GABRIELA VAZ
De niño, a Timothy Burton le encantaban las películas de terror bien bizarras, de bajo presupuesto. La muerte no lo asustaba; lo divertía. Introvertido como era, jugaba con su hermano a parodiar crímenes sangrientos y recrear escenas de ciencia ficción, aficiones que llevaban a sus vecinos a catalogarlo como un "inadaptado social". Pero Tim solo dejaba aflorar su frondosa imaginación. Los maratones de terror y asustar a los demás hablando de crímenes y extraterrestres eran la mejor forma de matar el tiempo en las rutinarias tardes de la demasiado tranquila ciudad de Burbank, California.
Esa infancia marcó toda la filmografía del que hoy, a sus 53 años, es uno de los más prolíficos e interesantes directores de cine de Estados Unidos. Sus personajes son de estética estrafalaria: pálidos y ojerosos o saltarines y psicodélicos. Sus mundos son imaginarios. Sus historias, surrealistas.
Su sello es tan fuerte que hasta un desentendido puede adivinar, sólo observando el arte de una película, si se trata o no de una obra de Burton. Desde su ópera prima (en largometraje) La gran aventura de Pee-Wee (1985), hasta Beetlejuice (1988), Batman (1989), El extraño mundo de Jack (1993), Ed Wood (1994), Mars Attacks! (1996), La leyenda del jinete sin cabeza (1999), Charlie y la fábrica de chocolate (2005), El cadáver de la novia (2005), Sweeney Todd (2007) o Alicia en el país de las maravillas (2010), entre otros, ha dirigido más de 20 films, incluyendo los dos que estrenará este 2012. En la segunda mitad del año llegará a los cines Frankenweenie, una versión, en largo, del cortometraje que el director creó en 1984. En aquella oportunidad, el novel cineasta de 26 años trabajaba para Disney y sus jefes opinaron que la historia (inspirada en Frankenstein) era "demasiado terrorífica" para audiencias jóvenes; la versión 2012 será distribuida por Disney.
En tanto, el 22 de junio llega a la cartelera uruguaya Sombras tenebrosas, donde Burton echará mano una vez más a sus dos actores fetiche: su amigo y padrino de uno de sus hijos Johnny Depp, quien ha participado en ocho de sus películas, y su esposa y madre de sus dos hijos Helena Bonham-Carter, quien protagoniza siete de sus films.
Consultado días atrás sobre la reincidencia con Depp, opinó: "Somos un poco retorcidos y oscuros. Digamos que a los dos nos atraen las mismas cosas. Pero el verdadero secreto con Johnny es que cada vez que trabajas con él parece la primera. Es un actor camaleón, que le gusta ser alguien muy distinto cada vez. Te obliga a cambiar con él. Es lo importante: mantener el vínculo fresco".
La relación con su esposa, en tanto, es harina de otro costal. Se conocieron en 2001 mientras filmaban El planeta de los simios. En los papeles podría decirse que eran demasiado distintos: él, un exitoso pero desaliñado cineasta estadounidense de entonces 43 años, divorciado y con una vida amorosa sin sobresaltos; ella, una británica de ascendencia aristocrática, incluido un bisabuelo primer ministro, que ostentaba 35 años y -tras una relación de un lustro con el director Kenneth Branagh, a quien conoció casado con Emma Thompson- una soltería de novios famosos rotativos al ritmo de uno por película. Pero los papeles se quemaron y desde entonces se convirtieron en una de las parejas más estables de Hollywood.
LOS FREAKS DEL BARRIO. Y también una de las parejas más extrañas. Además de la excéntrica apariencia de ambos, que en ocasiones parece confundirse con los personajes de sus películas, el matrimonio maneja dinámicas muy peculiares.
Al tiempo de empezar a salir, Burton compró la casa contigua a donde vivía Helena, en Londres, y las interconectaron a través de un pasillo. Hoy viven allí junto a sus dos hijos -un varón llamado Billy Ray, que nació en 2003, y una niña de nombre Nell, nacida en 2007- y duermen en habitaciones, o mejor dicho casas, separadas. Cada uno ambientó su espacio a su manera. "Mi casa está decorada al estilo country francés, pero Tim la llama estilo `Bellatrix Potter`", ha comentado Bonham-Carter, al tiempo que cuenta que la de él es ecléctica. "Tiene sofás de terciopelo, luces de extraterrestres... es un ambiente más moderno". La actriz ha asegurado que así encontraron la fórmula perfecta para la convivencia, que de lo contrario sería insufrible. "Tim ronca, yo hablo dormida. Tim padece de insomnio y necesita la tele para quedarse dormido, y yo, silencio absoluto", explicó.
Puertas afuera, Burton ha reconocido que son "los freaks del barrio", aunque no se resigna a ser el centro de todas las miradas en el vecindario de Hampstead, donde residen. "Me puedo vestir como un payaso y reírme con todo el mundo, pero aún así (los vecinos) dirán que tengo una personalidad oscura", comentó una vez.
Por más liberal y despreocupada que suene esta pareja, ninguno de los dos quiso que la paternidad los tomara por sorpresa y -tal vez otra extravagancia hollywoodense- decidieron ir a clase para aprender a ser buenos padres. Así, de la forma más literal. "Éramos un grupo de padres contando nuestro drama al estilo de Alcohólicos Anónimos", confesaron.
Por lo demás, Helena asevera que esto de dormir con el director no le asegura un papel en sus películas, aunque de 2001 a la fecha participó en casi todos los films de su marido. Cuando se definía el elenco para la animación El cadáver de la novia, Burton le ofreció a su esposa el rol de Victoria, pero a ella no la convenció; prefería ser la novia abandonada. Al cabo de unos días, al notar que Tim le daba vueltas al asunto, decidió zanjar por lo sano: "¿Tengo que audicionar?" Él contestó que sí, ella realizó la prueba y dos semanas después -durante las cuales el tema no se volvió a tocar- Burton se presentó en la casa de ella para anunciar: "El equipo se sentirá honrado si aceptas el papel del cadáver de la novia".
DIME DE DÓNDE VIENES. De tanto ver a Bonham-Carter en las películas del cineasta, los periodistas han insistido una y otra vez preguntando si acaso ella se ha convertido en su "musa". Y una y otra vez, casi suspirando, ella ha contestado que no, que ya quisiera que fuera así, pero no.
"Sé perfectamente que se inspira en muchísimas otras cosas, muy diferentes entre sí. Me gustaría ser su musa, pero eso no es del todo verdad".
Acaso "la musa" esté en el pasado. Si su filmografía está marcada por lo autobiográfico, a veces la infancia se cuela con más precisión que una simple influencia. Su natal Burbank se redefinió, tal vez, como Spectre -la ciudad fantasma que, según él mismo dijo, "parece placentera pero tiene algo raro en el fondo"- en El gran pez (2003). El actor Vincent Price, ícono del cine de terror clase B de los años 60 e ídolo de Burton, tuvo su última aparición de pantalla grande en El joven manos de tijera (1990); luego, "Vincent" sería uno de los nombres recurrentes en la obra del cineasta.
Otro sello: en al menos media decena de sus películas, la relación del protagonista con los padres resulta determinante para explicar su comportamiento. ¿Cuánto hay ahí de Burton? Tal vez, esta respuesta aclare: "Cuando alguien me pregunta qué es lo que me da más miedo, jamás diría una película de monstruos. Diría: mi madre. Me daba terror. Ella y algunos parientes". Lo sentenció el director en ocasión de presentar El gran pez, una película donde un padre fabulador y un hijo muy realista intentan conciliar dos miradas en apariencia inconciliables.
"Es una relación rara la que los padres tienen con los hijos", reflexionó Burton entonces, cuatro años después de la muerte de su padre y dos de la de su madre. "No tuve un cierre de relación con mi padre. Hice un intento, pero fue imposible. No teníamos mucha relación, pero no porque hubiera odio, nada de eso. Era una dinámica que es muy específica de padres e hijos, porque los hombres generalmente no hablan tanto".
Cuando se le apuntó que, al contrario de lo que sucede en la película, en la vida real Tim, y no su padre, era el fantasioso, él admitió haber pensado mucho en eso. "Mi papá tenía dientes falsos y cuando era chico y había luna llena se los sacaba y bromeaba con que era un hombre lobo. No era un contador de historias verbales, como Ed (el personaje de El gran pez)... La verdad que no éramos muy comunicativos, pero es innegable que uno es de donde uno viene". Y a Burton, eso le fue más que suficiente.