El tiempo de Navidad

FACUNDO PONCE DE LEÓN

Imaginemos un día común y corriente. Un día más. De repente llega el arcángel Gabriel a la casa de María, una mujer judía que estaba comprometida con José pero que no vivía con él porque aún no estaban casados. Ella lo mira y el ángel le dice que no tenga miedo, que lo que le vino a anunciar es que Dios la ha elegido para concebir a su hijo en la Tierra. María acepta servir al plan divino y en ese instante el Espíritu Santo concibe en el vientre de María a quien sería el hijo del Creador.

Al enterarse del embarazo José quedó realmente perplejo, su futura esposa estaba encinta y él debía creer que eso no significaba la pérdida de la virginidad y, lo que es mucho más relevante, que en el vientre de su futura esposa estaba el Mesías. Al principio José huyó secretamente. Lo hizo en silencio porque de lo contrario la comunidad podía pensar que dejaba a su comprometida porque ella estaba con otro hombre y José quería evitar ese malentendido.

Finalmente, una noche, al ver que la turbación de José iba en aumento y no sabía si volver con María o abandonarla, (no por desconfiar de ella sino porque creía inmenso el papel de acompañar a la elegida por el Creador), Dios le envió un ángel a José para invitarlo a que acompañe a María en esta nueva etapa y para anunciarle que daría a luz a un hombre al que debía llamarlo Jesús. "No temas", le dijo el ángel al carpintero.

Al igual que el arcángel con María, este ángel también le pide a José que no tenga miedo. Y no es para menos. Para cualquier persona debe ser harto difícil recibir directamente un mensaje de Dios. Y más lo era para esta pareja, tremendamente humilde, sencilla, desprovista de todo lujo y vinculada fuertemente a las leyes de su pueblo. Era esa sencillez de creerse simples mortales los que le producía ese pavor de sentir que Dios les estaba encargando la crianza del Salvador.

Este suceso, que si uno lo lee sólo con la razón le es imposible decir que es verdadero, es lo que se festeja desde hace más de veinte siglos el 25 de diciembre. La Navidad es la celebración de la fecha en que nació en Belén Jesús de Nazaret, un ser que era Dios en la Tierra.

El lector escéptico me dirá que él y muchos otros pueden no creer en nada de lo que acabo de decir e igualmente festejar la Navidad, y verlo sólo como una fecha para juntarse con seres queridos e intercambiar regalos. Por supuesto que puede. Algunos otros dirán que festejan el nacimiento de Jesús pero no por creerlo hijo de Dios sino por considerarlo uno de los seres humanos más lúcidos de la historia porque sentó las reglas más importantes para la convivencia.

En cualquiera de los casos, el del creyente, el del incrédulo total que celebra por tradición, y el del ateo que reconoce un valor histórico en la figura de Jesús, debería haber un núcleo común: la conciencia de que se celebra algo importante. De que no es un día cualquiera. Y reconocer esa especialidad es, paradójicamente, la que le da cierta incomodidad a esta fecha.

La Navidad es un tiempo de hacer balance, de profundo diálogo interior sobre el año que se va y el que empieza dentro de pocos días. Y esta tarea siempre es incómoda, pesada, compleja. Trazar raya en una etapa de la vida es algo que acarrea cierta dosis de dificultad. Por eso también la Navidad tiene algo de complicación. Sería más fácil que todos los días sean iguales. Pero ese día no lo es. Es una fecha especial: después de mucho tiempo se reunirá toda la familia; vas a dar o recibir un regalo inesperado; darás un abrazo que no estaba en tus planes. Harás balance. Y si además eres creyente, imaginarás lo profundamente mágico que debe haber sido estar en Belén aquella noche que marcó la historia humana para siempre.

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