ELVIO E. GANDOLFO
LA LITERATURA CHILENA más o menos nueva circula poco y nada en Montevideo. La cordillera andina funciona como metáfora perfecta de aislamiento, aunque tampoco la literatura argentina reciente es muy conocida en Uruguay. En plena globalización, el aislamiento entre países de América Latina sigue entrincherado, funcionando y hasta aumentando con tranquilidad.
De allí la importancia que ha ido adquiriendo la edición en sellos españoles, que por su distribución central reparten nombres en distintos países. Aunque con límites, desde luego. Dentro de los nuevos autores aparecidos en Chile, Alejandro Zambra provocó una especie de escándalo en su país por haber publicado tan joven (no tanto: después de los 30 años) en el codiciado sello Anagrama. Sus dos libros de prosa, muy recientes (de 2006 y 2007), aun no han sido distribuidos en Uruguay.
CUIDANDO EL BONSÁI. Si se descuentan las páginas iniciales y las que van en blanco, Bonsái tiene apenas unas 70 páginas. La lectura demuele sin embargo la famosa paranoia de la inflación engañosa: en esas pocas páginas Zambra se muestra como una voz nueva, fresca, compleja, difícil de encasillar. Desde el comienzo se sabe lo que va a pasar: "Al final ella muere y él se queda solo, aunque en realidad se había quedado solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia". En ese primer párrafo se explica, por decirlo así, el sistema del libro, con precisiones alegremente sospechosas: "Pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y que él se llama, se llamaba y se sigue llamando Julio".
En cuanto se leen unas páginas, uno sospecha en cambio que el que siente, juega y escribe, personaje moldeable de por medio, se llama Alejandro Zambra. La flexibilidad y talento para inventar recursos de distancia y libertad (el humor, la referencia a la escritura misma, etc.) es uno de los factores que vuelven recordable la lectura. Hay un tratamiento entre irónico y frío del sexo y el afecto, que paradójicamente vuelve más creíbles las parejas y las separaciones, las historias de iniciación de cada personaje. También es usado para tratar la muerte, esa exageración: "pocos días después de cumplir treinta años Emilia murió, y entonces ya no volvió a cumplir años porque empezó a estar muerta".
Emilio y Julia se mienten. Se dicen el uno al otro que han leído todo Proust, por ejemplo: quieren cubrirse de un poco de prestigio, macanean experiencias que no tuvieron. En realidad Emilio ha leído a Kerouac, Böll, Nabokov, Capote, Enrique Lihn. De hecho la lectura del libro permite adivinar el vicio (la lectura) y el oficio (el comentario bibliográfico) de Alejandro Zambra. Los nombres que van apareciendo no son una exhibición pedante de lecturas, sino un mapa personal de esa actividad que está en un mismo plano de existencia que los personajes, o el argumento.
De entre los nombres citados, hay dos que uno asocia de inmediato a los libros de Zambra: Georges Perec y Macedonio Fernández. Gracias a la presencia por sugerencia de estrategias, por impulsor de modos de conocer el mundo a través de la palabra, Perec lo ayuda (como ha ayudado a tantos) a desmarcarse de las trampas del exceso teoricista, del monólogo sobre el ombligo literario, también de procedencia gala. Gracias a un cuento de Macedonio ("Tantalia"), la pareja que va y viene, se miente y se desmiente, encuentra una cifra perfecta para sintetizar el amor, sus desgastes y sus aceleraciones.
Sería bueno conocer los dos libros de poemas de Zambra (Bahía inútil y Mudanza), porque buena parte de las páginas de Bonsái tienen algo de la mejor poesía reciente en diversos países de América Latina. Pero buscar hoy libros de poesía de otros países es como buscar no una aguja sino un grano de mostaza en un pajar.
Tal vez porque Zambra hace chistes con las distintas palabras para la misma cosa en los distintos castellanos, la editorial le ha respetado los chilenismos, y ésa es una frescura adicional. Hay otra mujer, Anita; Emilia se va a Madrid y a la larga Julio la encuentra; hay un escritor, Gazmuri; y está el bonsái, desde luego, que Julio cuida con la misma mezcla de fascinación y desdén que a su historia de amor. Hasta dibuja el bonsái inclinado, como cayéndose (dibujo que el libro incluye), y lo bautiza: "árbol en precipicio".
AÑOS DESPUÉS. Apenas un año ha pasado cuando Zambra escribe La vida privada de los árboles. Pero todo es más complejo, incluso más literario en el sentido tradicional de la palabra. Algo ha aumentado, incluso en las dedicatorias: el libro del bonsái estaba dedicado "Para Alhelí"; el de los árboles "Para Alhelí y Rosario". Hay una niña, con la que Julián (hasta Julio ha crecido una letra) intercambia historias sobre árboles mientras espera a su madre, Verónica. Que muy probablemente no llegará. Algo que está por llegar suele ser literariamente más eficaz que algo que ha llegado: "El libro sigue", dice Zambra, "hasta que ella vuelva o hasta que Julián esté seguro de que ya no va a volver". Pero Julián es tan impreciso y confuso sobre ese tipo de cosas como Julio, y el libro igual termina con la casi seguridad de que Verónica no vuelve.
El humor aparece varias veces. Julián (como Zambra) acaba de cumplir 30 años, y piensa en su profesión: profesor. Aunque después se corrige: "Pero su verdadera profesión, piensa ahora, es tener caspa". Después piensa en un profesor de literatura italiana que no es para nada un especialista en el tema. Pero "en Chile no es tan grave dar clases de poesía italiana sin saber italiano, porque Santiago está lleno de profesores de inglés que no saben inglés, y de dentistas que apenas saben extraer una muela -y de personal-trainers con sobrepeso, y de profesoras de yoga que no conseguirían hacer clases sin una generosa dosis previa de ansiolíticos". En sus actividades pedagógicas, Julián "siempre se las ingenia para salvar la situación camuflando alguna frase de Walter Benjamin o de Borges o de Nicanor Parra".
Antes de casarse con Verónica, Julián estaba con Karla, una pareja inestable hasta la ruptura. Y Verónica con Fernando, un tipo convencionalmente bueno y con cierto éxito. La pequeña Daniela queda un poco desorientada, junto con sus amiguitas, ante esa nueva y difundida realidad y mezcla de padres y padrastros. A su vez "durante esos años Julián jugaba a que no tenía familia(...): tenía algunos amigos muy buenos y otros no tan buenos, pero no tenía familia".
Pocos autores tan conscientes como Zambra del peso de la literatura: continuamente se autosatiriza. Por ejemplo, cuando alquila un sitio en el que ya había vivido una historia: "has estado leyendo demasiadas novelas de Paul Auster", le dice su amigo Sergio.
Se solía decir que el libro difícil de un autor era el segundo, si el primero había despertado mucha expectativa. Pero el primer libro de Zambra era cambiante, con buen juego de cintura, y había en él tanta deflación como inflación: terminaba siendo un organismo vivo. La vida secreta de los árboles también lo es, pero con herramientas ya más probadas, que han utilizado autores como Juan José Millás, Javier Marías (cuya novela Mañana en la mañana piensa en mí también comenzaba con un hombre a solas con una niña), o el propio compatriota Roberto Bolaño. La zona viva la aporta el propio Alejandro Zambra.
Cuando uno pasa de los treinta, reaparecen la inseguridad y las posibilidades que se creían dejadas atrás. Exactamente a los treinta, en 2005, Zambra escribió Bonsái. En su segundo libro el protagonista ha escrito ese libro y cuida (mal) ese pequeño árbol japonés. Con ese amuleto, atraviesa sus páginas y en la 70 comenta: "Piensa en una novela de sólo dos capítulos: el primero, muy breve, consigna lo que ese niño entonces sabía; el segundo, muy largo, virtualmente infinito, relata lo que en aquel tiempo ese niño no sabía. No es que quiera escribir esa historia. No es un proyecto. Más bien desea haberla escrito hace años y poder leerla ahora". Pero tiene que escribirla.