la mochila. Hay muchos celulares y una pared con una decena de enchufes en los que unos cuantos cargan sus aparatos. Unos recostados a la pared, otros sentados en el piso. Los celulares son los nuevos vicios que allí —donde algunos recuerdan que antes se podía fumar— ahora con Facebook o Instagram ayudan a aplacar ansiedades.

El tiempo que se mide dentro de la terminal cambia para cada quien. En la percepción de una niña que juega con pegotines en las sillas amarillas, es “aburrido y pondría una tele con dibujitos”. En la de su madre, que la mira con ternura, es “seguro”. Valentina, para quien Tres Cruces es sinónimo de ir y volver a casa, cree que las horas se miden en “melancolía y felicidad a la vez”. Para Osvaldo Torres, que se jubiló hace unos días después de trabajar por 25 años en la torre de control, el tiempo en la terminal es igual a “un tercio de vida”. En Ignacio, que lleva cinco años en una agencia de por ahí, las horas pasan lentas a veces, y rápido cuando hay zafra, como ahora, porque en diciembre todo el mundo se toma un ómnibus para ir hacia a algún lugar.

Un puente a casa

Es viernes de diciembre. Hace un día que Osvaldo Torres dejó de trabajar en Tres Cruces. Se jubilaba en abril, pero llegó a un acuerdo con la compañía para esperar mientras terminaban las reformas del shopping. Además, buscar a su sucesor fue tarea larga. “Querían a alguien de afuera, después se dieron cuenta de que la persona correcta era Pablo Saraví, que estaba de jefe de seguridad desde hacía cuatro años”, dice Osvaldo a Revista Domingo.

Es viernes y la terminal es una locura. Esa palabra, “locura”, es la que usan los que pasan por ahí cargados con sus bolsos y mochilas. Son las 16.16 y caminar por la terminal es un juego de sortear obstáculos si se va apurado. Y si se va lento, probablemente se convierte uno mismo en el obstáculo.

Andenes de Tres Cruces en un día de mucho tránsito de pasajeros. Foto: Archivo El País
Movimiento. Hay días en los que el pico llega a 120 mil personas.. Foto: Archivo El País

A las 16.30, en 14 minutos precisamente, más de 20 coches partirán desde los andenes a Florida, Bella Unión, Minas, Colonia, etcétera. En las sillas, un grupo de adolescentes va llegando con sobres de dormir, carpas, y el cargamento necesario para acampar. Llevan ropas sueltas que indican que afuera hace calor, pero así y todo sus cargamentos no les incomoda porque se van de viaje juntas y a la playa.

Estratégico

Una sala de espera mayor

Melany juega con un pegotines de un libro colorido para pasar el rato. Es una niña y como tal no encuentra más que aburrimiento en las horas de espera. Melany tiene fibromialgia y en el departamento de Salto- donde vive- no encontró tratamiento que le aliviara los dolores, por lo que viaja dos veces al mes o cada dos meses -depende de varios factores- para tratarse en el Hospital Pereira Rossell. “La consulta no dura mucho y le hace bien”, dice su madre Marcela, pero a veces es más lo que se cansa. Lo que las complica más es esperar a que salga el ómnibus. A veces no llegan a comprar pasaje a tiempo -el de la niña lo paga el Estado, pero el suyo lo solventa ella-y deben esperar horas. Esta vez no son tantas, de 11.00 a 13.00, pero hubo un día en el que fueron doce horas para poder volver a casa. Además, cuando llegan a la ciudad de Salto, deben tomar otro ómnibus que va a la localidad de San Antonio, donde residen. Son 25 kilómetros, pero si justo se pierden el servicio, hay que esperar una vez más.

Para pasar el rato, a veces se dan un gusto comprando algo rico en la plaza de comidas, aunque la mayoría de las veces traen vianda desde casa porque se les hace caro. Melany, que es chiquita, puede acurrucarse en una silla y dormir la siesta o caminan mirando vidrieras. “Acá adentro nos sentimos seguras y siempre te cruzás con alguien amable”.

Un poco más allá, Estefanía (21) se va a visitar a su madre a Fray Bentos. Verónica (23), su “hermana de la vida”, la acompaña, así se hace menos ardua la espera. Un poco más lejos, Julia (27) se tomará en breve el ómnibus a su casa en Colonia. Hace siete años vive en Montevideo y Tres Cruces es el lugar en el que afloja el cansancio de la semana.

María Zilli se mudó a la capital para estudiar, pero entonces se enamoró, se casó, crió a sus hijos y consiguió un trabajo que le gusta, lo que hizo de Montevideo su hogar. Cree que hasta el “cantito” riverense de sus orígenes se le borró.

Cuenta, también, que nunca fue de viajar tanto a Rivera porque por un lado sus padres hacían un esfuerzo económico grande para mantenerla en Montevideo, y sumar muchos pasajes no ayudaba; por otro, pretendía adaptarse completamente a la ciudad grande y volver a casa asiduamente no facilitaba el desapego. Sin embargo en su historia personal las agencias desperdigadas por el centro primero y Tres Cruces después fueron una especie de ventana al pueblo.

—¿Recordás el cambio?

—Lo recuerdo porque hice un trabajo de facultad sobre la apertura en su momento. Pero además, porque para nosotros era una salida. A veces no te ibas a Rivera, pero sabías que todos tus amigos se iban, y como estábamos tan cerca de las agencias los íbamos a despedir. Era como cuando antes ibas a ver el pasaje del tren en el pueblo, hacíamos sociales en las agencias, era una salida. Cuando apareció la terminal a nosotros nos parecía lo mejor del mundo, era uno de los lugares clave para la gente del interior. Ya no pasabas frío ni calor, si llovía no estabas a la intemperie, y podías terminar un trabajo de facultad con una compañera de otra ciudad porque los ómnibus salían del mismo lugar.

Un cuadro lleno de historias.

Es martes de diciembre. Ya hace cinco días que Osvaldo Torres dejó de trabajar en Tres Cruces. A Osvaldo, 67 años, probablemente muchos lo recuerden por ser la cara visible de la típica nota en la que los medios hablan sobre el movimiento en la terminal. Fue el jefe de la torre de control desde el día uno, cuando a las 5.00 del miércoles 16 de noviembre de 1994 salió el primer servicio. “Si no me equivoco era un Turismar a Melo”, dice, y le pregunta a Claudia Mareco, subdirectora de la torre y su colega desde antes de aquel día —los dos venían de la vieja Onda—, para confirmar que su memoria no lo engaña, y porque él justo no estuvo a esa hora. Trabajó hasta tarde en los detalles la noche anterior, y apareció el 16 de noviembre por la mañana para continuar.

El reloj marca la hora 11.03. Delante del kiosco repleto de globos de gas con imágenes de Mickey, Minnie, Piolín o corazones que dicen “Te quiero”, un chico y dos chicas se encuentran de casualidad. Se conocen poco porque vienen del mismo lugar, pero la espera es propicia para hablar sobre el elegir carreras incorrectas y enfrentar a los padres para cambiar de rumbo. Cerca de ellos, un chico de unos 25 años barre la sala de espera y una monja de pelo y hábito gris se le acerca, lo mira y le dice “te quería agradecer por tu trabajo”. Él le devuelve la mirada, le sonríe, se alejan.

Desde la torre de control de Tres Cruces. Foto: Leonardo Mainé
Mirador. Desde la torre de control se coordinan todos los movimientos y horarios de los ómnibus que llegan y salen de la terminal.. Foto: Leonardo Mainé

A pocos metros Ignacio trabaja sin parar junto a tres compañeros en un mostrador pequeño y frente a una fila larga. Por estos días la demanda de pasajes no deja mucho margen e implica horas extras, pero fuera de zafra ese mismo mostrador es un marco perfecto para dejarse llevar por las historias de Tres Cruces.

“Acá los extremos de la vida se notan, te dejan helado las diferencias que hay. También tengo un compañero de trabajo al que le gusta sacar fotos, y siempre estamos viendo a esos personajes que no podrían faltar en un libro sobre la terminal”. Menciona a los vendedores ambulantes que son como de la casa, a uno especialmente que trabajó años en la empresa de seguridad de la terminal, y a otro que se conoce de memoria los horarios y los destinos de cada coche. “Viene, se para frente a la pantalla y mira atento. Si ve un error, se te acerca a la agencia y te dice: ‘Mirá que a Córdoba no sale el 160, sale el 158’”.

Una manzana estratégica que ya tiene 25 años en la ciudad

Antes de que existiera Tres Cruces, las agencias de transporte estaban desperdigadas por el centro de la ciudad. A María Zilli que se vino de Rivera a estudiar en el 89, le da gracia recordar que elegía el ómnibus por afinidad. “A veces en una agencia te trataban bien los de Rivera, pero llegabas a Montevideo y nada que ver. Pasaba lo mismo pero a la inversa con otra agencia. A la larga ya sabías qué tomar dependiendo de si ibas o venías”. Pero si María Zilli llegaba a una agencia y se quedaba sin pasaje, tenía que trasladarse varias cuadras para ir a la otra. “Los que viajan ahora no se dan cuenta del cambio que fue”, dice.

Marcelo Lombardi, gerente general de Tres Cruces, reconoce esa como una de las ventajas que trajo la terminal. Pero además, afirma, ahora “la gente ya no se toma ómnibus a la intemperie y tiene un lugar protegido donde esperar, con servicios varios”. También destaca que cambió la forma en la que el pasajero elige el transporte y las decisiones de las empresas, que no pueden competir en precios ni horarios, por lo que deben hacer énfasis en el servicio de sus flotas.

Por ahí a veces pasa Valentina Menoni Finali (26) y le gusta detenerse a mirar mientras espera a que llegue su turno para embarcar. “Ves parejas que se encuentran y se abrazan y se besan felices. Ves estudiantes que como una llegan haciendo malabares entre caja de encomienda y valija. Ves despedidas”.

Recuerda todavía la primera vez que viajó sola a Montevideo —tenía 9 años— y la impresión que le causó la multitud. Recuerda también cuando se subió al ómnibus en la terminal de salto después de pasar un mes con sus padres, a poco tiempo de mudarse a la capital. Ese día lloró y como escribir es su catarsis, tomó el celular y balbuceó con sus dedos un texto que habla de idas y venidas, de sollozos tímidos y abrazos fuertes. Eso es para ella la terminal.

Un tercio de vida

Es miércoles a la mañana en Tres Cruces. Pasó casi una semana de la última vez que Osvaldo trabajó en la torre de control. Seis días frente a 25 años no son nada. La camisa blanca inmaculada, la lapicera azul colgada del bolsillo, los zapatos lustrosos y el pantalón de vestir no indican días libres. Osvaldo camina apurado pero sin ansiedad recorriendo ese trayecto que hizo siempre desde los andenes a la oficina. En su prisa hay tiempo para saludar a cada uno de los que conoce. Mano por acá, gesto por allá. Saben los que lo ven que él ya no trabaja ahí, pero que igualmente, con un tercio de su vida en la la empresa, el sentido de pertenencia se mantiene intacto.

El actual jefe de la torre de control de Tres Cruces Pablo Saravi y el ex jefe Osvaldo Torres. Foto: Leo Mainé
Traspaso. Pablo Saraví sucedió a Osvaldo Torres en la torre de control. Foto: Leonardo Mainé

A simple vista, o en una conversación que no dura más de media hora, parece un hombre de pocas palabras cuando se trata de hablar de sus emociones. “Todavía es muy pronto para eso”, dice. Pero cuenta que un amigo le recomendó prepararse: “Me empezó a advertir y me dijo que leyera algo sobre la a biodecodificación, los cambios de estado y de qué manera prepararse para encararlos. ¿Cómo enfrentar yo que durante 25 años todos los días a la misma hora tomaba mate, todos los días a la misma hora me planchaba la camisa, todos los días a la misma hora escuchaba el mismo programa de radio?”.

Por lo demás pone énfasis en el trabajo en equipo; en los nervios que generó en su entonces el haber sido pioneros a nivel nacional en una terminal de esas características; en lo bueno que fue para el público tener todas las agencias juntas; del desafío que fue transportar la terminal al Parque Batlle cuando el incendio del 25 de diciembre de 2010. De haberlo logrado. De los 15 años previos haciendo de todo, “salvo manejar un ómnibus”, en la agencia Onda. De los otros tres que estuvo en COT cuando cerró la primera.

El nuevo jefe de la torre

Para Pablo Saraví, sucesor de Osvaldo en la torre de control, “Tres Cruces es como una ciudad. Tiene vida propia. Tenés que estar preparado para lo mismo que sucede en las calles, porque acá generalmente se mueven unas 60 mil personas por día, con picos de 120 mil y tenés que estar alerta”.

Pablo no es nuevo en la empresa, hasta hace poco se desempeñaba como jefe del área de seguridad. Por eso, y porque es a la vez una cabeza fresca, Osvaldo cree que su puesto quedó en buenas manos. “Conoce todo por dentro, pero además llega en el momento justo porque hay que implementar cambios”.

De su área anterior, Pablo trae el contacto con los empleados de las agencias y la experiencia con el público. Dice que la terminal, como esa pequeña gran ciudad que es, tiene muchas historias. De las alegres y de las tristes. “Emergencias médicas, hurtos, paros y hasta personas que huyendo de sus situaciones terminan varadas en la terminal. Siempre tenés que usar tu parte humana para resolver”.

La hija de Osvaldo, que lo mira mientras él habla del aprendizaje y las tareas, interrumpe y le recuerda que también allí, en la Onda, conoció a Mabel. Que se comprometieron un mes antes de que cerrara la empresa y se casaron días previos a la debacle. Que después vino ella, Valentina Torres, y creció jugando en los pasillos de Tres Cruces.

Una terminal es un espacio de tránsito sí, pero también de historias que van quedando, algunas que se terminan en la privacidad de unos pocos, otras que sobreviven en el boca a boca. Manos que pasan páginas a libros en las sillas de colores. Hombres y mujeres que fuman un cigarro pensativos en la puerta antes de entrar al bullicio. Silencios y murmullos cordiales. Reencuentros y despedidas en los andenes.

Los recuerdos de la vieja onda

La formación de Osvaldo Torres antes de llegar a Tres Cruces fue en la empresa Onda. Allí llegó a sus 24 años, cuando no sabía qué rumbo tomar en su vida, y se encontró con un espacio de trabajo que le dio conocimiento y posibilidades. Solo le faltó manejar un ómnibus. Desde su punto de vista, “la empresa en sus 50 años cumplió un ciclo de nacimiento, crecimiento, desarrollo, caída y final. Pero en ese tiempo hizo mucho por el país”.

También en Onda se enamoró y casi al final de la historia de la empresa empezó la suya con Mabel. “Más o menos un mes antes de que cerrara, porque sabíamos que se venía el fin, le propuse matrimonio. Le dije que podíamos enfrentar la noche que se nos venía juntos. Nos casamos un 26 de abril y en los primeros días de mayo empezaron a disminuir los servicios”. Osvaldo recuerda, ahora con humor, cómo se peleaban con empleados que iban de otras empresas a la sección de venta de pasajes de Onda para llevarse a los que esperaban. “Después terminamos siendo todos compañeros de trabajo”.

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