Banquero mais rico do mundo

Joseph Safra, un peso pesado del mundo bancario.

El bancario mejor ubicado en el listado de millonarios de Forbes es brasileño, se llama Joseph Safra y tiene su base en San Pablo.

Si uno revisa el listado 2015 de los hombres más ricos del mundo de la revista Forbes, pocas cosas le llamarán la atención. El primer lugar lo disputan, como hace años, el dueño de Microsoft Bill Gates, de Estados Unidos, y el magnate mexicano de las telecomunicaciones Carlos Slim. América del Norte, Asia y Europa albergan a la inmensa mayoría de los obscenamente multimillonarios. Sin embargo, el banquero más rico del planeta es brasileño, dueño de una de las colecciones de libros caros y raros más impresionante que se conozca, nacido en Siria en el seno de una familia judía, hincha del Corinthians paulista, al que va a ver al estadio con sus guardaespaldas y cuya edad no se sabe a ciencia cierta si es de 75 o 76 años. Se llama Joseph Safra y cuida su intimidad como una fortuna.

Y su fortuna en sí es inmensa. Tiene un patrimonio de 17.300 millones de dólares. Fundó con su familia el Banco Safra en 1967, cuando tenía menos de treinta años, y lo hizo crecer como inversora hasta formar el Safra Group. El año pasado extendió su universo empresarial al mundo bananero al comprar la mitad de Chiquita Brandts International (sucesora de la trístemente célebre United Fruit). No solo eso: adquirió el famoso edificio de oficinas londinense The Gherkin (ver nota aparte), al que piensa usar como base de sus operaciones en el Viejo Mundo. Esos movimientos lo hicieron subir tres peldaños en el prestigioso ranking de los ricos.

Y está "apenas" en el puesto 52 del listado 2015 de Forbes. De hecho, ni siquiera es el hombre más rico de Brasil: ese honor le corresponde al cervecero Jorge Paulo Lemann, ubicado en el puesto 26. Pero eso no desvela a Safra en sus discretos viajes en helicóptero desde sus mansiones —una de ellas, de once mil metros cuadrados edificados— y departamentos hasta sus oficinas, en la ciudad más grande de América del Sur.

Conservador.

"Yo no gusto del juego, no gusto del riesgo, no piso por lugares que no conozco. Soy extremadamente conservador", le dijo Joseph Safra a la revista Veja en junio de 1998, en probablemente la entrevista más importante que dio (y dio muy pocas) en su vida. Fueron ocho horas de conversación con la periodista Eliana Simonetti en la que rompió un silencio de una década. Esa es una filosofía de vida que se traducía incluso en su vestimenta: de sus catorce trajes, doce eran azul marino y los otros dos gris, ceniza. Pero también responde a una manera de actuar.

El Banco Safra no es tan grande como Itaú o Bradesco, los dos colosos bancarios de Brasil y de América Latina. En 2013 ocupaba apenas el séptimo lugar en activos en su país. Tampoco es un banco que tenga una gran rentabilidad. No se caracteriza por meterse en el juego bursátil, no pisa fuerte en el mercado de los préstamos ni se destaca por arriesgar en negocios paralelos (la telefonía celular fue su primera experiencia de ese tipo). Eso sí: resiste todos los embates financieros. Nunca pidió ayuda al Banco Central de Brasil y las sucesivas crisis que se han tragado a varias entidades financieras no le han hecho mella.

Joseph nació en una familia judía halebi que se había dedicado al negocio bancario en Líbano y Siria. Jacob Safra, su padre, abrió un banco en Beirut en 1920. Tres de sus ocho hijos, Edmond, Joseph (que nació en Aleppo, Siria, en algún momento de 1939) y Moise, serían banqueros. Luego de la Segunda Guerra Mundial y la creación del Estado de Israel, el vecindario dejó de ser seguro. "Mi padre se imaginó que no tardaría en venirse una tercera guerra mundial y comenzó a buscar un país más tranquilo para vivir. Y eligió Brasil".

El afincamiento en San Pablo ocurrió en 1951. Los primeros negocios fueron llevados adelante por Jacob y Edmond, y referían a la importación de material para la construcción. Joseph, que aún en Medio Oriente había trabajado como mensajero de las empresas de su padre, no tiene formación universitaria culminada, pese a haber ido a estudiar a Gran Bretaña. Sí fue mandatado por su padre para embeberse del sistema bancario en Estados Unidos y en Argentina. Fruto de una vida nómade, el multimillonario habla inglés, francés, español, italiano, árabe y hebreo. Hay quien dice —sobre todos sus detractores y enemigos; muchos e inevitables cuando se vuela a grandes alturas— que el portugués es, pese a que su nacionalidad es brasileña, uno de los idiomas en los que se expresa peor. Como sea, pronto fue visible que de toda la nueva generación de los Safra, él era el que tenía más talento para los negocios. Vaya si lo demostró.

Nunca volvió al Líbano. Dice que haber estado en las calles de Beirut, ciudad dividida en dos a partir de una guerra civil, le terminó dando clases de tolerancia.

Los Safra —que pronto tendrían a Joseph como su locomotora— provenían de una zona en la que los instrumentos financieros y las técnicas bancarias estaban aceitadas desde hacía siglos. En Brasil y en los años 60, recordó Veja en aquella entrevista, estas técnicas eran bastante primitivas. "Fueron ellos los primeros en usar la letra de cambio y en pagar intereses a quienes ahí depositaran", publicó la revista.

"En un principio, no fuimos bien aceptados", dijo el magnate, que recién entonces daba sus primeros pasos en pos de controlar al gigante que lidera hoy.

Joseph, que está casado con Vicky Sarfaty, tiene cuatro hijos: Jacob, Alberto, Esther y David. Jacob, el mayor, supervisa los negocios del grupo en Europa y Estados Unidos. Alberto y David se encargan del banco en Brasil.

Seguro.

Los Safra son discretos. Se sabe de sus luchas internas: Joseph y Moise estuvieron duramente enfrentados por temas de herencia luego de la muerte del otro hermano bancario, Edmond, en 1999, en circunstancias que nunca quedaron del todo claras, según publicó la revista de negocios Exame, en 2013. Edmond llegó a estar en el top 20 de los banqueros más ricos de Estados Unidos.

Hay varias cuestiones que giran en torno a él, donde el límite entre lo real y la fantastía es difuso. Conocido por sus acciones filantrópicas y su escasa ostentación, se dice que es un hombre protegido por el Mossad, el servicio secreto israelí. Él ha evitado tocar el tema, aunque es conocido que un centenar de personas —muy bien entrenadas y muy bien armadas— están encargadas de su seguridad y la de su familia. Esa vigilancia no lo ha dejado ni —convenientemente parapetada en la multitud— cuando ha ido al estadio a ver al equipo de sus amores, el Corinthians (el mismo team del que es hincha el expresidente Luiz Inacio Lula da Silva), o a la verdeamarelha. Más de una vez se jactó de haberle dado suerte a Brasil en los mundiales; no habrá sido el caso esta última vez.

A LA COMPRA DEL PEPINO DE LONDRES

La noticia causó impacto en el mercado inmobiliario mundial. En noviembre de 2014 se supo que el rascacielos conocido como "The Gherkin" (El Pepino), que con sus 180 metros de altura es el segundo más grande de Londres, había sido comprado en una cifra que superaba los 900 millones de euros por el Safra Group, del multimillonario brasileño Joseph Safra.

"Tenemos previsto hacer que el edificio sea aún mejor y más deseado gracias a una propiedad activa que llevará a un abanico de mejoras que beneficiarán a los licitantes", señaló la firma en un comunicado difundido por la prensa.

El Financial Times señaló que la negociación ascendió a 726 millones de libras (unos 982 millones de dólares).

A pesar de ser nuevo —fue construido entre 2001 y 2003—, el edificio ya se convirtió en un ícono y una característica del skyline de la capital británica. Originalmente fue construido para ser la sede de la reaseguradora suiza Swiss Re, que posteriormente se lo vendió a la inmobiliaria IVG. El diseño pertenece al afamado arquitecto Norman Foster. Sus 50 mil metros cuadrados de espacio para oficinas, divididos en sus 41 pisos, amén de su ubicación estratégica, lo hacían sumamente tentador para cualquier gigante de las finanzas.

El propio Safra Group dijo en el comunicado que la compra es "consistente" con su política de inversiones en puntos neurálgicos y valiosos de las grandes ciudades.

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