Reírse puede ser una forma de sobrevivir. Ceci Hace -Cecilia Cañizares, de 42 años- lo entendió en uno de sus momentos más oscuros, cuando un especial de comedia le devolvió algo que había perdido: la risa. “Decidí que nunca más dejaría de reírme tanto tiempo”, cuenta a Domingo sobre una crisis que la llevó a tomar clases de stand up.
Desde entonces, convirtió esa decisión en método. Sus chistes -sobre parejas, mandatos, maternidad o frustración- no buscan solo hacer reír: buscan torcer, aunque sea un poco, la forma en que miramos lo cotidiano.
De las clases pasaron ya 10 años. Hoy, Ceci convive con la viralización: reúne 1,2 millones de seguidores en Instagram y 800.000 en TikTok, agota funciones en Argentina, Chile, España y Uruguay -donde se presenta el 18 de abril en Teatro Stella D’Italia junto a su novio, Nahuel Ivorra, también comediante- y despliega una galería de personajes que ya son marca propia: la madre manipuladora, la amiga recién parida, la Checha divorciada, entre otros. No son puramente caricaturas, sino el eco de una transición para muchos incómoda: mujeres que ganan independencia mientras los mandatos persisten. Llegan envueltos en humor, pero pican. Porque no son exageraciones: “La realidad ya está exageradísima”, dice.
Ahí aparece una de sus escenas más virales. “Tomá, te lo dejo: tiene 42 de fiebre”. La frase, que en uno de los videos de la Checha divorciada -la inversión del típico “machirulo”- desata la risa, no salió de la nada: es literal. Le pasó a su tía, la primera mujer divorciada de su familia, cuando el padre de su prima se la devolvió enferma y desapareció durante semanas sin preguntar cómo seguía.
Ceci toma ese tipo de situaciones -mínimas, domésticas, reconocibles - y las lleva al límite, justo antes de la exageración. Por eso funcionan: porque, como dice, no hace falta forzar demasiado. En ese filo entre lo vivido y lo actuado, construyó una de las voces más filosas de la comedia argentina.
Los roles invertidos.
Esa observación se amplía cuando mira a los hombres. La Checha es la que enseña a manejar, la que insiste en explicar casi todo, la que no paga la pensión alimenticia, la que tiene peleas callejeras o la que se va a pescar para “no molestar” en la casa cuando los niños están enfermos.
Es en ese desplazamiento -cuando lo que antes estaba naturalizado empieza a volverse ridículo, pero también incómodo- donde aparece el corazón del chiste.
En sus videos y en el escenario, Ceci Hace repite una idea con distintas máscaras: la “perfo” de la inutilidad masculina. Varones que no saben usar un lavarropas, que van al médico porque “los mandó” su pareja y no saben qué les duele, que se excusan de las tareas domésticas esgrimiendo una torpeza que, para la comediante, tiene poco de inocente.
“No es que no saben: es una actuación”, dice.
En esa lectura, el chiste deja de ser solo un chiste y se vuelve diagnóstico: durante años, ese trabajo fue invisible y gratuito, sostenido por mujeres que hoy ya no están dispuestas a hacerse cargo solas.
Cuando publica videos junto a su pareja, los comentarios de algunos varones no apuntan tanto al contenido como a él: “Che, no nos quemés”, cuenta que le escriben por mensaje directo cuando sube un video del personaje del “hombre súper inútil”.
La reacción, medio en broma y medio en serio, deja ver algo más: cierta camaradería masculina que se reconoce en el espejo y preferiría no quedar expuesta. “Me llamó la atención que se la agarren con Nahue. Ahí ves que hay códigos masculinos que no estaba respetando; es verdad que existen”. El chiste funciona porque exagera -apenas-, pero, sobre todo, porque denuncia.
Esa incomodidad no se replica igual en todos lados. Hace poco, una comediante italiana que trabaja con un registro similar -invertir los roles para exponer conductas naturalizadas- le escribió por mensaje directo. Había visto uno de sus videos y quería saber cómo era la reacción en Argentina. La diferencia era abismal. “Me dijo que la estaban amenazando de muerte”, cuenta Ceci. En sus propios perfiles, en cambio, la respuesta suele ser otra: aunque su audiencia es en un 75% femenina, los varones -minoría- en general se toman los videos con humor. O, en algunos casos, directamente no terminan de captar el chiste.
Detrás de su trabajo como comediante hay también una ambición. Ceci no busca solo la risa: aspira, aunque sea en un gesto mínimo, a generar un cambio.
“Si pudiera lograr un pequeño destello en los hombres… que piensen ‘esto que estoy haciendo está mal’, sería un montón”, dice.
El humor salva.
Otro de los temas que atraviesan el trabajo de Ceci Hace es la salud mental. Y, en ese terreno, hacer reír no siempre es fácil. Le pasó con un chiste en particular, sobre pensamientos suicidas en momentos de crisis, algo que ella misma había vivido. “Al principio era raro, la gente se quedaba como ‘¿estás hablando de esto?’”, dice.
Insistió hasta encontrar el tono, ese punto en el que la incomodidad se transforma en identificación. “No es que te querés morir, es que querés matar algo de tu vida que no funciona más”, explica, en referencia a una experiencia personal que también trabajó en terapia. Ahí aparece otra capa de su humor: la catarsis. Antes de ser un trabajo, fue una herramienta de sanación.
Para Ceci no hay temas prohibidos, pero sí una regla básica: si no se ríe nadie, no funciona. Por eso desconfía del humor demasiado correcto, el que evita el riesgo. “Hay que ir un poco al borde -dice-. Si no, no es gracioso”.
En esa búsqueda aparece lo que más le interesa: lo oscuro, lo incómodo, lo que no debería dar risa y, sin embargo, la provoca. “Hay mucho comediante beige que a mí no me hace reír. Cuando veo a alguien, me gusta ver ‘la caca’, lo oscuro de la persona. La comedia es ir a lo oscuro. Si no, parece el speech de un político”, comenta.
Esa búsqueda también implica frustración. En el stand up, dice, no hay atajos: de cada 10 chistes, uno funciona. El resto cae. Y está bien que así sea. “Hay que tener la frustración muy aceitada”, resume. Ese aprendizaje es el que, según ella, muchos creadores evitan. El miedo al ridículo, al “cringe”, puede ser paralizante. “Pero es el único camino para hacer algo grandioso”, sostiene.
En ese proceso no hay lugar para enamorarse de un chiste: si no funciona, se corrige o se descarta. Incluso ahora, mientras arma su próximo show, vuelve a escenarios más chicos para probar material y ajustar sobre la marcha. A veces algo que parecía seguro no genera risa; otras, lo inesperado funciona.
Esa lógica -probar, fallar, insistir, modificar- también atraviesa su vida fuera del escenario. “Siento que la vida se pone mejor para las mujeres después de los 40”, dice. “Se te va el filtro: si te gusta, te gusta; si no, no pasa nada”. Una libertad que, cree, solo puede crecer con el tiempo.
Tal vez por eso, cuando imagina el futuro, no piensa en temas sino en efectos. “Ojalá nos podamos reír de todo lo que nos duele”, reflexiona. No como negación, sino como una forma de atravesarlo. Una idea que repite como mantra, heredada de un amigo comediante ya fallecido: hacer humor es, en el fondo, una manera de “hacerle trampa a la vida”.