COMPORTAMIENTO

Cómo enfrentar el último año de túnica y moña

Para los niños que cursan sexto año se abre un nuevo mundo pleno de expectativas. Especialistas insisten en el papel que les toca a los padres en esa transición a la adolescencia y a asumir nuevas obligaciones.

El sexto año marca lo más parecido al fin de la infancia para niños y padres.
El sexto año marca lo más parecido al fin de la infancia para niños y padres.

Aunque no sea del todo cierto el sexto grado se parece mucho al fin de la infancia. El niño o la niña seguirá siéndolo mientras ve cambiar su universo de relaciones alrededor y adquiere el rango de "estudiante de Secundaria", que ya suena a grande. Atrás va quedando de manera casi imperceptible el patio de la escuela, los recreos, las horas con la maestra, las hojas Tabaré y los dibujos a crayola.

Ese último año es para algunos la meta que desde hace cierto tiempo quieren alcanzar, pero para otros puede ser la novedad que paraliza. Los padres de preadolescentes no siempre son conscientes de lo que implican estos cambios. De hecho, hay muchos adultos que lisa y llanamente ignoran el tema, como si no fuera más que un cambio de escenario. Otros avizoran la perspectiva de la adolescencia con pánico, como si se avecinaran problemas de toda índole e insalvables.

"Parece que sólo se habla de los problemas posibles en esta etapa y muy poco de grupo de los muchos adolescentes que dejan volar su creatividad e idealismo, que gastan la energía practicando deportes o tocando la guitarra y cantando solos o en grupo, o los que destinan varias horas semanales a tareas voluntarias de ayuda comunitaria, que son muchos", dice por ejemplo la psiquiatra de niños y adolescentes Natalia Trenchi, que además es psicoterapeuta cognitivo-conductual.

Pero, en opinión de la especialista, los dolores de cabeza para los padres tienen que ver con la creciente autonomía con que empiezan a vivir los chicos y el consecuente cuestionamiento al mundo adulto. Y en ese juego los adultos tienen que aprender a decodificar las señales.

"Si se viste como no nos gusta, no es para hacernos sufrir sino para demostrar que es diferente. Si nos empieza a discutir todo, no es para atormentarnos sino porque está creando su propia ideología", apunta Trenchi.

"Los niños no son como peras que maduran solo al sol". Foto: Archivo El País
En la transición los niños se abren al mundo, mucha veces hostil. 

En esa transición hacia el liceo los chicos lo empiezan a vivir como un duelo, queda atrás el ambiente protector de la escuela y, en cambio, se abre un mundo a veces abiertamente hostil.

"No es raro entonces que se les perciba con humor variable, con actitudes que oscilan entre la madurez y la regresividad", señala la profesional.

Otra actitud que suele ser común entre los padres es la de pensar que como ya van a Secundaria "ahora ya son grandes".

"Aún quedan muchos años en que necesitan la guía y supervisión adulta. Siguen necesitando el rol regulador que tenemos que tener los padres a lo largo de toda la crianza", replica Trenchi.

Pero también es común que muchos padres continúen sobreprotegiendo a sus hijos, con lo cual le acarrearán varios problemas en su desarrollo.

La culpa.

El psicólogo Alejandro De Barbieri, autor del libro Educar sin culpa, tiene como premisa que, precisamente, la sobreprotección accionada desde la culpa provoca daños que pueden ser irreversibles.

"Nuestros hijos han sido sobreprotegidos, más de los que nuestros padres nos protegieron a nosotros. Y todo esto repercute directamente en el desarrollo de los chicos, en la conducta de los millennials, por ejemplo, que se hace palpable en los puestos de trabajo que ocupan", apunta.

En opinión del psicólogo muchos millennials tienen problemas a la hora de enfrentar las responsabilidades de un trabajo, lo que termina por minar su permanencia en el puesto.

"Hemos sobreprotegido a nuestros hijos movidos por la culpa, porque supuestamente no queremos que ellos sufran lo que nosotros hemos sufrido, lo cual es una gran mentira. Yo les digo a los padres en el consultorio: Ellos van a sufrir lo que ellos tengan que sufrir, no lo que nosotros sufrimos", dice De Barbieri.

El psicólogo va más lejos y sentencia: "Esto es muy sencillo, si no sufre no crece, de ahí que luego tenemos el problema de las frustraciones y las adicciones".

De Barbieri cita al pediatra, psicoanalista y pedagogo francés Aldo Naouri, quien sostiene que los padres permisivos "engendran hijos tiranos". Precisamente es Naouri quien afirma que la inmadurez emocional de estos chicos les quita siete años respecto de su edad biológica.

"Un chico de 12 años tiene que poder ir solo en ómnibus a estudiar, cuando yo les digo esto a los padres hay que ver las caras que me ponen", señala De Barbieri.

Al especialista le pareció paradigmático el caso de los padres que demandaron a un colegio por dejar repetidora a su hija. "Lo que a uno le cuesta comprender es cómo termina un padre llevando a una niña de ocho años a declarar ante un juez", comenta De Barbieri.

El psicólogo asegura que los desórdenes causados por la sobreprotección de los padres "llenan consultorios" y acrecientan las consultas por adicciones. "Sobreproteger es desproteger", sentencia De Barbieri.

Acompañar.

La psicopedagoga y psicóloga con amplia experiencia clínica en niños Galia Leibovici señala que no todas las instituciones de enseñanza acompañan la transición del último año.

"Esto tiene que ver con diferentes realidades, no es lo mismo cuando el niño asiste a una institución que sigue el ciclo educativo y acompaña la transición a la educación secundaria, que un chico que asiste a una institución que no se ocupa de esa transición, que es como ocurre en la mayoría de las escuelas públicas", apunta Leibovici.

Por ello la profesional insiste en el papel que les cabe a los padres, quienes deberán tratar de acompañar al niño en este proceso. "Es importante poder canalizar todas las expectativas y poder acompañar al niño", dice. "Los padres tienen que ayudar al chico a encontrar equilibrios, ser claros con ellos en cuanto a qué se espera de ellos. Por ejemplo, el que está demasiado ansioso que le baje los niveles de ansiedad, que lo ayude a mostrarle que no hay por qué temer", indica.

Los niños que han tenido algún tipo de dificultad en la escuela, lo arrastrarán en su pasaje al liceo. Sin embargo, no muchos padres lo advierten. "Tampoco hay que pensar que mágicamente desaparecen las debilidades que el niño tenía durante la enseñanza escolar. Hay cambios de todo tipo, pero no solo en lo curricular porque también el chico se enfrenta a cambios hormonales", precisa Leibovici.

Lo cierto es que si bien hay muchos centros escolares, sobre todo privados, que incluyen un ciclo de transición dentro del sexto grado, todos los docentes son conscientes de este fin de ciclo y comienzo de otro. Aunque no todos responden del mismo modo.

"Los maestros de sexto grado están preparados para transmitir los cambios que sobrevienen y generalmente, de un modo u otro lo hacen, algunos maestros prefieren ir trabajando esto en el correr del año, otros lo hacen sobre el final de los cursos", señala la psicopedagoga.

De algún modo el mundo adulto comienza a desplegarse ante los ojos de los chicos. Y el ejemplo más cercano está en casa. Muchas veces los padres trasmiten una imagen cargada de connotaciones negativas, por ejemplo en lo relativo al mundo del trabajo.

"Trabajar puede ser cansador pero es una gloria si uno lo dignifica con la actitud personal: no les trasmitamos a los chiquilines que el trabajo es un yugo", apunta la psiquiatra Natalia Trenchi.

Qué pasa con los chicos y los padres

La psiquiatra Natalia Trenchi describe el conjunto de emociones que suelen acompañar al niño en la transición de la escuela al liceo: 1) El duelo por dejar atrás la escuela, las maestras y el entorno más protector de esos años. 2) Miedo por lo desconocido y por una mundo que imaginan exigente y hasta hostil muchas veces. 3) Con alegría por avanzar y acercarse a ser más autónomos.
La sobreprotección se traduce en varios problemas, según el psicólogo Alejandro De Barbieri. Algunos de ellos son la baja tolerancia a la frustración; no conocer la empatía con el otro; no saber leer correctamente; arrastrar problemas de comprensión lectora u dificultadas el compromiso, por eso no pueden adherir a grupos sociales. Incluso desarrollan adicciones.
Para la psiquiatra Natalia Trenchi los padres tienen la posibilidad de acompañar al niño con actitudes proactivas. "Un gran desafío es saber ir dándoles de a poco más autonomía de vuelo, a cuenta de que lo hagan responsablemente. Para algunos padres es una gran tentación seguirlos manteniendo bajo el ala, lo que no les permite a los chiquilines fortalecer sus propias estrategias y ganar confianza en si mismos", señala la especialista.




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