CARINA NOVARESE
¿Qué hace que un país de cinco millones de habitantes, ubicado al borde del Círculo Polar Artico, vecino del gigante ruso (y la ex Unión Soviética) y alejado de la Europa continental, se haya convertido en una potencia papelera y una economía floreciente con un alto nivel de vida y otro igual de calidad ambiental? ¿Cómo se explica que ese mismo país haya logrado tales éxitos a pesar de no haber conseguido su independencia hasta 1917, que sin embargo no lo protegió de guerras e invasiones posteriores? La respuesta no es sencilla, por la diversidad de factores que la integran. Pero algunos saltan a la vista: organización, planeamiento y control, mucho control riguroso de lo que hacen las empresas, por parte del gobierno.
Luego de pagar una deuda millonaria de guerra a Rusia, Finlandia se levantó de sus cenizas y se convirtió en el país de las papeleras y de los teléfonos celulares. Lo hizo con inversión y trabajo arduo, claro. Pero también con leyes sólidas y controles férreos por parte del gobierno nacional y locales, y sobre todo de la propia sociedad civil.
¿Por qué en Finlandia, donde hay casi 100 fábricas relacionadas a la industria del papel, ya ni los ecologistas discuten sobre la contaminación de cual o tal sistema de producción y sin embargo se realizan controles de aguas y aire casi diarios? Porque la sociedad de ese país resolvió el tema en la década de los 80, cuando la movilización social y las protestas de las ONG’s obligaron a las empresas papeleras a desarrollar métodos menos contaminantes y a introducir en sus diccionarios corporativos los términos "sustentabilidad" y "responsabilidad social" como sinónimos de rentabilidad.
Esos sistemas que terminaron con la polución en ríos y lagos finlandeses son los mismos que dos empresas finlandesas decidieron utilizar en el sur y, en particular, en Uruguay. Botnia ya está construyendo su primera gran megaplanta en el hemisferio sur, a orillas del río Uruguay. Stora Enso, la empresa líder en el mercado papelero mundial, ya comenzó a comprar tierras en Durazno y Tacuarembó (llegará a tener 140.000 hectáreas) y planea con seguridad y "optimismo" —según dicen sus propios ejecutivos— la construcción de una enorme planta en algún punto de estos departamentos, en unos seis a ocho años. Estas empresas aseguran que la tecnología que utilizarán aquí es la misma, de última generación, que usan en Europa. Como en ese continente, el encargado del control deberá ser el gobierno del país en cuestión. En el medio las preguntas sobre el impacto (y no solo ambiental) que tendrán plantas como la de Botnia, que será cuatro veces más grandes que las que existen en Finlandia.
ECUACIóN RENTABLE. En términos económicos la decisión de empresas como Botnia y Stora Enso de instalarse en el sur, y más precisamente en Uruguay, se explica con una contundente ecuación económica basada en una combinación de clima y suelos. Mientras que en Finlandia se necesitan 80 años para que un árbol crezca, en Uruguay lo hace en 10. Además, explicó Kari Vainio, vicepresidente de Comunicaciones de Stora Enso, la fibra corta que se obtiene de los eucalyptus que crecen en Brasil y Uruguay es de mejor calidad que la europea. Este tipo de fibra es la que se utiliza para producir varios tipos de papel, entre ellos el de oficina, uno de los más consumidos en el presente y, se estima, en el futuro.
"Somos una isla alejada del resto del mundo. Por eso necesitamos solucionar toda la cadena productiva", explicó Jorma Westlund, vicepresidente de Asuntos Públicos de Stora Enso. Así sintetizaba el dilema que enfrentaron los finlandeses a mediados del siglo XX: producir y prosperar o morir en el intento. Luego de décadas de dominación primero sueco y luego rusa, Finlandia alcanzó su independencia recién en 1917, pero siguió enfrentando amenazas extranjeras —entre ellas una invasión rusa— hasta finalizada la Segunda Guerra Mundial. En ese momento se produjo un click importante en la forma de concebir la economía y la propia vida de todo un país. Si bien Finlandia siempre había dependido fuertemente de sus bosques y los productos que de ellos derivan, con el tiempo el país se reconvirtió y desarrolló un circuito autoabastecido que incluye todas las etapas de la producción del papel e involucra a varias industrias.
Así se convirtió en el país con mayor producción de papel per cápita del mundo, el segundo en producción de este producto en Europa y el primer fabricante continental de pulpa de celulosa. En 2004, el mercado global del papel finlandés llegó a los 360 millones de toneladas. En ese año el consumo total de madera que hizo sólo una de las empresas papeleras finlandesas, Stora Enso, fue equivalente a un millón de cargas de camión (con zorra incluida).
Con los años, además, Finlandia entendió que su casi total dependencia del papel podía ser peligrosa, y así comenzó a incentivarse el desarrollo de otras industrias como la electrónica. El resultado fue el éxito de Nokia, empresa nacida como papelera y devenida en la principal fabricante de celulares del mundo. En 1980 el papel representaba el 42% de las exportaciones finlandesas, pero en el 2004 la dependencia ya había bajado al 24%.
A pesar de su importancia vital en el esquema finlandés, la industria papelera no emplea —al menos directamente— a muchas personas, porque casi todos sus pasos están automatizados. Desde el corte de árboles que desde hace al menos 20 años se realiza con gigantescas máquinas (ver recuadro) hasta las plantas de papel de hasta 600 metros de largo que son manejadas por una docena de operarios, encargados de apretar botones y controlar niveles con sólo mirar pantallas de computadoras. Claro que los empleos indirectos se multiplican y se calcula que por cada persona que trabaja en una planta se generan otros dos o tres fuera de ellas.
Actualmente sólo el 2,5% de la población finlandesa está empleada directamente en alguna de las etapas de la industria forestal. Estos empleados conforman uno de los sindicatos más fuertes del país; a lo largo de los años se han apuntado varias victorias a su favor, entre ellas el salario promedio que gana un forestal, cercano a los 5.000 euros y superior al de muchas profesiones universitarias.
AMBIENTE Y NEGOCIOS. "Señores, la sustentabilidad es un negocio", dijo Eija Pitkanen, vicepresidenta de Sustentabilidad de Stora Enso, al abrir su conferencia sobre una industria que se vio obligada a considerar al cuidado del medio ambiente como una pata fundamental de su negocio. Es que ya no se trata de buenos y malos, contaminadores o ambientalistas: para las empresas papeleras finlandesas el respeto del medio ambiente es "LA" exigencia que les permite hacer negocios. En resumidas cuentas: cuidar el medio ambiente es una buena forma de vender papel. Y en estos tiempos de imagen, marketing y presiones de ONG’s, tal vez la única forma de venderlo.
Las inversiones más gruesas que se hicieron en Finlandia para proteger al medio ambiente de las potencialmente contaminantes plantas de celulosa y papel datan de la década de los 80, cuando se produjo el gran cambio de tecnología que condujo a las fábricas que ahora están en funcionamiento. El cambio respondió a una gran presión de la sociedad civil y los grupos ambientalistas finlandeses, que protagonizaron una agresiva campaña para lograr que las papeleras dejaran de contaminar. Tal como explicó Markus Kröger, investigador especializado en Latinoamerica del Instituto Renvall de la Universidad de Helsinky, hasta entonces la contaminación era un hecho: había olor casi constante y, lo que es peor aún, se vertían directamente a las aguas de ríos y lagos los desechos químicos provenientes de un proceso en el que se utilizan sustancias altamente tóxicas.
En los años 80 comenzó a operar en Finlandia una organización no gubernamental, la Liga Finlandesa para la Conservación de la Naturaleza, que incidió fuertemente en las protestas que se multiplicaron en las diferentes comunidades en las que había plantas. En menos de diez años la calidad de las aguas de lagos y ríos cercanos a las fábricas pasó de altamente contaminada a niveles por debajo de los establecidos por el gobierno.
En 2005 las empresas finlandesas invirtieron unos 75 millones de euros en la protección del medio ambiente, una cifra aún alta pero muy por debajo de los 130 o 140 millones de euros que debieron invertir en este campo en los primeros años de la década del 90, cuando se produjo buena parte de la transformación de las plantas. La ecuación que hacen las empresas es sencilla: para vender hay que asegurar calidad ambiental, legitimidad de los bosques e incluso responsabilidad social.
Un ejemplo que ilustra sobre la operativa de los mercados al respecto se relaciona directamente con Uruguay; poco después de que Stora Enso anunciara su intención de invertir en el país, un cliente preocupado llamó a la compañía diciendo que había leído reportes en los que se denunciaba que aquí se utilizan a menores de edad en el trabajo de las plantaciones. Stora Enso ya detectó que las condiciones de trabajo en las forestaciones será una de las debilidades que deberá abordar en Uruguay.
Las respuestas que da la empresa pueden ser vitales para que el cliente decida o no comprarle papel. Un ejemplo de tal exigencia es el de la compañía estadounidense Times Inc, que publica más de 150 revistas y es uno de los principales clientes de Stora Enso. Para 2006 la meta de Times es que el papel que compre esté fabricado en un 80% con fibra certificada. Por tal se entiende la materia prima obtenida de árboles cortados legalmente, de acuerdo a estándares internacionales y en zonas no protegidas.
Mantenerse en la "cumbre" de la sustentabilidad no es sencillo. Stora Enso ha integrado el índice Dow Jones de Sustentabilidad en los últimos siete años, pero ahora se está estudiando si la empresa seguirá en la lista, a la luz de problemas en Laponia que no sólo involucran a los renos sino también los derechos de propiedad de los indígenas Sami que habitan esa zona, explicó Markus Kröger.
Para asegurar a sus clientes que se siguen los parámetros establecidos por ellos, Stora Enso utiliza un sistema de consultoría por el cual no contrata a empresas privadas para evaluar los impactos ambientales y sociales de una planta sino a "terceras partes independientes". En sus últimos emprendimientos —incluyendo a la planta que la empresa posee al sur de Bahía, del mismo tamaño que tendrá la de Botnia en Uruguay—, la compañía buscó organismos "intachables". Así Stora Enso encarga estas evaluaciones al Programa de Desarrollo Humano de Naciones Unidas (PNUD) y a ONG’s tales como Conservation International, la World Wildlife Foundation (WWF) o el Observatorio Social.
Además, incentiva a sus propios clientes a participar en las evaluaciones. "En Uruguay utilizaremos una combinación, pero estará presente sin dudas el PNUD y clientes de Estados Unidos y Alemania", explicó Pitkanen.
PUEBLOS Y PLANTAS. Un ejemplo claro del cambio al que obligó la sociedad civil en las plantas es Oulu, una ciudad distante unos 500 kilómetros de Helsinky. En ella se levanta una planta desarrollada sobre 160 hectáreas, virtualmente pegada a la ciudad y que comparte con ella las mismas aguas. La de Oulu fue una de las plantas renovadas entre 1984 y 1988 y con el tiempo se convirtió en unas de las más modernas para la fabricación de papeles finos. De sus máquinas salen casi un millón de toneladas de papel y unas 370.000 de pulpa.
Imatra es otro de los ejemplos claros de cómo pueden interactuar plantas y ciudades. En torno a este centro distante 280 kilómetros de la capital y ubicado en la frontera con Rusia, se suceden cuatro grandes plantas, dos de ellas de Stora Enso y una de Botnia. Todas producen en base al agua del río que comparten con Rusia. De hecho, el control ambiental que se realiza es binacional, luego de una disputa en los años 80 debido al alto nivel de lignina de las aguas del río, que sobre todo afectaba a la parte rusa. El problema disparó la modernización de la tecnología pero hasta el día de hoy existe una Comisión del Agua Transfronteriza, que es la encargada del control. Imatra fue la ciudad de descanso de los zares rusos y todavía es uno de los centros turísticos más visitados del país.
Buena parte de los 30.000 habitantes de Imatra dependen de una u otra forma de la industria papelera, que allí se remonta al año 1872. Sólo las dos plantas de Stora Enso producen 850.000 toneladas de pulpa al año. Existen autoridades locales encargadas de controlar la calidad del aire en la ciudad de Imatra, las emisiones aéreas, descargas al agua, residuos y nivel de ruido, entre otras cosas. También se realizan estudios sobre la población de peces y un monitoreo de algas, plancton y sedimentos. Estos son sólo algunos de los controles que conforman una larga lista exigida por las leyes ambientales finlandesas, controles que además se realizan todos los meses.
MEGA-PLANTAS. Desde Finlandia, el diferendo generado en el Río de la Plata en torno a la construcción de las plantas de celulosa tiene buena resonancia pública, con frecuentes notas periodísticas que aparecen en los diarios de circulación nacional. Además, el tema ha tenido buena entrada en los círculos académicos. Entre los investigadores que ahora se interesan por Uruguay está Markus Kröger, del Instituto Renvall. Desde su perspectiva las inversiones finlandesas en países como Uruguay tiene el potencial de ser positivas, pero deben extremarse los cuidados con respecto a los impactos de todo tipo: ambientales, económicos, sociales y culturales.
El punto que para este investigador puede ser complicado es el del tamaño de las plantas. En Brasil la planta de Stora Enso —llamada Veracel— produce un millón de toneladas de pulpa al año y se prevé que la que se erigirá en Uruguay superará esta capacidad. En Europa, en cambio, la mayoría de las plantas producen promedialmente unas 300.000 toneladas al año.
La explicación de Stora Enso para el mayor tamaño se relaciona con el suministro de madera. En Europa es ahora complicado tener bosques cercanos para abastecer una mega planta. En Uruguay la empresa tendrá 100.000 hec. de bosques, suficiente para abastecer a la megaplanta planeada.
LOS MISTERIOS DE LA PULPA: ¿CONTAMINA O NO CONTAMINA?
—¿Qué es la pulpa de celulosa?
—Parecida a papel mojado, está compuesta por la celulosa del árbol luego de extraída la lignina, este último un compuesto químico que conecta las fibras entre sí.
—¿Cómo se obtiene?
Los troncos pasan por trituradoras que los convierten en chips de madera. Estos son procesados con un complejo de químicos, para eliminar la lignina. Al proceso se le denomina "cocimiento de la pulpa", seguido del "lavado" y "blanqueado".
—¿Cuándo se producen los efectos contaminantes?
—En esta primera etapa se pueden producir todos los efectos contaminantes que ahora se discuten en Uruguay. Sin embargo, las tecnologías aplicadas en Finlandia —y buena parte del mundo desarrollado— desde los 80 permiten que los químicos utilizados para el lavado y blanqueamiento de la pulpa se recuperen y reconviertan en energía. Una planta finlandesa como la que Stora Enso tiene en la ciudad de Oulu, a 500 kms. de la capital, obtiene más de 60% de su energía del por aquí famoso "licor negro", formado por la lignina extraída de la madera y los químicos que se usan para tal proceso.
—¿Cuáles son los químicos tóxicos que se utilizan para producir pulpa?
—Varios, entre ellos la soda cáustica (que interviene en la separación de la celulosa y la lignina, generando licor negro). En el proceso de blanqueamiento intervienen los dióxidos de cloro, que generan dioxinas de furanos, potencialmente cancerígenas.
—¿Qué pasa con esos químicos?
—Hasta hace poco más de 30 años se tiraban en las corrientes de agua cercanas, ocasionando gran contaminación. Desde 1988 plantas como la de Oulu logran recuperar el 98% de los químicos que luego se reutilizan.
—¿A qué se debe el mal olor y con qué frecuencia es generado por las plantas?
—El mal olor viene del azufre que se utiliza en la producción. Según los reportes de la empresas y de los organismos de control finlandeses, en el año 2005 el olor llegó a la ciudad de Oulu entre cinco y 10 veces, por períodos de no más de 10 minutos. Tal aroma es sinónimo de algún problema en la planta, ya sea por la rotura de alguna máquina o su parada para mantenimiento. En Imatra, otra ciudad en la que hay cuatro plantas, durante 2005 hubo 60 horas de olor en la zona poblada. En Finlandia no es extraño escuchar la frase: "el dinero huele".
—¿Qué pasa con el agua?
—La industria papelera se basa en el agua cercana de ríos o lagos para poder producir. En 2004 una planta como la de Oulu utilizó 50 millones de metros cúbicos del agua del río cercano, el 85% de la cual fue devuelta al curso luego de purificada. El restante 15% se evaporó. El mismo río abastece la red potable de la ciudad. Las aguas se purifican en grandes piscinas por medio de microbios que consumen los compuestos orgánicos tóxicos.
—¿Cómo son los controles?
—Realizados por las empresas, el gobierno nacional y los locales. El gobierno controla una vez por mes y otorga licencias anuales. La ley establece estrictos límites para cada una de las sustancias que genera la industria. Si se sobrepasan por primera vez hay una advertencia, seguida de gruesas multas y hasta el cierre de la planta.
—¿En Finlandia hay preferencia por el sistema ECF o TCF?
—Sólo dos plantas de Stora Enso en el mundo funcionan con el proceso TCF, el exigido por Greenpeace porque en él no se utiliza ningún tipo de cloro. Las empresas sostienen que el TCF termina siendo más perjudicial para el medio ambiente porque para producir la misma cantidad de papel se necesita mucho más madera.
BOSQUES ETERNOS
La historia del papel finlandés comienza mucho antes de las plantas pasteras o papeleras que se multiplican en todo el país. Se inicia en sus propios bosques, que ocupan el 85% del territorio. De ellos proviene buena parte de la madera que necesitan esas plantas pero el sistema está llegando a su límite: estrictas leyes forestales establecen que no se puede cortar más de lo que se planta. En los últimos 20 años este equilibrio se mantuvo.
La administración de los bosques tiene sus particularides. El 61% de la madera que se obtiene proviene de bosques privados, casi todos propiedad de algunos de los 400.000 pequeños productores. Los finlandeses piensan en sus bosques como depósitos —al estilo de los que los uruguayos hacemos en el banco— que se pasan de generación en generación. Este razonamiento tiene una explicación: en ese país se necesitan 80 años para que un árbol alcance la madurez para ser talado. Quienes ahora plantan saben que están invirtiendo para sus nietos.
A pesar de la abundancia de árboles, Finlandia es el país europeo que tiene más bosques protegidos, un 4,1% del total. La mayor parte de esos bosques están certificados por sistemas vigentes en Europa. El riguroso cuidado forestal tiene como sustento las leyes forestales de 1886. De cualquiera manera, las organizaciones ambientales exigen menos cortes de árboles y más zonas protegidas.
Un bosque típico de Finlandia se corta cada 80 años y en tal actividad no participan mucho más de dos o tres hombres. Para cortar una hectárea se necesita una enorme máquina manejada por un hombre; el brazo robotizado de esta cosechadora, como se la llama, se encarga de cortar al árbol cerca del piso, librar al tronco de ramas y dividirlo en secciones de acuerdo a las medidas exigidas por plantas y aserraderos. En Uruguay ya hay empresas que poseen estas tecnología. Para terminar con la tala en esa hectárea se necesitan seis horas de trabajo con tal máquina o una semana de cortes manuales.
Desde el lugar parte un camión también computarizado, cuyo conductor sabe por sistema GPS y con un software especial, adónde debe llegar la carga, a qué hora exacta debe estar allí y qué camino recorrerá, entre otros datos. De esta manera los finlandeses se aseguran que la cadena productiva nunca se detenga: las plantas necesitan funcionar las 24 horas durante los 365 días del año, para evitar paradas que se traducen en pérdidas monetarias.
STORA ENSO: LA TERCERA SIN DISCORDIA (POR AHORA)
Es el mayor productor de papel y cartón de todo el mundo, instalado en 40 países, con más de 40.000 empleados y ventas en 2004 por 12.4 billones de euros. Extendió sus tentáculos a todo el mundo y ya llegó a Brasil, con plantaciones y una planta de pulpa de celulosa con capacidad de producir 900.000 toneladas al año.
Stora Enso ya decidió sus próximas movidas en el tablero de ajedrez del mercado del papel internacional y una de sus piezas ya descansa sobre Uruguay. La empresa compró 30.000 hectáreas de tierras y piensa adquirir 40.000 más antes de fin de año. Al término de un período de unos cinco a ocho años, el objetivo de la compañía es poseer en Uruguay unas 140.000 hectáreas de tierra, para poder plantar 100.000 con eucalyptus y, tal vez, pinos. Al cabo de ese tiempo también quedará levantada en alguna parte de Durazno o Tacuarembó, a la vera del Río Negro, la segunda planta de pulpa de celulosa que la empresa finlandesa tendrá en Sudamérica, con una inversión superior a los 1.000 millones de dólares.
¿Por qué Uruguay? Para Stora Enso, además de clima y suelos —que permite un crecimiento de los árboles hasta 10 veces más rápido que en Finlandia— se cuentan otros elementos tales como infraestructura en condiciones no tan malas y, sobre todo, estabilidad política, explicó Kari Vainio, principal encargado de las Comunicaciones de la empresa a nivel mundial. El resumen es claro: "Latinoamérica hoy ofrece las mejores condiciones para producir madera a bajo costo".