El Personaje

Gregorio Iraola: "No se le da visibilidad a lo que hacemos"

Es doctor en ciencias biológicas y jefe del equipo del Institut Pasteur que identificó la secuencia genómica del coronavirus en Uruguay, estudió en París y en Londres

"Toda mi educación la recibí en la enseñanza pública de Uruguay", dice con orgullo.
"Toda mi educación la recibí en la enseñanza pública de Uruguay", dice con orgullo.

En su infancia en Cardona sintió nacer la vocación por las ciencias. Pero todavía no sabía de qué se trataba. Le fascinaba el milagro que veía a su alrededor, en el campo, la vida desparramándose por todos lados. La biología lo fascinó desde el principio. Cuando llegó a Montevideo hace 14 años sabía que su destino eran las ciencias biológicas, pero ni siquiera soñaba en convertirse en un investigador científico. Mucho menos en haber tenido un papel tan relevante en la peor crisis sanitaria de la historia reciente.

Gregorio Iraola (32) es doctor en ciencias biológicas y dirige el Laboratorio de Genómica Microbiana del Institut Pasteur. Él y su equipo coparon titulares hace unos días cuando anunciaron que habían logrado la secuencia genómica completa del virus que azota al mundo.

“Toda mi educación la recibí en la enseñanza pública de Uruguay, desde la escuela a la facultad”, dice con orgullo. Completó su especialidad en el Institut Pasteur de París y en Reino Unido. Su currículum ocupa cuatro páginas, casi tres lustros de estudios e investigaciones científicas que, no obstante, no le hacen jactarse de sus logros. “Ningún científico trabaja solo”, resume. Y esa, tal vez, sea la primera lección de humildad que aprenden los investigadores a lo largo de su vida.

DEL CAMPO AL MICROSCOPIO. Los Iraola llegaron del País Vasco a fines del siglo XIX. Primero recalaron en la capital, pero una generación más tarde decidieron asentarse en Cardona, la ciudad de Soriano que se encuentra en la frontera con Colonia. Del otro lado del límite, la ciudad pasa a llamarse Florencio Sánchez, pero para quienes viven allí no existen tales límites, sino apenas la vía del tren.

Allí nació y se crió Gregorio. Fue a la escuela pública Nº 9 y luego al liceo Justo F. Rodríguez de Cardona. Cuando terminó el bachillerato había decidido con sus padres que continuaría sus estudios en la universidad. Le gustaba la biología, tenía la vaga idea de cursar Medicina o tal vez Veterinaria, ya que la vida en el campo no le era ajena. Y, con 19 años, llegó a Montevideo. Mientras se establecía lo invitaron a una charla de orientación estudiantil. “Ni siquiera sabía que existía la Facultad de Ciencias”, cuenta. Pero luego de escuchar a los estudiantes avanzados sintió que allí estaba su lugar.

“Me tiré a estudiar sin saber demasiado de qué se trataba la carrera, pero estaba seguro de que era lo que quería”, dice.

La carrera de un biólogo no pasa por un consultorio lleno de pacientes, o la atención de animales enfermos. Para cuando terminó la licenciatura ya sabía que el trabajo de laboratorio le abría toda una perspectiva. Y comenzó a estudiar y trabajar en el posgrado. Poco después terminó el doctorado, pero para entonces ya había obtenido una maestría en bioinformática que resultaría clave en su carrera en el Programa de Ciencias Básicas (Pedeciba) que ha resultado una pieza fundamental en la formación de investigadores.

Continuó su formación en París, en el legendario Instituto Pasteur al que se uniría más tarde en su filial montevideana.

Luego de una década Gregorio obtuvo un doctorado y varios cursos de posgrado en varias materias afines: en biología molecular de enfermedades virales, bioinformática y análisis comparativos de genómica, entre otros. Varios de estos cursos los realizó en Reino Unido y Francia.

A lo largo de todo ese tiempo de trabajo académico Gregorio comenzó a entender que la sociedad suele vivir de espaldas a sus científicos. La contracara de ello es el ideal que cada investigador abriga en cuanto a que su trabajo sirva, en algún momento, para cambiar esa sociedad.

“Hay un problema en la comprensión de lo que el sistema cientifíco puede dar a la sociedad”, reflexiona.

Pero, de pronto, el cambio arrasador que supuso el ingreso de la pandemia el pasado 13 de marzo dio una inesperada centralidad a los científicos y médicos especializados. Por primera vez su palabra es seguida con atención no solo por miles o millones de personas sino también por los gobernantes. Pero ello no hizo más que dejar en evidencia el problema no resuelto: “No se le da visibilidad a lo que hacemos”. Iraola pone como ejemplo de ello el recorte de presupuesto que se hizo sobre el Pedeciba. “Yo y otros tantos colegas nos formamos allí”, plantea.

Iraola y su equipo del Instituto Pasteur lograron secuenciar el genoma del virus.
Iraola y su equipo del Instituto Pasteur lograron secuenciar el genoma del virus.

Pero, de pronto, parecía haber llegado el momento que todo investigador desea y el laboratorio que dirige comenzó a trabajar junto a sus colegas del equipo de Facultad de Ciencias y a la distancia con los otros institutos de la red en Latinoamérica en la secuenciación del genoma del virus. Un trabajo minucioso que tiene por objeto indagar en las señas de identidad del virus (ver nota aparte) y conocerlo mejor para combatirlo.

Ello supuso extenuantes jornadas de trabajo de laboratorio para llegar a una suerte de ajustado identi-kit del llamado SARS-CoV-2 de la familia de los Corona virus e identificar los tres posibles orígenes del mismo: España, Canadá y Australia fueron los tres tipos identificados en esta primera etapa. “Puede haber más, porque estos son los resultados de la primera semana analizada”, explica Iraola. Y el otro detalle de importancia que hallaron fue que las cepas activas en este primer período no eran las mismas que se encuentran en Ecuador, Argentina y Brasil, donde el virus ha tenido un comportamiento más agresivo.

Un verdadero trabajo detectivesco que busca precisar cómo se desplaza y logra replicarse el virus y, sobre todo, cómo llega a adquirir sus grados de letalidad. El trabajo de secuenciación se hace mediante un dispositivo portátil que permite identificar identificación genética de un microorganismo en apenas 24 horas. “El primer genoma humano identificado tardó más de 20 años en completarse”, ejemplifica Gregorio.

Pero este es apenas el comienzo del trabajo del equipo de investigadores del Pasteur que dirige Iraola, compuesto por otros seis científicos que continúan procesando diariamente importantes volúmenes de información. Esa tarea tiene el objeto de identificar los cambios del virus, un organismo vivo cuya principal característica es su capacidad de mutar y buscar la forma de replicarse.

“Continuamos estudiando genomas de nuevos casos”, señala. Pero el equipo ahora se ha concentrado en un aspecto que puede resultar medular si se produjera un agravamiento de la pandemia. Y es el estudiar el comportamiento del virus en los ambientes hospitalarios, recintos de mayor peligro de contagio. “Pretendemos estudiar cuánto tiempo puede estar presente en superficies, camas e instrumentos a los efectos de mejorar la higiene de los ambientes hospitalarios”, indica.

Otro aspecto relacionado a la pandemia que el Laboratorio de Genómica Microbiana del Pasteur comenzó a hacer en esta etapa es el análisis de las aguas residuales de la ciudad. “No es porque el virus se pueda contagiar a través del agua, es porque en las aguas residuales encontramos desechos del virus que nos permiten predecir y determinar cómo actúa la epidemia a nivel poblacional”, señala.

Iraola cree que esta última vía de investigación puede tener resultados prácticos de gran utilidad en la prevención. “Es una forma más barata de prevenir que hacer miles de tests”, precisa.

De momento, Gregorio Iraola tiene mucho trabajo por delante. Sin embargo espera poder volver a sus “pagos” como lo hace habitualmente en las fiestas o durante las vacaciones anuales. Mientras tanto, en Montevideo tiene a su hermano menor que acaba de recibirse de economista y tiene actividad en la capital.

Consciente de su tarea, espera que la contribución de su equipo haga la diferencia en esta etapa histórica. “Uno anhela que lo que hace se transforme en la base para lograr que lleguen mejoras a la sociedad”, resume.

Mientras tanto continúa con su trabajo silencioso y las ganas latentes de volver a respirar los aires de Cardona.

Cómo leer la copia de la copia

Cuando se le pide a Gregorio Iraola que explique su trabajo en términos sencillos los complejos procedimientos parecen simples. “Lo que hacemos es leer la información que contiene el virus y le permite replicarse. Es como leer un texto y tratar de identificar quién lo escribió, por ejemplo, descubriendo las faltas de ortografía que cometió. Se podría decir que el ‘texto’ se va modificando a medida que se va copiando, cada uno va colocando su ‘marca’ y ello nos permite identificar ‘quién escribió’ ese texto. Porque esto es lo que ocurre, el material genético comete faltas de ortografía y ello nos permite saber de dónde vino. Todos los SARS-CoV-2 que circulan ahora tienen diferencias con los que aparecieron en Wuhan (China) hace unos meses. Todos estos cambios pueden tener un impacto en la mortalidad, en la severidad de la pandemia, pueden hacer cambiar las características del virus”, explica. Un trabajo minucioso que, sin embargo, aún guarda numerosos secretos para los investigadores. “Sabemos que hay cambios genéticos, pero no sabemos su significado todavía”, señala. De momento el “texto” se sigue escribiendo y copiando miles y miles de veces.

Sus cosas

La cocina. Descubrió que la cocina es una fuente de placer y descubrimientos. Tal vez porque guarda un estrecho vínculo con sus conocimientos. “Me encanta cocinar, me animo con casi todo”, dice. Trata de hacerlo toda vez que puede como forma de distraerse de sus ocupaciones diarias en el laboratorio.
​Las series. Le gustan las series más que las películas, sobre todo aquellas que tienen cierto trasfondo histórico. De las últimas que ha visto y más le han gustado destaca tres que pueden verse en Netflix: Califato, la italiana El Juicio y la que se ha convertido en sensación de la temporada: Poco Ortodoxa.
​A la cancha. Le gusta el fútbol y es bastante fanático de Nacional. “Solía ir al Parque Central con la barra de amigos”, recuerda. Tiene su propia butaca en el estadio tricolor y es una de las cosas que más echa en falta de esta pandemia: no poder ir a la cancha a ver un partido. Pero su pasión se mantiene intacta y espera la vuelta del campeonato.

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