Biografía de una diáspora atlántica

"Uruguay es una pequeña gran Galicia para nosotros" dice el investigador coruñés Arturo Lezcano

"Lo que son los italianos para Argentina, son los gallegos para Uruguay" afirma.

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Arturo Lezcano
(foto Fraga Martelli)

por Juana Libedinsky
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“Uruguay es una pequeña gran Galicia para nosotros”, sostiene Arturo Lezcano (Ferrol, Coruña, 1976), autor del libro El país invisible, un éxito editorial que en España ya va por su tercera edición en gallego y segunda en castellano. Se presentó en Montevideo el 12 de mayo en el Patronato da Cultura Galega.
Publicado por Libros del K.O., es, en palabras de Leila Guerriero, “una cartografía vibrante de la inmigración gallega en América que se lee como una saga de aventuras, una crónica de viajes y una apabullante reconstrucción de la historia de quienes transformaron la cultura de todo un continente”. Y, en ese mapa, Uruguay ocupa un lugar especial: “Lo que son los italianos para Argentina, son los gallegos para Uruguay”, resume Lezcano, retomando una idea del actor César Troncoso, hijo de gallegos y uno de los protagonistas del libro.
“Se percibe apenas se pisa Montevideo. La mayoría se quedó en la ciudad —como en otros países—, porque demasiado campo traían ya. Uno camina por la rambla, por el centro o por ciertos barrios y siente la galleguidad en los pliegues: invisible, o no tanto, por una mezcla de razones. Pero ahí está”, dice Lezcano .

Un accidente aéreo.
—¿En qué ámbitos incidieron los gallegos en Montevideo?
—En muchísimos, incluso en cosas que el lector uruguayo reconoce sin asociarlas necesariamente a Galicia. Desde los ómnibus de Cutcsa —una historia preciosa que empieza con José Añón— hasta chiviterías y bares emblemáticos. También en espacios más propios, donde se sostuvo la cultura durante la dictadura de Franco: el Patronato da Cultura Galega, impulsado por emigrantes como Jesús Canabal; o el programa radial “Sempre en Galicia”, al aire desde 1950, todos los domingos y en gallego. Y están las microhistorias: la lechería de Antón Crestar en la calle Piedras, por ejemplo. Pequeños relatos que construyen un país, el invisible y el muy visible del Uruguay.
—Incluso en nombres que no siempre se identifican como gallegos.
—Claro. El Viejo Pancho, que en realidad era José María Alonso y Trelles, nacido en Ribadeo, Lugo. O los compositores de tantas canciones, el fotógrafo de Gardel, o figuras como Ángel Rama, con su historia de emigración cruzada junto a Marta Traba, ambos fallecidos en el accidente aéreo de Madrid en 1983. Ese episodio fue uno de los disparadores del libro.
—¿Y en el fútbol?
—También. Los héroes del 30 —Lorenzo Fernández, Pedro Cea, Héctor Castro— o del 50, como Cotorra Míguez, e incluso Obdulio Varela por parte de padre. Es interesante cómo la rivalidad entre Nacional, con fuerte arraigo entre los gallegos emigrantes —con José Añón como presidente—, y Peñarol encuentra ecos en Galicia, en las hinchadas del Deportivo de La Coruña y el Celta de Vigo. En el libro cuento historias como la del Peñarol de Lañas, una aldea coruñesa, o que el primer derbi gallego fuera del territorio se jugó en el Estadio Centenario. Incluso el regreso de la selección gallega tras la República fue en Santiago de Compostela contra Uruguay: compartían camiseta celeste y hasta los apellidos. Un periodista de Madrid me decía que no distinguía cuál era cuál.
Pero también hay una historia compleja con la identidad. Durante mucho tiempo, en Uruguay y en otros países, muchas familias ocultaron —consciente o inconscientemente— su origen gallego, porque no sumaba para integrarse o para los hijos en el colegio. Eso cambió. Hoy hay una resignificación. Troncoso lo cuenta en el libro y yo lo vi en cosas sorprendentes, como un gaiteiro —Carlos González Siri— llegando a la final de Got Talent Uruguay tocando la gaita vestido de gallego. Algo así sería difícil en España.
—¿Los gallegos de Uruguay seguían vinculados a la política de Galicia?
—La Galicia exterior reunía, antes de cada elección en Galicia o Madrid, a los mayores líderes políticos en Uruguay o Argentina. Manuel Fraga Iribarne, histórico líder gallego, acudía religiosamente a Montevideo o a Buenos Aires en busca del voto.
—Los descendientes de aquellos dos millones de gallegos que emigraron al mundo entre 1850 y 1960 son según el libro un “país invisible”. ¿Por qué?
—No es un territorio con fronteras o banderas. Es el espacio compartido entre la Galicia interior y la exterior, a ambos lados del Atlántico. Un mapa hecho de puntos dispersos que hay que unir. Es invisible porque durante mucho tiempo vivió negado o puertas adentro. Todos los gallegos tenemos un pariente emigrado, pero nos faltó perspectiva para contar esas historias, mientras otros pueblos —irlandeses, italianos, judíos— construían sus relatos. Este libro intenta hacer eso: dar forma a ese hilo invisible que define una identidad. Ese país está en los contornos atlánticos de América y en la Galicia territorial. Como se ve en la tapa: un pequeño punto llamado Galicia que llenó las costas americanas de gente que vino a ganarse la vida y ayudó a construir la historia contemporánea de todos esos países.
—Manuel Jabois dijo que su libro “es sobre el ser humano y su necesidad de marcharse de los sitios”, justo cuando la que vuelve a Europa es una diáspora latinoamericana.
—Sí, es el péndulo de la historia. Estamos orgullosos de recibir a millones de latinoamericanos y decenas de miles de uruguayos. Muchos de ellos acaban en Barcelona, Madrid o Italia, pero ponen el primer pie en Galicia, allí donde tienen afectos, apellidos, un pueblo, un pie a tierra. Es emocionante ver la bandera uruguaya en tantos lugares y ver salir adelante a tanta gente con sus negocios, igual que hicieron sus abuelos en Uruguay y Latinoamérica. Esto es una tesis mía: Galicia es el único territorio, la única comunidad autónoma de España, donde no hay un solo cargo público desde el que se propugne la devolución de inmigrantes y el cierre de fronteras. Para mí que la gran razón es la empatía. ¿Cómo no vamos a tener empatía con nuestra historia de ultramar? Sería como pegarnos un tiro en el pie.

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En gallego y en castellano

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