William Gibson, profeta del futuro

Gabriel Sosa

NO MUCHA gente puede vanagloriarse de haber visto el futuro. William Gibson (Estados Unidos, 1948) es uno de ellos, aunque para la tarea estuvo ayudado por una singular perspicacia de la cambiante realidad tecnológica actual y una buena formación. El futuro que uno vislumbra hoy puede cumplirse (o no) en menos de una década, incluso en menos de un quinquenio. No todas las predicciones de Gibson son exactas, y no todas acertaron, pero en gran medida su obra primera es un atisbo de lo que es norma al día de hoy. Si el lector está familiarizado hasta la náusea con el término "ciberespacio", sepa que se trata de una palabra acuñada por Gibson en su primera novela, Neuromante (1984). Si está harto de oír hablar de vagas promesas de "realidad virtual", sepa que Gibson popularizó el asunto. Si le gustó la película Matrix, sepa que sus autores deberían homenajear públicamente a Gibson como una de sus fuentes principales (y a Philip K. Dick y a una larga lista de etcéteras).

Pero como Gibson no es un futurólogo ni un autor académico ni nada parecido, sino un simple novelista de ciencia ficción, su obra parece estar acotada a una minoría. En este caso también se trata de un truco, de una realidad virtual. En inglés Gibson es un autor inmensamente popular (tiene una entrada en la Enciclopedia Británica). En español, si no está más difundido, no es por su condición de autor de género, sino principalmente por los precios absurdamente caros de sus libros. Eso sí, para los dispuestos a desembolsar pequeñas fortunas, sus siete novelas y su recopilación de cuentos están primorosamente traducidas.

Su nueva novela, Mundo espejo, curiosamente no es de ciencia ficción. O mejor dicho, casi no es. O mejor aun, no es pero parece. Si en sus primeras obras Gibson se tomaba el trabajo de imaginar toda una cultura basada en la tecnología informática, actualmente ya no le es necesario. Con lo que hay en la vuelta tiene material más que suficiente, incluso dejando margen para que sus ficciones sigan pareciendo transcurrir en algún otro tiempo futuro.

En Mundo espejo se narran las aventuras de Cayce Pollard, trabajadora independiente cuya tarea, extremadamente bien pagada, es la de reconocer tendencias de moda, información vital para agencias de publicidad, fábricas de ropa y demás (de ahí el título original de la novela, Pattern Recognition, "reconocimiento de patrones"). En un viaje a Londres, Cayce es contratada por el dueño de una agencia de publicidad sumamente poderosa, para encontrar la fuente de unas escenas de película aparentemente inconexas que son subidas a Internet periódicamente, y que han generado un culto de seguidores. Cayce es ella misma una fanática de este "metraje". Aunque estas escenas son algo totalmente nuevo y sin marco de referencia, los poderes comerciales olfatean en ellas posibilidades aun inimaginadas. El viaje de investigación llevará a Cayce a Tokio y a Moscú, y a cruzarse con inescrupulosos industriales, fanáticos tecnológicos japoneses, industriales rusos y las correspondientes mafias de esa misma procedencia, además de una amplia galería de personajes secundarios más o menos fascinados por la tecnología. Todos estos caracteres son similares a los que figuraban en las anteriores novelas de Gibson, pero la diferencia es que ahora están basados en la realidad. Son casos extremos pero posibles de gente contemporánea.

El "reconocer patrones" es una lucrativa ocupación real. La tecnología que se describe en el libro no es ficticia, es tan sólo de vanguardia (y comercial), y de hecho toda la trama del libro, por más descabellada o ininteligible que parezca al que no esté familiarizado con la jerga tecnológica, es plausible. Mundo espejo es a la tecnología de vanguardia, y al nebuloso mundo de las marcas y la publicidad, lo que un libro de Tom Clancy es al universo de las agencias estatales de seguridad.

Gibson es alguien a quien siempre conviene leer. A lo mejor ya no tiene la fuerza y la pirotecnia verbal de sus primeros libros, pero así como en su momento demostró tener el mejor ojo para identificar los patrones que poco después serían moneda corriente, ahora sigue manteniendo la misma afilada mirada para mostrar lo extraña que es la realidad en que viven algunos en el primer mundo. En la década de los 80 Gibson hizo algo fundamental, darle a sus lectores (y por expansión viral, al resto del mundo) los fundamentos míticos del concepto que la gente tiene de lo que es Internet (independientemente de lo que en realidad sea, Internet es tanto una herramienta tecnológica como un consenso cultural). Ahora, tal vez, Gibson esté desnudando los patrones de poder que regirán el siglo 21. l

MUNDO ESPEJO, de William Gibson. Minotauro, Buenos Aires, 2004. Distribuye Planeta. 344 págs.

Ensayo

LIBROS. TODO LO QUE HAY QUE LEER, de Christiane Zschirnt. Editorial Taurus, Buenos Aires, 2004. Distribuye Santillana. 351 págs.

EL EXITOSO La cultura. Todo lo que hay que saber (Taurus, 2002), es el antecedente más cercano a este libro de la alemana Christiane Zschirnt, editado también por Taurus. No cabe dudar de que los cientos de miles de ejemplares vendidos de aquél alentaron la publicación de éste que trata sobre libros insoslayables de la cultura occidental.

Para que nadie se llame a engaño en la estrategia editorial, el subtítulo de Libros es Todo lo que hay que leer, y el prólogo, anunciado en la faja vendedora, es de Dietrich Schwanitz, el autor de La Cultura. Tanto en el prólogo, bastante confuso y prescindible, como en la Introducción de la autora, se informa acerca del contenido del libro y de la intención que animó a Christiane Zschirnt para elaborar una lista de títulos que va desde la Odisea hasta Harry Potter. Refiriéndose a lo que se ha definido como "sabiduría de expertos", la autora aclara que "el saber específico no es saber cultural" y enseguida agrega: "Con aquél no es posible comprender la propia cultura. El que sabe todo lo que hay que saber sobre marketing, astrofísica, maíz genético o diseños de páginas web, no sabe sobre los orígenes de la democracia o del capitalismo, sobre el concepto del amor o la creación de la civilización". Intentando corregir esas carencias es que Zschirnt propone este manual acerca de textos que "han dejado su huella en la cultura occidental".

Para cumplir con su propósito, la autora ha ordenado los libros por temas, en quince apartados que van desde "Obras que describen el mundo", hasta "Niños", pasando por política, sexo, mujeres, clásicos escolares, civilización o psique, entre otros. Aceptada esta convención, el lector se mueve como en las páginas de avisos clasificados, por rubros. Toda selección personal, y este libro lo es, es pasible de cuestionamientos y sería ocioso señalar que en lugar de quince temas tendrían que haberse incluido diecisiete o trece. Asimismo podría señalarse la discrepancia con incluir, por ejemplo, Robinson Crusoe bajo el rótulo "Economía". Lo que es inadmisible es que precisamente en ese grupo se incluya 13,99 euros, del francés Frédéric Beigbeder, publicada en el 2000 en Francia y traducida por Anagrama en 2001. Más allá de la cuestionable calidad literaria de esta novela, escrita por un creativo publicitario renegado que denuncia los entresijos del mundillo de la publicidad, es impensable que ella haya "dejado su huella en la cultura occidental". Es tan claro esto como que el esfuerzo de Beigbeder, más allá de proporcionarle su cuarto de hora y las respectivas ganancias, no fue muy fructífero, ya que las multinacionales de la publicidad parecen no haberse enterado, pues el negocio, en Francia y en el mundo, sigue tan campante como el caminante de los avisos de whisky.

Dejando de lado los criterios de inclusión, lo que llama la atención, aun en un manual de uso para liceales, es el tratamiento que la autora da a los títulos reunidos. En no más de tres páginas de promedio por libro tratado, Zschirnt brinda una sucinta información, que en la mayoría de los casos se queda en la versión muy abreviada del argumento. Así despacha la Biblia en tres páginas y lo mismo ocurre con la Odisea, pero el récord lo tiene sin duda Shakespeare. En trece páginas, logra el prodigio de informar sobre la vida y obra del bardo inglés, atendiendo, de acuerdo al índice, a: Hamlet, Enrique IV, El rey Lear, Otelo, Sueño de una noche de verano, Noche de Reyes, El Mercader de Venecia, Macbeth, La tempestad.

En el caso particular de la literatura nada sustituye a la lectura de la obra elegida, es un placer intransferible, y la información o una síntesis del argumento sólo pueden servir para salir de un apuro: salvar un examen o ganar una discusión entre no lectores.

M. F.

Novela

LOS PEORES CUENTOS DE LOS HERMANOS GRIM, de Luis Sepúlveda y Mario Delgado Aparaín, Seix Barral, Buenos Aires, 2004, Distribuye Planeta. 226 págs.

DOS AUTORES que gozan del favor del público, una bella tapa, un título atractivo predisponen a leer con gusto esta novela. Concebida con un formato epistolar, el cruce de misivas entre dos oscuros estudiosos de provincia, los doctores Orson C. Castellanos y Ramiro von Klatsch, quienes viven en Uruguay y en el sur de Chile, permite alternar la lectura de Delgado (foto) y Sepúlveda. El motivo que explica las cartas es una investigación sobre la vida y la obra de los hermanos Grim, dos payadores de principios del XX, aunando rastros de sus textos, sus aventuras y sus fracasos artísticos. Las primeras páginas aportan todas las claves para entender el asunto y lograr una forma de la diversión, con la dosis de complicidad literaria que cualquier lector algo avezado gusta descifrar y no pocas bromas casi privadas. Los escritores se divierten. Pero ese modo prematuro de ofrecer el relato pronto lo perjudica, cuando los mecanismos de anécdota y humor vuelven a repetirse una y otra vez sin más propósito que insistir en la parodia de lo mismo.

Los corresponsales son almas gemelas en el aislamiento y la esterilidad de sus vidas que, respectivamente, transcurren en el mítico Mosquitos, escenario de obras anteriores de Delgado, y en el no menos insignificante pueblo de Tortitas, en tierras de la Patagonia. Ambos dedicados a minuciosos estudios sobre cuestiones nimias, ostentan un estilo protocolar, arcaico, y admirativo, coincidiendo también en la miseria material, la soberbia y la erudición estéril. En torno a Castellanos y von Klatsch se despliega una sociedad desintegrada, en la que escasean las mujeres. La pobreza tercermundista sin heroicidad de los que están "colgados de la luz" o comen de la basura es narrada con desprecio por los "profesores", aunque también ellos carecen de lo elemental y viven de los mecenazgos más exóticos y ridículos. El tono escogido para mostrar el ambiente físico y humano es el de lo grotesco morboso.

El principal problema de la novela no es el abuso de recursos sino la ausencia de acción. Si en un par de pasajes se esboza la idea de que las historias de los fracasados mellizos son una recreación de los cuentos infantiles de los Hermanos Grimm, el hilo se desaprovecha porque se diluye sin explicación. Esta y otras debilidades pueden tener su origen en la doble autoría del libro. Demasiadas cosas intenta parodiar esta novela sin rumbo. En el campo literario, se burla de la especialización universitaria, del exceso de publicaciones inútiles y de las instituciones mediocres y pretenciosas, como el Club Alpino de Mosquitos, o las Ediciones del Zoo de Villa Dolores. El cine de masas ingresa en los nombres de personajes como Esteban Macuin o Carloto Heston, pero no se alcanza un homenaje ni una crítica, sólo está como una clave —demasiado obvia— para hacer reír. Algo similar ocurre con referencias literarias que no pasan de juegos de ingenio, como un cartero que se llama Miguel Strogoff, una separación que se define porque "había llegado la hora de los senderos que se bifurcan", la alusión a Byron Fornaro o Tararara Ruas. Gracias a las apostillas finales, el lector puede descubrir por ejemplo, entre otras bromas de dudosa eficacia, que la palabra boludo alude a "un bajo coeficiente intelectual" o que los porteños, "como es sabido, odian el bombo".

No es que les falte humor a los autores ni, desde luego, que este género sea menor. Es que su ejecución, en este caso, no pasa de un conjunto de gestos.

M. A. G.

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