Durante décadas, Albania fue uno de los países más aislados del continente. Encerrada tras las fronteras del régimen comunista de Enver Hoxha, permaneció fuera de los circuitos turísticos que transformaron a buena parte del Mediterráneo. Hoy la situación es muy distinta: sus playas aparecen en redes sociales, las aerolíneas suman rutas y cada año llegan más visitantes atraídos por una promesa cada vez más difícil de encontrar en Europa: paisajes espectaculares, ciudades históricas y precios todavía relativamente accesibles.
Ubicada entre Grecia, Montenegro y el mar Adriático, Albania ha pasado en pocos años de ser una gran desconocida a convertirse en uno de los destinos de más rápido crecimiento de la región balcánica. Sin embargo, más allá de las postales de aguas turquesas que circulan en Instagram, el país ofrece una diversidad sorprendente para un territorio relativamente pequeño.
La Riviera Albanesa.
La mayor parte de la atención internacional se concentra en la llamada Riviera Albanesa, una franja costera de unos 120 kilómetros que se extiende por el sur del país. Allí se suceden playas de aguas transparentes, pequeñas bahías rodeadas de montañas y pueblos pesqueros que hasta hace poco recibían principalmente turismo local.
El nombre que más se repite es Ksamil, una localidad frente al mar Jónico cuyas playas de arena clara y aguas color esmeralda le han valido comparaciones con destinos mucho más conocidos del Mediterráneo. Muy cerca se encuentra Sarandë, la principal puerta de entrada a la región y uno de los centros turísticos más desarrollados del país. Sin embargo, muchos viajeros recomiendan explorar otros rincones menos concurridos, como Himarë, una localidad costera que conserva un ritmo más pausado y donde todavía predominan las tabernas familiares sobre los grandes complejos turísticos.
Ciudades de piedra. Pero reducir Albania a sus playas sería un error. Dos de sus ciudades más emblemáticas, Berat y Gjirokastër, forman parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO gracias a la extraordinaria conservación de su arquitectura otomana. Berat es conocida como la “ciudad de las mil ventanas”. Sus casas blancas se escalonan sobre las laderas que rodean el río Osum, creando una imagen que parece suspendida en el tiempo. En su castillo todavía viven familias y conviven iglesias bizantinas, mezquitas y antiguos barrios históricos que reflejan siglos de coexistencia cultural y religiosa.
Más al sur aparece Gjirokastër, la llamada “ciudad de piedra”. Dominada por una imponente fortaleza, conserva calles empedradas y grandes casas de piedra construidas entre los siglos XVII y XIX. Sus características viviendas-torre son uno de los ejemplos más representativos de la arquitectura tradicional de los Balcanes.
Naturaleza entre montañas.
El norte del país ofrece un paisaje completamente diferente. Los Alpes Albaneses, también conocidos como las Montañas Malditas, atraen cada vez más senderistas. La ruta entre los pueblos de Theth y Valbonë es considerada una de las caminatas más espectaculares de Europa sudoriental. A lo largo del recorrido aparecen valles glaciares, bosques, cascadas y aldeas donde la vida mantiene un ritmo muy distinto al de los centros turísticos costeros. Otro de los grandes atractivos naturales es el manantial Blue Eye.
Todavía hay huellas.
Viajar por Albania también implica encontrarse con las marcas de su pasado reciente. Durante la dictadura comunista se construyeron cientos de miles de búnkeres de hormigón distribuidos por todo el territorio. Muchos siguen visibles en playas, montañas y ciudades.
En la capital, Tirana, algunos de esos refugios fueron transformados en museos. Bunk’Art 1, instalado en un gigantesco búnker antinuclear construido para la élite política y militar, recorre la historia del régimen comunista, mientras que Bunk’Art 2 se centra en los mecanismos de vigilancia y control ejercidos por la policía secreta.
Pero Tirana es mucho más que una ventana al pasado. Con poco más de 900.000 habitantes en su área metropolitana, se ha convertido en el principal motor económico y cultural del país. Tras la caída del comunismo, la ciudad atravesó una profunda transformación urbana. Muchos edificios grises heredados de la época socialista fueron pintados con colores vivos como parte de un proyecto impulsado por el entonces alcalde Edi Rama, actual primer ministro, que buscaba cambiar la imagen de una capital marcada por décadas de aislamiento.
Hoy el corazón de la ciudad late alrededor de la plaza Skanderbeg, una enorme explanada peatonal rodeada por algunos de los edificios más importantes del país. Allí conviven la mezquita Et’hem Bey, uno de los pocos templos religiosos que sobrevivieron a la persecución estatal de la religión durante el comunismo, el Museo Nacional de Historia y modernos edificios de oficinas.
A pocas cuadras, el barrio de Blloku ofrece una imagen todavía más reveladora de los cambios ocurridos en Albania. Durante décadas fue una zona restringida reservada para los líderes del régimen. Hoy sus calles concentran cafés, restaurantes, bares y galerías de arte. Lo que alguna vez fue símbolo de privilegio político se transformó en uno de los sectores más dinámicos de la ciudad.
(Con información de El País de España).