El fósil que descubrió la lluvia

| Para el caparazón de gliptodonte mejor conservado de la región se debió realizar una excavación inédita. En Soriano la paleontología se vive como en ningún lado.

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LEONEL GARCÍA

Hoy abunda la soja y el ganado en los campos y praderas en los alrededores de Sacachispas, Soriano. Pero hace entre diez mil y quince mil años, con unos pocos grados menos de temperatura media, el paisaje era muy parecido a la actual sabana africana: extensos pastizales salpicados con parches de bosque o árboles aislados. Y ahí estaba el gliptodonte, algo así como una mulita herbívora del tamaño de un Volkswagen Fusca, de hasta 1.500 kilos de peso y 2,3 metros de largo, de rostro rechoncho y larga cola armada con algo parecido a gruesas púas. Convivía con otros muchos ejemplares de la megafauna, integrantes del ecosistema del final del Pleistoceno; ayer nomás, en términos geológicos. Y con los paleoindios, aparecía entonces el hombre. La cacería, sumada al cambio climático (pocos milenios atrás se había producido la última glaciación) y de vegetación, fueron acabando con esos enormes animales prehistóricos.

La ciencia está llena de episodios fortuitos. Quiso el destino que en 2009 un grupo de estudiantes de la Facultad de Ciencias estuviera trabajando en Soriano en un proyecto de recatálogo y revisión de las 4.000 piezas del Museo Paleontológico Alejandro Berro, en el Castillo Mauá, en las afueras de Mercedes, que incluyera investigación en la zona, financiado por la Universidad de la República. También quiso que en el verano de 2010, las lluvias provocaran inundaciones, crecidas y erosión en los suelos del departamento. Y finalmente quiso que, el jueves 25 de marzo de 2010, un niño de 9 años llamado Mario Vignolo, hijo del capataz de la estancia "El Porvenir", cerca de Sacachispas, fuera a pescar mojarritas a la cañada Denis, afluente del arroyo Perico Flaco. Y en la orilla, en una barranca se encontró con algo enorme y raro, algo que al principio le pareció un huevo de dinosaurio gigante.

En lugar de eso, era un caparazón de gliptodonte cuyo estado de preservación sorprendió a los expertos. "Es el más completo (un 98%) que se ha encontrado en el país y en la región", dice Gustavo Lecuona (32), técnico preparador de fósiles del Museo Nacional de Historia Natural. Por su lado Pablo Toriño (28), a la vez estudiante y docente de Paleontología de la Facultad de Ciencias, vuelve a alabar a la diosa Fortuna: "Lo que pasó en este caso ocurre muy pocas veces: el niño lo encontró en el momento exacto. Por lo general, se llega tarde. La pieza queda al descubierto y en el contacto con el aire, con la lluvia, comienza a desarmarse".

Las lluvias erosionaron la barranca. El caparazón del que fuera un adulto joven, muerto en circunstancias misteriosas, y originalmente tapado por tres metros de tierra, quedó a la vista. Medía 1,70 metros de largo y pesaba 150 kilos, aunque más de una tonelada de sedimentos alojados donde otrora estaba su carne la hacían casi inamovible. Una vez vacío, una persona puede instalarse en su interior.

Casi un año y medio después, la pieza está hoy exhibida en una sala especialmente acondicionada del Museo Berro, inaugurada el 5 de agosto pasado, junto con otros hallazgos cercanos. Pero claro, para eso se debió realizar una excavación sin antecedentes en la historia del país, bien "a la uruguaya", que duró unos ocho días: mucho ensayo y error, la participación del Ejército, la Intendencia de Soriano y cientos de voluntarios con más entusiasmo que conocimientos, vehículos atascados en el barro, y el temor permanente a que la lluvia complique todo (ver nota aparte).

ENCLAVE. En esa Semana de Turismo de 2010, Lecuona, Toriño y otros estudiantes de Ciencias hallaron en "El Porvenir" restos de lestodon y glosoterio, dos "perezosos" de tres y 1,5 toneladas, respectivamente, un maxilar de un viejo smilodon (un tigre dientes de sable de 350 kilos, mayor que cualquier felino de la actualidad), y la cadera de un toxodonte, parecido a los rinocerontes modernos. El pequeño "Marito", como lo llaman los investigadores (y que recibió un homenaje de la Junta Departamental), ya es todo un paleontólogo precoz y tiene su propia colección.

"Esos lugares son propicios para encontrar fósiles por su tipo de terrenos, con mucha arena, arcilla y sedimentos, buenos para su preservación", afirma Toriño. "Además, hay muchos ríos, arroyos y cañadas, que son los lugares donde se encuentran, porque es el agua lo que come las barrancas y los hace aparecer". No por nada, el museo Berro está en Soriano.

Toriño destaca algo que va más allá de lo completo de este hallazgo. Es un factor que apunta a lo social y que, pareciera, convertiría el departamento en algo así como la capital uruguaya de la Paleontología. "Este episodio tuvo una gran repercusión, despertó allá un gran interés. Lo que pasa hoy, y es muy bueno, es que la gente de Soriano tomó mucha conciencia sobre esta disciplina y cada cosa que les llama la atención y aparece nos la avisan. Lo que pasa mucho en el Interior es que aparece un hueso o un caparazón en una estancia y la gente no le da importancia. O cree que es importante y no sabe a quién llamar. Y, como pasa en una emergencia médica, acá lo importante es no tocar y dejar trabajar a los que saben".

Ocho días de locura

"La realidad de las excavaciones es que son más sucias que en las películas. Nos manejamos con lo que podemos. Y a veces, con los mismos métodos que hace 150 años", ríe Pablo Toriño. Mucha gente se acercó a dar una mano con el "tatú gigante", cuyo hallazgo convulsionó al departamento. Toriño y Gustavo Lecuona llegaron el viernes 26, el día antes de la Semana de Turismo de 2010. Llegó a haber un centenar de personas dando una mano; que supieran realmente qué hacer -al menos hasta la llegada de cuatro estudiantes de Paleontología y otros tres de Geología, el lunes 29-, solo ellos dos. Nunca tuvieron tanta gente para dar órdenes.

La película de lo que pasó en esa estancia, esa semana, bien puede titularse Cómo evitar que se rompa una mulita gigante, y no enloquecer en el intento.

El rebusque criollo estuvo al firme: el caparazón se envolvió usando varillas, yeso, arpillera, malla sombra y hasta algodón para evitar que se quebrara. Se improvisó un "trineo" de madera para trasladar el fósil al otro lado de la cañada. Nunca un recorrido de 25 metros fue tan complicado. El Batallón Nº 5 del Ejército, Grito de Asencio, fue a dar una mano. Se usaron cuerdas, sin éxito. Por lo menos, los soldados lograron carpir el camino. El trineo avanzaba de a centímetros. Una camioneta a tracción de la Intendencia de Soriano tampoco pudo moverla. Fue el turno de una excavadora, que solo pudo quedarse empantanada. Los propios militares tuvieron que "rescatarla". Y para peor, la amenaza de agua siempre presente. "El peor momento de la excavación fue la noche del cuarto día. Nos fuimos a dormir con el caparazón `trancado`, al lado del arroyo, a la intemperie y con riesgo de lluvia", recuerda Lecuona.

Usando palas, cucharas y las propias manos, se empezó a retirar el sedimento del interior del caparazón. Esa pareció ser la única manera de moverlo. Un día y medio duró esta tarea. Eso también permitió hallar la cadera del animal, la más completa nunca vista en el país. Claro, estaba hecha añicos. Llega un vehículo del Ejército para culminar el traslado; también queda empantanado. Finalmente, arriba un camión militar. Libera al vehículo, primero, y logra llevar al fósil al otro lado de la cañada.

El viernes Santo, una camioneta de la Intendencia lleva al gliptodonte mejor conservado hallado nunca en Uruguay al Castillo Mauá. Muchas de las festividades de Turismo en Mercedes se realizan, justamente, en el parque donde se levanta el edificio. La llegada del "tatú gigante", así fue promocionada, resultó una celebración más.

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