GABRIELA VAZ
Gina Rinehart no da entrevistas. Su perfil en los medios masivos es, sin dudas, extremadamente bajo. Por eso, muy pocos saben que esta australiana de 58 es la mujer más adinerada del planeta y la cuarta persona más rica del mundo, a punto, además, de desbancar a los tres hombres que le llevan la delantera.
Sin embargo, a mediados de este año, el nombre de la empresaria salió de las publicaciones especializadas en negocios y finanzas en las que suele aparecer para ser parte de los titulares en medios más populares. Hasta allí llegaron controversiales declaraciones suyas, que hacen honor al peor cliché del personaje-adinerado-y-poderoso. Podría decirse que Rinehart exhortó a los que se quejan de tener poco a que se dejen de molestar y vayan a trabajar. Textualmente, sus palabras fueron: "Si tienen envidia de aquellos que tienen más plata, no se sienten a lamentarse, hagan algo para ganar más dinero por sí mismos: pasen menos tiempo bebiendo, fumando y pasándolo bien, y más trabajando duro". Y para rematar semejante derroche de simpatía, la australiana recomendó a su gobierno que baje el salario mínimo como método para incentivar la inversión, entre otros (al menos) polémicos consejos.
La paradoja es que la fortuna de Gina no es fruto de su trabajo arduo. Ella no la viene "luchando" desde abajo. Por el contrario, cuando llegó al mundo ya era dueña de unos cuantos millones de dólares. Su padre, Lang Hancock, es famoso por haber descubierto en 1952 el depósito de mineral de hierro más grande del mundo, hallazgo que lo llevó a fundar la empresa Hancock Prospecting y a convertirse en uno de los hombres más ricos de Australia. Luego de su muerte en 1992, Gina comenzó a adquirir cierta fama -saliendo por primera vez en la lista de los más ricos del mundo de la revista Business Review Weekly-y a partir de 2006 se convirtió en multimillonaria. Su mérito está en haber multiplicado el patrimonio heredado: pasó de dos mil millones de dólares a casi 30 mil millones hoy, y se especula con que podría alcanzar los 100 mil millones de billetes verdes.
Ahora, si algo no se le puede reclamar a esta magnate es que su falta de tacto sólo esté dirigida a la masa anónima. Lo cierto es que las relaciones sociales no se le dan, ni siquiera en su entorno más íntimo. Actualmente, se encuentra en litigio con varios miembros de su familia por el control de la fortuna y solo mantiene a una de sus cuatro hijos como aliada.
Su inconmensurable cantidad de dinero, la consecuente lucha de poder, varias intrigas familiares y una personalidad en apariencia impermeable, forman el combo perfecto para que la vida de Gina Rinehart se vuelva el eje de un culebrón mediático con muy buen rating.
UNA CHICA DURA. Georgina Hope Rinehart fue la única hija del matrimonio compuesto por Margaret Hope y Lang Hancock. Con apenas cuatro años, sus padres la inscribieron en un internado en la Escuela Anglicana de St. Hilda para señoritas en Perth, Australia, donde vivió hasta la adolescencia. Estudió Economía en la Universidad de Sydney, antes de trabajar para su padre, ganando un amplio conocimiento sobre la industria de la minería de hierro en la provincia de Pilbara.
Era muy joven cuando conoció al inglés Milton Hayward, con quien se casó a los 19 años. Juntos tuvieron dos hijos, John Langley y Bianca Hope. Sin embargo, la pareja no duró; se separaron en 1979 y se divorciaron en 1981, tras ocho años de matrimonio. En 1983 se casó con Frank Rinehart, un abogado germano-estadounidense de 57 años, de quien adoptó el apellido. Con él tuvo otros dos hijos, Ginia y Hope. Frank murió en 1990.
Dos años después, moriría también su padre. Fue entonces cuando Gina inició su primer pleito judicial, con su madrastra Rose Porteus, una filipina que había trabajado como mucama en la casa de Lang Hancock y que terminó casándose con el magnate, 39 años mayor que ella.
Los problemas con sus hijos tardarían un poco más en llegar. Desde el año pasado, hay acciones legales cruzadas entre la empresaria y tres de sus retoños por el manejo de un fideicomiso que les dejó su abuelo (ver recuadro) que representa casi un 25% de Hancock Prospecting y tiene un valor de casi 7 mil millones de dólares. Ella considera que sus descendientes simplemente no están capacitados para conducir ese monto de dinero.
Rinehart odia que la llamen "heredera". Aunque el adjetivo es justo, también es verdad que bajo su mando la fortuna ha aumentado exponencialmente. En 2006, su patrimonio era de "apenas" 2 mil millones de dólares, contra los 30 mil que mantiene hoy. Su riqueza se incrementó debido al auge de la minería en Australia y diversas fuentes de beneficios, como proyectos en desarrollo y activos para vender; ella es, por ejemplo, la principal accionista del grupo mediático Fairfax Media. A su vez, mientras en otras compañías del sector los beneficios se reparten entre miles de accionistas, los miles de millones de dólares anuales que genera Hancock Prospecting van exclusivamente a los bolsillos de Rinehart. Y entre sus clientes está nada menos que China.
"No hay una receta para volverse millonario (...) Conviértanse en una de esas personas que trabajan duro, invierten y construyen, y al mismo tiempo crean empleo y oportunidades para los demás", escribió la magnate en una columna publicada meses atrás en la revista Australian Resources and Investment, donde disparó varias opiniones que generaron revuelo.
Allí fue donde dejó sentadas sus polémicas palabras para los que "se quejan" de tener poco dinero, así como su fórmula para acabar con la lucha de clases, generar empleo y atraer inversores: "¿Por qué no preguntarse si bajar los salarios mínimos y los impuestos haría que los empresarios contratasen más gente?". En la misma publicación opinó que las políticas socialistas no contribuyen a generar empleos y espantan a los inversores. "Si quieren ayudar a los pobres y a las siguientes generaciones, den la bienvenida a las inversiones. Como prueba, miren la alternativa: se llama Grecia".
Vale apuntar que Rinehart está enfrentada al gobierno laborista australiano, que quiere endurecer la regulación de las actividades mineras e impuso un nuevo impuesto a este sector. En ese marco, el ministro de Finanzas de ese país, Wayne Swan, crítico a ultranza de los multimillonarios australianos que luchan contra las medidas propuestas, reprobó inmediatamente las palabras de Gina. "Estos comentarios son un insulto para los millones de trabajadores australianos que trabajan y sudan sangre para alimentar a sus hijos y pagar las facturas", sentenció.
Por su parte, ecologistas aliados del gobierno desestimaron a la magnate refiriéndose a ella como una persona "que debe su fortuna a su familia".
Lo cierto es que, en el interín, el mundo financiero y empresarial está cada vez más pendiente de los movimientos de esta "mujer de hierro" australiana que hasta ha conseguido, tras grandes esfuerzos, que el gobierno bautice una cadena montañosa con el apellido de su familia. Los Montes Hancock son un homenaje al trabajo de su padre Lang, quien descubrió los depósitos minerales de Pilbara y desarrolló la ganadería en la región.
¿Qué quedará entonces si se cumplen los pronósticos -según los analistas, algo bastante probable- de que Gina Rinehart se convierta en la persona más rica del mundo, superando en breve a quienes hoy ocupan el podio: Carlos Slim, Bill Gates y Warren Buffet? Quién sabe, tal vez algún océano cambie de nombre.
HIJOS CON RECLAMOS Y VARIOS REPROCHES
John, Bianca y Hope -tres de los cuatro hijos de Gina Rinehart- iniciaron acciones legales contra su madre por el control de los activos de la empresa familiar. Al morir Lang Hancock -padre de Gina-, sus nietos también tenían derecho a heredar acciones, pero la empresaria lo prohibió. Ella considera que no tienen la "capacidad o habilidad requerida, o el conocimiento, la experiencia, juicio o una responsable ética de trabajo para administrar el fideicomiso como parte del crecimiento del grupo HPPL", según consignó el periódico The Wall Street Journal. La empresaria alega que sería del mejor interés de los beneficiarios "forzarlos a trabajar". Sus hijos también le recriminan lo poco que parece importarle la seguridad de sus nietos. "No creo que entiendas lo que supone que todo el mundo piense que vas a ser más rica que Bill Gates. Significa que todos necesitamos guardaespaldas y hogares más seguros", le espetó Hope en un mail que salió a luz en el juicio. La única hija que por ahora sigue aliada a su madre es Ginia (foto), quien trabaja en la empresa familiar junto a su marido.