CATERINA NOTARGIOVANNI
Hay algo que tenemos que aceptar los padres: debemos saber perder a los hijos como niños y esperar un tiempo para ganarlos como adultos". Esta afirmación, referida al conflictivo período de la adolescencia, pertenece a Gerardo González Martínez (médico psiquiatra y filósofo, andaluz y padre de cuatro hijos), quién estuvo en la capital invitado por la Universidad de Montevideo para dictar conferencias sobre distintos tópicos.
Justamente en una de ellas, titulada "Adolescencia: una etapa de siempre" (que fuera dirigida a padres de familia), el especialista profundizó en los vaivenes y características de una etapa que adolecen casi por igual hijos y padres.
CARACTERÍSTICAS. "La adolescencia se inicia como un fenómeno curioso e importantísimo porque es cuando comenzamos a vivirnos desde dentro, cuando el adolescente ha nacido a su propia intimidad y tiene conciencia reflexiva de que es distinto", afirma González.
Ese descubrirse viene de la mano de una necesidad de ocultamiento que se traduce en un hermetismo difícil de administrar para los padres: "Muchos se quejan de que sus hijos ya no les cuentan nada, que viven en la casa como si fuera una pensión o que si se les pregunta a dónde van se limitan a responder `por ahí`", agrega.
Paralelamente, es propia de esta etapa la necesidad de autoafirmación. Esto es así porque todo lo que el niño ha recibido en la infancia lo incorporó de un modo pasivo, y es en la adolescencia cuando eso debe ser reformulado personalmente, hecho que lleva muchas veces a que entren en una crisis de valores, afirma González.
"Desde el punto de vista de la consolidación de eso que está naciendo (la persona) hay una actitud crítica, sobre todo en relación con la figura de autoridad, representada en padres y maestros", agrega.
Como si este flamante viaje interior no fuera suficiente, el adolescente también descubre su cuerpo y estrena afectividad. "Por eso allí aparecen los complejos corporales y no antes, porque el cuerpo ya no es solamente lo que le permite correr o saltar, sino que se vive como un valor. La afectividad del adolescente es omnipresente, urgente, tensa, de modo que lo tiñe todo con una fuerza brutal. Y como la afectividad es inestable en cualquier persona, aparecen las grandes alegrías y las grandes tristezas", señala.
En este escenario, el experto recomienda a los progenitores usar la imaginación buscando "una longitud de onda" en la cual comunicarse con los hijos. Para ilustrarlo, González cita el caso de un padre que se quejaba de que no había forma de que su hijo le hablase de nada y que para lograr un acercamiento se cultivó en la música que le gustaba a su hijo. "Empezaron a hablar de una música que el padre no entendía, pero al menos hablaban", cuenta el psiquiatra.
Dado que otra característica de la adolescencia es la tendencia al aislamiento, González Martínez sugiere convertir el hogar en el punto donde se encuentran más a gusto los amigos/as de los hijos.
Las salidas nocturnas son un factor de preocupación para muchos padres de adolescentes y es unos de los motivos de consulta más frecuente: "El tema de los horarios de regreso es una de las preguntas que más me hacen los padres y yo les digo que más importante que la hora es saber cómo vuelve, porque el cómo regresa depende de cómo ha sido capaz de estar. No me importa si en lugar de llegar a la una lo hace a las tres porque tuvo que acompañar a una chica pasada de copas a su casa, porque así también se le está dando responsabilidad y confianza para que crezcan como adultos", dice el psiquiatra.
Para crecer es necesaria la experiencia, que sólo se adquiere arriesgando. "Se dice que el niño deja de serlo cuando acepta el riesgo como forma de vida. Es cierto que el riesgo tiene que estar modulado por una virtud: la prudencia. En este sentido, cuando nos referimos al riesgo colocamos en un extremo al timorato (que no es capaz de hacer nada) y en el otro al temerario (que corre un riesgo innecesario). Pero hay que asumir riesgos y eso hay que enseñarlo en la infancia", considera el experto.
En tal sentido, González cita el ejemplo de una madre que ante la posibilidad de que su pequeño se acerque a un enchufe de luz le grita asustada, provocando el llanto y "transmitiendo un mundo de peligro y miedo". Ese terror a que algo le pueda suceder al hijo suma en inseguridad y resta en la posibilidad de que en el futuro ese niño se anime a asumir riesgos.
"La experiencia de seguridad o inseguridad se adquiere muy tempranamente en la vida. Y la otorgan el padre y la madre. En el adolescente hay que permitir que asuma los riesgos como norma de vida. En el vivir siempre existe la posibilidad del error, pero la respuesta al error es la rectificación, que a su vez lleva un elevado grado de creatividad", explica el psiquiatra.
Acompañar con imaginación parece ser la clave para que los padres sobrevivan a ese proceso llamado adolescencia.
"Ese tiempo de espera no es un tiempo de pérdida, es el tiempo que necesita el niño para hacerse hombre. En ese sentido también es bueno, dado que el adolescente también tiene urgencia por hacerse adulto, que la relación de los padres estimule esa urgencia no llevándolo a que se siga comportando como niño", explica el médico.
¿Cómo y cuándo corregir?
El experto español considera que los padres deben saber corregir y ser discretos vigilantes, pero advierte sobre las características de un rezongo efectivo. "Primero: la corrección debe ser proporcional a la falta. Segundo: no debe ser producto de la pérdida de control de quien corrige (si se está ofuscado hay que esperar a serenarse). Tercero: que sea razonada para que se entienda el por qué. Cuarto: no debe ser humillante, con lo cual nunca se debe corregir en presencia de otras personas", explica.
Así como los primeros años de vida son claves en la conformación de la personalidad, una buena o mala experiencia durante la adolescencia tiene repercusiones en la vida adulta.
"La estabilidad de cualquier persona se asienta en tres pilares: el pilar familiar, el laboral y el social (la vida en relación). Una mala adolescencia conlleva a una mala profesionalización, con lo cual se habrá malogrado ese pilar; y ese es un handicap que perdura", afirma.
Dado que el adolescente está comenzando a transitar ese período de consolidación de su pilar profesional, González sugiere no preocuparse si existe una "retribución negativa" (bajas notas) en la escolaridad. "Porque lo importante no son las notas, sino que se le transmita la pasión por conocer, que es distinta a la información", considera.
Para el médico, esta experiencia de crecimiento es más difícil en la actualidad por los peligros del medio, como el consumo de drogas o la violencia. "Por eso hoy aparecen patología nuevas, emergentes. Le doy un ejemplo, cuando empecé como psiquiatra vino a la clínica una chica con una anorexia nerviosa. Era tan raro ese cuadro que ninguno de los psiquiatras allí presentes habían visto uno (lo conocíamos sólo de libros). Hoy es raro que una ciudad de mediano tamaño no tenga una unidad de trastornos de la conducta alimentaria. ¿Por qué sucede eso? Porque el tema del cuerpo se ha distorsionado. Y hay otra patología nueva: la vigorexia, descripta en personas que están enganchadas a los músculos y el gimnasio... personas que viven para el músculo. Fíjese qué empobrecimiento", concluye.
PINCELADAS DE UN PENSAMIENTO
Sobre cómo se utiliza internet y la importancia de los valores
"Con la tecnología ocurre lo que siempre con el progreso: conlleva una posibilidad y un riesgo. El riesgo es que puede provocar un deterioro por dos motivos: porque hagamos un uso inadecuado o porque aquello que llamamos progreso no lo sea".
"Internet y la tecnología son estupendos porque tienen aspectos muy positivos, pero depende de cómo se utilizan. Por ejemplo, uno de los riesgos es que impide el pensar. Hoy, si a un alumno le mandan un trabajo, va a Wikipedia y aplica el cortar y pegar".
Sobre los valores: "Un `valor` es cualquier realidad que si se la incorpora mejora nuestra condición de persona. Un `seudo valor` es algo que se nos ofrece como `valor` pero que si lo incorporamos nos deja iguales. Nos han engañado, no es un `valor`; aunque tampoco nos ha provocado un deterioro. En tanto que un `contra valor` es aquello que se ofrece como valor y que si lo incorporamos deteriora nuestra condición de persona. Hoy es muy importante que los jóvenes tengan esa capacidad de discernimiento, para lo cual es imprescindible que antes la tengan los padres".
Sugerencia para los educadores y padres en base a una frase que le escuchó al Papa Juan XXIII: "Obsérvalo todo, pasa por alto mucho y corrige poco".