El tiempo del futuro Carnaval

| Antes que los conjuntos "grandes" copen el Teatro de Verano, llega el turno de las Promesas. Competencia, diversión y trabajo conjunto de padres y directores.

 20110108 800x551

LEONEL GARCÍA

Con las últimas luces del día, el público comienza a llegar al Teatro de Verano. Desde Nuevo París, la escuela de samba Terra Nostra ya hace rato que está tras el escenario, con la difícil misión de abrir la última etapa de la primera rueda del Concurso Oficial del Carnaval de las Promesas 2011. Su director está atento a los últimos detalles. Padres y técnicos acompañan al heterogéneo elenco -hay integrantes de trenzas y otros de barba incipiente; los hay con dientes de leche y otros con tatuajes en la piel- en los minutos previos a la función. Los músicos prueban sus instrumentos. Muchas túnicas, trajes blancos, lentejuelas, remeras rosadas, caras pintadas y plumas. Y también muchos nervios. Entre fotos, gritos, risas y bromas las bailarinas buscan cambiar su ansiedad ya sobre las tablas. Uno de los chicos (¿ocho años, nueve, diez?) asoma su carita por el telón aún cerrado hacia las gradas; busca, encuentra, abre bien grande los ojitos y saluda: "Ahí está mamá".

Si en febrero, el Ramón Collazo es la cancha grande del carnaval mayor, desde 1988 enero alberga el concurso de sus "divisiones inferiores". Ahí, los futuros murguistas (y parodistas, y humoristas, y comparsas) de hasta 18 años inclusive realizan sus primeras armas en el Teatro de Verano.

"De dónde vienen/ de dónde salen/ los herederos de la tradición", pregunta Jaime Roos y su banda en Los futuros murguistas. Contesta Walter García, presidente de la Asociación de Directores del Carnaval de las Promesas (Adicapro) y responsable de parodistas Los Gummy. "Surgen de todos lados, del mismo barrio, de todos los lugares donde está arraigado el carnaval, traídos por padres a quienes les gusta esta fiesta o por su propio interés. Esta es una movida cultural muy grande en la que intentamos enseñarles todo lo relativo a la cultura del carnaval".

¿Un carnaval en miniatura? Así puede llamarse, pero con escasos sponsors y mucho trabajo a pulmón de responsables y -sobre todo- de los padres para poner a punto los conjuntos. Compararlo con el baby fútbol -semillero de otra de las grandes pasiones nacionales- resulta una analogía válida.

A PULMÓN. Mónica es una de las madres que acompaña a Terra Nostra, haciendo el aguante previo detrás del escenario. Tiene el orgullo de que su hija Jimena, de cinco años, es la benjamina del conjunto. Otro hijo suyo está en un grupo de parodistas. Ya pintada y vestida, la pequeña muestra la timidez típica de su edad; timidez que olvidará completamente al rato, cuando baile y actúe sobre las tablas. La mujer, amante del carnaval, está feliz con esta movida. "Esto es algo sano para los niños. Es tenerlos ocupados en algo sano y popular".

Lo de "ocupados" no es una exageración: los ensayos empezaron entre abril y junio, las pruebas evaluatorias fueron en octubre (quedaron eliminados nueve conjuntos) y el desfile inaugural fue el 26 de diciembre. Enseguida comenzó el concurso. Para García, esta tarea a lo largo del año repercute "en los muy buenos espectáculos que se ven".

A la hora de los agradecimientos previos de los conjuntos, se nombra a los padres, al club que les permitió ensayar, a algún vecino "pierna" y, de haber, se nombra a los (escasos) auspiciantes. Según Walter García, la puesta en escena de un grupo no sale menos de cien mil pesos, incluyendo gastos de técnicos y de vestuario. Para estas agrupaciones, esa plata duele. Y si los padres y los directores no ponen el hombro y no agudizan el ingenio, no hay carnaval posible.

"Casi no existen patrocinadores, los pocos que puede haber se acercan por amistad (por los responsables o allegados a los grupos). Todo se solventa por los padres o los propios directores", señala el director de Adicapro. Si en el baby fútbol la torta frita es el principal sostén, acá es necesario agudizar el ingenio. Los propios conjuntos organizan festivales a beneficio; los padres pagan cuotas muy pequeñas; se organizan rifas, bailes y colectas. Todo por amor al carnaval. "Esto es algo que no tiene retorno, son aportes desinteresados", afirma Carlos de León. Éste es un exjugador de fútbol profesional que asegura que cambiaría su carrera de 22 años "por subir una vez al Teatro de Verano con una murga". Su hija Carolina (13), integrante de Los Pepinitos, ha podido cumplir el sueño del padre. "Y si ella es feliz arriba del escenario, así salga última, yo soy el hombre más feliz del mundo".

El día ya se convirtió en noche y el público cada vez es más numeroso. Hay padres y familiares de los pequeños artistas sí, pero también miembros de otros conjuntos y a su vez -aseguran viejos conocedores de estas lides- directores de las agrupaciones mayores, o gente vinculada a ellos, tomando debida nota de cuál de estos chicos pinta bien para el carnaval "grande". Se retira Terra Nostra con una ovación. Terminan sambando en la platea, entre besos, aplausos, felicitaciones y flashes de cámaras y celulares. La murga Los Pepinitos, con un maquillaje y un vestuario que no pasarían vergüenza en la competencia de febrero, está calentando las voces. En pocos minutos, volverá a abrirse el telón.

Compiten 28 grupos

Este año son 28 los conjuntos y aproximadamente un millar de chicos, con 18 años como edad límite, participantes en las seis categorías (a las cinco tradicionales del carnaval "grande" -murgas, parodistas, humoristas, comparsas y revistas- se le suman la escuelas de samba, que han formado parte de las Promesas desde su inicio). Está previsto que pasado mañana culmine la segunda etapa del Concurso y luego comience la Liguilla, ya con 16 agrupaciones.

La entrada al Teatro de Verano sale 120 pesos. Actúan cuatro conjuntos. Cada etapa cierra con un conjunto de renombre. Ya estuvieron Zíngaros, Agarrate Catalina, Falta y Resto y Pitufo Lombardo, entre otros.

Actuales figuras del carnaval como Robert Díaz, Damián Luzardo, Danilo Mazzo y Humberto Orique, tuvieron su pasaje por las Promesas, dice Walter García.

Concurso, pero que se disfrute

El presidente de Adicapro pone énfasis en el espíritu lúdico de estas divisiones inferiores carnavaleras. Pero, claro, dentro del marco de una competencia. "Por más que esto sea un concurso -enfatiza Walter García- nuestra idea es que los chicos lo tomen como un encuentro. Si ellos lo encaran así, van a disfrutar más, van a divertirse más, y no van a sentir la obligación de ganar".

Aún así, García reconoce que hay conjuntos que salen a escena con el primer puesto entre ceja y ceja. Según el presidente del jurado, Eloy Campo, hay chicos que soportan presiones desmedidas de responsables de los grupos y hasta de los padres (ver nota arriba).

Por su lado, el titular de Adicapro rechaza que se produzcan situaciones extremas (como las tristemente célebres "caminatas", término que en el argot carnavalero se utiliza para definir las presiones al jurado en favor de un grupo). Su explicación es simple: "Acá la plata no existe. Un primer premio (el año pasado fue de $ 37 mil) no da ni para pagar a los técnicos. Nuestro objetivo es que los chicos participen de una fiesta que les gusta. El mayor logro es que al terminar su actuación digan: `Gracias por dejarme ser parte`".

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar