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Cuando hay que cambiar de camino en el medio de la vida

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Marcelo Filippini

DE PORTADA

Historias de uruguayos que tuvieron que dejar la actividad para la cual se habían preparado.

Desde hace unos cuantos años se puso de moda la idea de que hay que abrazar los cambios, “salir de la zona de confort”, pensar en las crisis como oportunidades de cambio y ainda mais. La mayor parte de esos postulados tienen un tufillo a autoayuda, y tal vez sean mecanismos de defensa ante las incertidumbres propias de la época en la que vivimos. Para muchos, esos cambios les son impuestos, no deseados. Estas tres historias son de personalidades que por diferentes razones tuvieron que empezar a vivir una vida distinta a aquella para la cual se prepararon durante muchos años. Tales son los casos del extenista Marcelo Filippini y el exfutbolista Rodolfo Rodríguez. O que tuvieron que abandonar algo que los apasionaba por cuestiones propias de los caminos de la vida, como le pasó a la exconductora de televisión Patricia Murialdo.

Marcelo Filippini

Marcelo Filippini
Marcelo Filippini en Copa Davis.

El ahora empresario recibe a Revista Domingo en su casa. Al lado de dos columnas que sustentan el portón, hay dos arbustos que están dando flores. “Son dietes”, explica cuando le preguntan por las flores. Y luego agrega: “Es que ahora tengo una empresa de jardinería y tengo que estar actualizado”.

¿De pegarle a la pelota fluorescente a cuidar pasto y flores? En parte, sí. En realidad, como explicará luego, llegó a la jardinería medio por casualidad, a diferencia de casi todo lo demás en su derrotero vital. Cuando dejó la raqueta, uno de sus tantos emprendimientos fue el desarrollo de un barrio privado, Colinas de Carrasco, como inversor. “En un momento, me pidieron que controlara el pasto que estaba siendo colocado en las cunetas y empecé por eso. Luego hubo algunos problemas con la empresa que se estaba encargando de la jardinería. Ahí, con mi padre, decidimos hacernos cargo de la jardinería y pusimos una empresa nuestra. De eso hará unos 15 años y seguimos con eso. Durante la mayor parte del tiempo fue mi padre el que se encargaba de llevarla adelante, conmigo ayudando. Pero ahora mi padre tiene 85”, dice a manera de explicación de que ha tenido que tomar un papel más preponderante en el emprendimiento.

Pero, como ya se dijo, es uno de varios proyectos que ha tenido Filippini desde que se retiró del mundo del tenis. “Cuando cumplí 30 años, empezaron a preguntarme cuándo me retiraría, y para que no me estuvieran preguntando eso una y otra vez, dije que me iba a retirar en tres años”. No fue una decisión impulsiva sino meditada, porque ya avizoraba el fin de sus días como tenista profesional.

—¿Extrañás el tenis?

—No. Ya hace 22 años que dejé, es bastante tiempo. Por ahí alguna vez extraño la adrenalina y los nervios de salir a la cancha, lo competitivo, pero no más que eso.

Es que ese deporte, a pesar de todas las alegrías que le dio, también tenía una contracara. Dedicarse al tenis a ese nivel no le permitía practicar dos otros deportes que también lo apasionaban: el polo y el fútbol. Mientras se movía en el ranking del tenis profesional no podía permitirse el lujo de competir en la Liga Universitaria en fútbol o montar un caballo.

Pero una vez que se hizo efectiva su retirada, pudo dar rienda suelta a esas pasiones. El fútbol universitario ya quedó atrás, pero sigue en el polo. Se califica a sí mismo como un jugador de nivel aceptable para el contexto en el cual se desempeña. Tanto el fútbol como el polo son deportes de equipo (el polo, además, tiene la particularidad de que se establece una relación con el equino), a diferencia del tenis, donde uno está solo ante la mirada de todos. Eso, y en particular en el caso del fútbol, fue uno de los factores que más le costó aprender. Como dice, “no se pueden controlar las virtudes de otros”.

Cuando empezó a jugar en la Liga Universitaria como parte del equipo All Christians, tenía los fundamentos del deporte. Había jugado al baby fútbol y aunque fuera tenista, entrenaba cuando estaba de vacaciones (tres semanas al año) con su hermano y demás jugadores del equipo.

Pero cuando quiso empezar a jugar al polo, tuvo que arrancar desde cero. “No sabía montar a caballo. Eso era un escollo”, comenta a modo de understatement. No solo no sabía montar. Cuando empezó, una de las primeras cosas que le pasaron fue caerse del caballo y quebrarse la muñeca, con fractura expuesta. Pero eso lo hizo repensar lo que quería. “Cuesta convencerme de lo contrario si quiero hacer algo”, dice. Ahora ya lleva 20 años como jugador de polo y aunque tiene varios caballos con los que juega (“La clave del polo es el caballo. Cuanto mejor es, mejor jugás. Y lo tenés que conocer”) hay uno que es especial. “No es el mejor, pero es mi favorito. Jugué con la yegua que era la ‘abuela’ de él, y después con la madre. No tiene las mismas cualidades que tenían esas yeguas para el polo, en parte porque a veces se asusta de cualquier cosa. Pero creo que va a ser muy bueno, un crack. Como lo fueron su madre y su abuela. Le tengo cariño y me gusta mucho que sea muy manso”.

Aunque sigue siendo un apasionado del polo, ya tiene en mente su próximo deporte: el golf. En su cabeza está rondando la idea de dejar el polo, pero parece que el acto de pegarle a una pelota para que esta se dirija a un lugar específico lo sigue cautivando. Eso, y alternar con su faceta de empresario. Además de la jardinería y su pasado como desarrollador inmobiliario, Filippini también oficia de brand manager de la marca de vinos Familia Deicas (“Hace 22 años que trabajo con ellos”), y también tuvo una panadería, que ya vendió. Inquieto sería una posible definición del espíritu que habita en Marcelo Filippini.

Rodolfo Rodríguez

Rodolfo Rodríguez
Cuando era "La pantera".

El exarquero de Nacional (y otros clubes como Cerro, Sporting Lisboa y Santos) y la selección uruguaya, se comunica con Revista Domingo desde el establecimiento agropecuario duraznense Santa María, que él ahora dirige. Tal como pasó con Filippini respecto del polo o la jardinería, Rodríguez también arrancó de cero en su actual actividad. “No sabía nada cuando llegué”, cuenta sobre sus inicios en el lugar, al que arribó porque su esposa es parte de la familia propietaria de Santa María.

Cuando llegó, estableció un vínculo con uno de los trabajadores del lugar, quien se encargaría de capacitarlo en las tareas propias de un complejo agropecuario que produce carne vacuna y ovina. “Llegamos a un acuerdo: él no se iba a reír de los comentarios que yo hiciera sobre el trabajo del campo y yo no me iba a reír de lo que él dijera sobre fútbol. Negociamos así”, recuerda. “No sabía distinguir entre una vaca y una vaquillona y no tenía idea de qué es un pique y qué un poste”.

Rodríguez se retiró del fútbol en 1994 a los 38 años y ahora dice que podría haber seguido “tranquilamente” dos o tres años más. “Físicamente, podría haber seguido un poco más. Pero por entonces medio que era como que había que retirarse a cierta edad”. Pero no extraña ponerse los guantes y cuidar la valla. Lo único por lo que siente algo de nostalgia es por la camaradería en el vestuario. “Las bromas, el sentimiento de equipo, compartir la felicidad y las preocupaciones. Eso sí. Pero nunca me desperté de noche deseando poder seguir jugando o levantar una copa. Fue lindo haberlo vivido, pero ya está”.

Las victorias y las derrotas dentro de la cancha no son las primeras cosas que le vienen a la mente cuando recuerda sus años como futbolista, más allá de que dice que fue gratificante levantar copas. Ojo, tampoco se siente un “ex”. “Futbolista se es para toda la vida”, sentencia. En parte, medio que estaba destinado a ser futbolista. “Yo nací un martes, y el domingo ya estaba en la tribuna del estadio de Cerro porque mi madre me había llevado”.

Sin embargo, también dice que, en lo que a él respecta, el fútbol es para jugarlo, no para estar en el costado. De ahí que nunca haya querido transitar el camino que tantos otros futbolistas transitan cuando cuelgan los zapatos, el del entrenador. “Siempre supe que una vez que me retirara, no iba a ser ni entrenador ni dirigente”, dice sobre su decisión.

Los años que le dedicó al fútbol fueron intensos y vertiginosos. En un momento, tenía tres actividades: entrenar, estudiar en el liceo y trabajar en el frigorífico del Cerro. Luego vino la etapa en Nacional y la selección, y los años en Portugal y Brasil (su último club fue Bahia, de la ciudad homónima), signada por mojones importantes como una Copa Libertadores, una Intercontinental y la victoria en el “Mundialito” de 1980.

Rodolfo Rodríguez
Rodolfo Rodríguez como arquero de la selección.

Toda esa intensidad fue cambiada por la serenidad (o supuesta) del campo. “Lo único en común es el verde del pasto”, dice Rodríguez.

—¿Qué aprendiste durante esta nueva etapa de tu vida?

—Todo, excepto a andar a caballo. Cuando paré, tenía algunos problemas en mi rodilla y hasta tuve que operarme por eso. Por eso me cuidaba de subirme a un caballo. Alguna vez monto, pero con cuidado y respeto por el caballo.

Siempre le gustó estar al aire libre, pero desde que trabaja en Santa María —va a cumplir 30 años en su nuevo oficio—desarrolló una mayor conciencia sobre la importancia de cuidarla. “Hasta donde es posible, tratamos de ser lo más ecológicos posible en cuanto a los productos que usamos, como fertilizantes y herbicidas. Y tratamos que todo sea de producción nacional”.

También desarrolló una mayor conciencia sobre la variedad y la vida animal. Ahora distingue cantos de pájaros y dice que las horas más lindas del día son el amanecer, cuando está por arrancar la labor, y el atardecer, cuando los motores de los tractores se apagan y empiezan a sonar los cantos de las aves. “Es el mayor placer que tengo, y la mejor manera de sacarme el estrés del día”.

Además, también empezó a ver con otros ojos a las vacas: “Cuando están por arrancar para el matadero, ni voy. Me entristece. Entiendo que es parte de un ciclo y de un negocio, y como carne. Pero me da pena. Lo mismo si alguien me dice de elegir un ternero para carnear. No lo hago, que lo haga otro. A mí no me da para eso. Tampoco me gusta cazar. ¿Matar a un animal? No, no me gusta y nunca me gustó”.

A sus 66 años, tiene más trayectoria trabajando en el campo que como futbolista, pero lo que todos recordarán como su legado son los títulos que obtuvo en sus respectivos equipos de fútbol.

Rodolfo Rodríguez 2022
Rodolfo Rodríguez hoy.

Patricia Murialdo

Patricia Murialdo
Foto: Darwin Borrelli.

La exconductora de televisión hoy es una empresaria en el rubro de indumentaria deportiva, sobre lo que tuvo que hacer tras dejar la comunicación en la televisión. A diferencia de los casos de Filippini y Rodríguez, no fue el cuerpo que le puso una fecha de caducidad a su desempeño profesional. Más bien fue una serie de eventos desafortunados que determinó su salida de la televisión, con enfrentamientos con el canal La Tele, a donde llegó en el año 2000 luego de varios años en Montecarlo (en total, fue una década de estar en la pantalla de lunes a viernes). De ahí, tal vez, que a veces extrañe estar en un estudio de televisión. “Hace poco estuve en el programa de la mañana de Montecarlo y sí, un poco se extraña. Comunicar, estar en contacto con la gente... Hasta eso de sentirse... (piensa) ‘invadido’ por la gente cuando salís a la calle. Porque estuve mucho tiempo en televisión, de lunes a viernes durante años, de 7 a 11, más todo lo extra, como publicidades y eventos. Era una sobreexposición, que lleva a que mucha gente te encare. Aún me sigue pasando con gente que ya tiene algunos años y se acuerdan cuando me veían. Por suerte, se acuerdan con cariño. Con Verónica Peinado fuimos pioneras en la televisión de la mañana, y creamos un estilo descontracturado”.

Cuando Murialdo tuvo que dejar la pantalla televisiva, fue un golpe duro. ¿Podría hacer otra cosa? Luego de seis meses de tristeza y desconcierto, y unos trabajos para Señal 1 y Tenfield, Murialdo agarró sus petates y se fue a Miami, donde consiguió trabajo como conductora televisiva. Los días de incertidumbre sobre el futuro profesional cedieron ante la nueva situación. Pensó hasta en radicarse definitivamente en esa ciudad. Sin embargo, a los pocos años regresó a Uruguay para emprender su nueva etapa como empresaria, junto a su entonces marido. Ya se separaron, pero la empresa la siguen manteniendo. Aunque consideraría una oferta para volver a la televisión, dice que su actual carrera le permite ser dueña de sus horarios. “Yo tenía mi vida armada en torno a la televisión, y pensaba que no podía hacer otra cosa”. Haberse visto obligada a dejar la llevó a descubrir que sí tenía otras aptitudes, que no era solo una cara en la pantalla, sino que podía desempeñarse en otros menesteres, y salir adelante.

Patricia Murialdo
Patricia Murialdo.

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