ERIC GONZÁLEZ | EL PAÍS DE MADRID
Es la ciudad más pequeña de Inglaterra: 2,6 kilómetros cuadrados. Y la más rica. El año pasado, la mitad del crecimiento económico británico se fabricó aquí, en estas callejas medievales flanqueadas de rascacielos. El Reino Unido vive de la City londinense, cuna de los negocios y los millonarios del mundo, el lugar donde la lista de espera para adquirir un Rolls-Royce superaba en enero, con la crisis ya encima, los cinco años.
Pero la City también vive el amanecer de una crisis económica. Este año, el frenazo económico dejará sin trabajo entre 10.000 y 40.000 personas y varios millonarios de 2007 serán parados en 2008.
La City constituye un fenómeno único. Las otras dos capitales financieras del mundo, Nueva York y Tokio, representan a las dos mayores potencias económicas, Estados Unidos y Japón. La City, cuyo régimen autónomo y sus instituciones medievales guardan un lejano parecido con la Ciudad del Vaticano, sólo se representa a sí misma. No es la cabeza de un gigante económico, y sólo es inglesa desde un punto de vista geográfico. En la City imperan las instituciones extranjeras. Ya era así en el origen: sus primeros banqueros, en el siglo XII, fueron italianos que financiaban el comercio de lana.
Lo que se hace aquí podría hacerse, en teoría, en cualquier otra parte del planeta. Pero se hace en este laberinto junto al Támesis.
Antes de adentrarse en el laberinto, conviene consultar con un guía cualificado. Andrew Smithers reúne todas las condiciones. En 1959, recién salido de Cambridge, empezó a trabajar en SG Warburg. Pasó tres años en Tokio y luego ocupó posiciones de alta responsabilidad en la que, durante décadas, fue la más célebre institución privada de la City.
CAMBIOS. Hoy ya no existe Warburg, la financiera que tenía casi 400 altos ejecutivos, dedicados a asesorar a las mayores empresas mundiales. Andrew Smithers, ahora parcialmente retirado, escribe libros sobre finanzas y colabora en medios como Financial Times.
Smithers recuerda que La City heredó del Imperio británico una cierta facilidad para captar dinero de todo el mundo. Pero tras la Segunda Guerra Mundial entró en relativo declive, y hacia los años sesenta parecía condenada. Los impuestos sobre los ejecutivos eran altísimos. Eso hirió a la City hasta que una reforma liberal americana de Margaret Thatcher, en los `80, logró resucitarla. Sin embargo, desgarró sus tradiciones. "La americanización iba en contra de nuestros principios ancestrales porque favorecía claramente a los más ricos", dice Smithers. "Cuando no hay reglas ocurre como en el póquer: si un jugador puede apostar más dinero que los otros, lo normal es que gane la partida".
"En mis inicios", comenta el guía, "la City era clasista, sólo se oía el inglés académico; ahora abunda el acento cockney y el clasismo casi ha desaparecido; es mucho menor, desde luego, que en Alemania o Japón. Otra cosa: yo sigo llevando corbata cuando acudo a la City; mi hijo, que también trabaja allí, viste, en cambio, de manera informal". La City de hoy es hija de Margaret Thatcher.
¿Por qué la City sigue siendo una plaza financiera de primer orden? Respuesta de Smithers: "Hay dos hipótesis. Una, que somos brillantes en las cuestiones de dinero. La otra, que somos malísimos en todo lo demás y, comparativamente, parecemos buenos en el negocio bancario". Y agrega: "También puede contribuir el hecho de que sucesivos Gobiernos británicos se han empeñado en fomentar la industria, la agricultura y el resto de cosas que van mal o ya no existen, y han dejado tranquila a la City".
La City está dividida en los tres gremios que conviven: al Oeste, abogados y al Este, financieros. Estos últimos años, la bonanza económica ha decantado la primacía del lado oriental, el de las finanzas. Pero la crisis que asoma cambiará el equilibrio: en los malos tiempos, cuando las quiebras derivan en litigios y afloran los fraudes cometidos durante la euforia bursátil, quienes se hacen ricos son los abogados.
Esa parte occidental, la jurídica, es otra de las razones de que la City sea la City. Las empresas de todo el mundo firman contratos en Londres porque, en caso de litigio, se fían de sus tribunales, los consideran garantía suficiente para quienes firman acuerdos multinacionales.
La City no es un barrio residencial. Nadie vive allí. O casi nadie: algunos bloques de apartamentos, como los construidos en el Barbican después de la guerra, permiten mantener una mínima población estable. Son menos de 10.000 personas. Pero cada día fluye hacia la City una marea humana de unas 400.000 personas. Esa desproporción se compensa, de forma británicamente alambicada, por la vía electoral. En la City, las empresas tienen derecho a voto para el gobierno local.
Ahora que llega la ola de despidos, suele ser brutal. Mandan los ciclos económicos, tan asumidos como la meteorología. Andrew Smithers: "Las finanzas son volátiles por definición, y los bancos, atrapados entre las exigencias del corto plazo y el largo plazo, quiebran más o menos cada 10 años, con bastante regularidad", explica. También por definición, la City tiende a asumir riesgos imprudentes. "Lo normal", dice Smithers, "es explotar los buenos momentos y ganar todo el dinero posible, aun sabiendo que se forma una burbuja y que en algún momento estallará. El momento del estallido ayuda, porque si uno pierde su empleo, lo pierde junto a muchos otros".
Mayoría masculina en un ambiente cínico
La mejor manera de comprender qué es la City, en términos humanos, consiste en observar la estación de Liverpool Street a primera hora de la mañana. Primera, o primerísima. Desde mucho antes del amanecer, los ferrocarriles y el metro vomitan decenas de miles de personas, encadenadas a su móvil y a su ordenador portátil. No sólo el proletariado de las finanzas utiliza el transporte público. Las normas para limitar el tráfico y las medidas antiterroristas (la City fue un objetivo casi obsesivo para el IRA y es ahora una de las obsesiones del terrorismo islamista) han convertido el coche en un lujo reservado a los dirigentes de mayor nivel. A la City se va colectivamente.
En su historia, la City ha sufrido tremendas devastaciones. Los incendios de 1212 y de 1666 asolaron casi por completo los edificios medievales. Los bombardeos nazis, a partir de 1940, abrieron boquetes en la ciudadela. Y la reconstrucción no ayudó demasiado, aunque la reciente incorporación de algunos edificios transparentes (como la sede de la reaseguradora Lloyds) o coloridos (como el gigantesco pepino de Swiss Re) ha aportado algo de luz a una geografía que mantiene un carácter esencialmente oscuro.
Ese entorno se combina con unas jornadas laborales tremendas: no es raro hacer doce horas diarias. Y con una interacción humana basada en el cinismo, como corresponde a una ciudadela cuya existencia está basada en el dinero. Aquí los hombres mantienen una amplia mayoría. Eso no se debe a la formación (los mejores currículos académicos suelen ser femeninos) ni a la discriminación laboral. Ocurre como en otras profesiones: muchas mujeres desisten de escalar puestos en la City porque las jornadas laborales resultan incompatibles con una vida familiar razonable, o incluso con la vida a secas.
El pub constituye una institución fundamental. Al final de la jornada, todos los de la City se abarrotan de gente. Es el momento de beber y relajarse, antes de volver a casa.